domingo, 31 de mayo de 2026

APRECIANDO LA HISTORIA DEL DISTRITO DE ZAPOTE, A TRAVES DE LA MEMORIA Y SABIDURÍA DE DOÑA MARUJA OBANDO CARVAJAL. ENTREVISTA A UNA NONAGENARIA DEL DISTRITO DE ZAPOTE (SAN JOSÉ, COSTA RICA). Autor: Ronald Obaldía González.

APRECIANDO LA HISTORIA DEL DISTRITO DE ZAPOTE, A TRAVES DE LA MEMORIA Y SABIDURÍA DE DOÑA MARUJA OBANDO CARVAJAL. ENTREVISTA A UNA NONAGENARIA DEL DISTRITO DE ZAPOTE (SAN JOSÉ, COSTA RICA). Autor: Ronald Obaldía González. El contenido del diálogo que enseguida daremos a conocer recoge el valioso testimonio de doña Maruja Obando Carvajal, una dama nonagenaria (93 años), originaria del Distrito de Zapote (San José, Costa Rica), nacida en 1933. Ella, cordial y cercana, con un admirable don para tratar a las personas, relata buena parte de la historia, la investidura y la vida cotidiana del antiguo Zapote y sus alrededores. A través de la conversación sostenida con el suscrito y su generosa sobrina doña Rocío Monge Obando - hija de Luz Marina Obando Carvajal -, nos describe una colectividad humana que hubo de consolidarse en un territorio rural, arbolado, signado por cafetales, potreros y calles de barro, a convertirse paulatinamente en una comunidad urbanizada y comercial, que no deja de impresionarle. Doña Maruja, dotada de una inteligencia proverbial, explica que particularmente en su barriada zapoteña, otrora denominada "Cantarranas" (o La Lourdes), la mayoría de las tierras pertenecían a familias tradicionales, a saber los Obando, Quesada, Umaña, Sandí. Asimismo, hace un repaso de los lugares emblemáticos de recreación y convivencia, entre ellos las pozas o “balnearios improvisados” del río María Aguilar, conocidas como “El Presón” y “La Ramos”, además del salón de baile Montecarlo, antiguas cantinas y pulperías de la localidad. Hace referencia acerca de la construcción de posteriores urbanizaciones, sea Mar del Plata y el habido desarrollo gradual de los servicios básicos como el agua potable, la electricidad y el transporte público. En nuestro encuentro la nonagenaria destaca las costumbres e interrelaciones sociales de la época: las fiestas patronales, las carreras de cintas, la tradicional “Quema de Judas”, los bailes populares, los noviazgos entre familias de Zapote, Curridabat, Desamparados, etcétera, así como algunos episodios de sustos, apodos y pleitos comunales. En aquellos tiempos expresa la predominancia de una vida comunitaria paciente y fraterna, marcada por la escasa delincuencia, prevenida por los fuertes vínculos y la solidaridad vecinales, así también los valores religiosos, los cuales fervientemente nuestros antepasados integraron a su robusto espíritu convivencial y la apropiada coexistencia. Igualmente, ofrece detalles sobre las principales actividades económicas de la zona, especialmente la agricultura y la pequeña ganadería. Las familias sembraban café, banano, yuca y frijoles, entre otros productos, criaban vacas y gallinas para subsistir. Explica las antiguas formas de comercio y cita anécdotas sobre negocios sellados, mediante un “bigote” como garantía de pago. Añade que algunas personas, debido a su afición a las bebidas espirituosas, llegaron incluso a perder sus propiedades a causa de los excesos y la codez. La conversación permitió reconstruir genealogías y relaciones familiares entre apellidos históricos de la comunidad, fueran los Obando, Díaz, Carvajal, Naranjo, Umaña, Mora, Muñoz, Méndez, Amador, Jiménez, Sandí, Madrigal y Quesada. La lúcida dama nos obsequia recuerdos sobre personajes locales, beneficios de café, detalles de la Escuela Napoleón Quesada Salazar y los cambios urbanos, asociados a la presencia en el Distrito, nada menos que de la Casa Presidencial, el Registro Nacional, varias oficinas públicas y las múltiples empresas privadas aquí existentes. En su conjunto, el testimonio constituye una valiosa fuente de memoria o tradición oral, inherente a la historia del antiguo Zapote y parcialmente sobre el inicio del proceso de transformación social, económica, cultural y educativa durante el siglo XX. La narración refleja el paso de una comunidad rural y tradicional hacia un espacio urbano más diverso, tan habitado por familias originarias, como por nuevos pobladores, provenientes de distintas regiones del país, quienes contribuyeron al auge demográfico, lo cual permitió compensar la reducida población que existía décadas atrás. Nuestra entrevistada resaltó las diferentes facetas de nuestro paisaje, las tradiciones populares y las interioridades de algunas familias, fundadoras de nuestro micro universo comunitario. En suma, la narrativa de una dama representante de un núcleo etnológico de raigambre tradicional en nuestra comunidad, pronunciada a través de un testimonio "de espacios y decires", el cual en nuestro tiempo, constituye una valiosa fuente oral sobre el existir del antiguo Zapote durante el siglo XX, sin excluir el legado del siglo trasanterior. La encantadora dama reconoce el buen momento en que las familias nativas y los nuevos conglomerados de personas, provenientes de distintas regiones del país, tomaron la decisión de residir en un pequeño territorio, caracterizado por un ambiente amigable, cooperativo y democrático, que a la postre dieron lugar a la fundación del Liceo Rodrigo Facio Brenes (1962) y de múltiples obras cívicas. Me siento complacido por la inspiración y la influencia ejercidas en el autor de este escrito por las páginas del libro del distinguido escritor costarricense Guillermo Barzuna, titulado La ciudad habitada. Espacios y decires de raigambre tradicional en Costa Rica. Desde estas humildes palabras reconocemos la tarea titánica emprendida por Barzuna en favor del estudio y la conservación del patrimonio histórico y cultural. Nuestro escrito resguarda la imagen de la casi centenaria vivienda de doña Maruja Obando, preservada con esfuerzo por sus parientes cercanos. De lo contrario, perdería sentido la misión social, asumida por diversas personas de resaltar y defender los espacios físicos y humanos, los que permanecen en la memoria de todos nosotros, unidos a la voluntad y al compromiso de inmortalizar la identidad, la dignidad y la integridad de los pueblos costarricenses. HE AQUÍ LA ENTREVISTA COMPLETA. Entrevistador: — Doña Maruja, que placer conocerla y poder conversar con usted, sinceramente. Su nombre completo es Maruja Obando Carvajal. A doña Rocío, le agradezco que me facilitara este encuentro con su noble tía. El terreno grande que tenemos al frente de su vivienda es propiedad de su familia. ¿Cierto? DOÑA MARUJA: — Era de mi papá. De ese poste amarillo, donde estaba aquella parte rosada, ahí eso era de él. Al puro frente había un árbol precioso de higuerón que llamaban antes así. Ahí había guarias, de lo más lindas. Donde está esa casa de mi hermano, ahí mismo había un potrero hacia adentro. Entrevistador: ¿Dónde vive su hermano? DOÑA MARUJA: — Aquí al frente de mi casa, vive mi hermano Ulises; y a la par de él mi otro hermano Porfirio. Entrevistador: — ¿Cuánto mide esta propiedad? DOÑA MARUJA: — No sé exactamente, tiene menos de tres hectáreas. Entrevistador: — A la par de la propiedad de ustedes se construyó el condominio "Mar del Plata", supongo que una porción de la finca de los Obando Carvajal la adquirió el inversionista del condominio? DOÑA MARUJA: — Sí. Una parte era de nosotros, la mayor parte de ese terreno, ocupado por el condominio, pertenecía a la familia de Julia Sandí, lo vendieron después. Mis hermanos le vendieron al dueño del proyecto del condominio la parte de atrás de nuestra finca, era un pequeño terreno; él lo necesitaba para ampliar su proyecto de apartamentos. La gente que vive allí es ordenada y educada. En aquellas épocas, cuando yo iba a la escuela, todo este sector alrededor de mi casa se llamaba "Cantarranas", había sapos y ranas, muchos bichillos de esos. Era un sitio desolado, dominado por potreros. Solo había un camino lleno de barro. A la gente que tenía carreta se le hacía incómodo entrar aquí. No le digo: puro barro. Yo cuando iba a la Escuela Napoléon Quesada Salazar, tenía que llevarme casi otros zapatos para limpiarlos, porque se metía el barro y todo. ROCÍO MONGE OBANDO (sobrina de Doña Maruja): — Nuestro abuelo tenía bueyes, mi madre me contaba que ellos con frecuencia quedaban atrapados en el barro, porque el suelo era pantanoso. Era arriesgado sacar a los animales del barro. DOÑA MARUJA: — Recuerdo que don Rafael Quesada Durán - el padre de Rodrigo Quesada Romero - , quien tenía un beneficio de café, yendo hacia Curridabat, donde está ahora el Registro Nacional, tenía aquí una propiedad, limitaba con la de nosotros. En ella sembraba café. A él lo conocí, era una persona amable y correcta. Por eso el nombre del Barrio Quesada Durán es en honor a don Rafael. Yo tuve vínculos con algunos descendientes de él: Rodrigo, Pedro, Jovita, Carmelina, Isabel. Conocí a su hermano David, ambos tuvieron demasiadas fincas. Los maestros de nuestra escuela nos llevaban a pasear al beneficio de café, propiedad de ese señor. Mi abuelo se opuso que mi madre se trasladara aquí (en Cantarranas) con su familia, pues era un lugar desagradable; nosotros habíamos vivido en Zapote centro, cerca de la pulpería y cantina La Colmena, propiedad de la familia Núñez García. El local luego lo alquiló don Luis Mora. Las familias Obando, Sandí y don Rafael Quesada eran quienes solo tenían tierras en Cantarranas. Sí. Después al tiempo empezó a poblarse un poquito. Más tarde aparecieron las familias Mattey Mora y Madrigal, que yo recuerde. Junto con las nuevas familias levantamos este lugar. Me acuerdo bien que nosotros éramos los primeros en habitarla. Era poco poblada esta calle, no había luz, el agua del uso doméstico se obtenía del río María Aguilar. Solo en el centro de Zapote había agua, de ahí las gentes de nuestros caseríos iban a traerla para cocinar los alimentos. Mi papá iba allá con un barrilito. Sí. Desde que yo ya entendía, siendo pequeña, vi llegar a la familia de don Juan Díaz, el esposo de doña Celina Mora, los padres de Ninita Díaz. Después seguía la casa de Teresa Naranjo y Juan Umaña, donde están ahora los apartamentos María Teresa. Esa familia Umaña Naranjo - emparentada con la Solís Umaña - tiene muchos años de vivir aquí; fundaron una panadería, que se hizo famosa. Eran demasiado hijos e hijas los Umaña Naranjo. Conforme aumentaba la población en Cantarranas (o La Lourdes), también se hacían frecuentes las camorras. La finca de Rafael Quesada llegaba hasta la orilla del río María Aguilar. Al puro fondo, entiendo que él hizo una catarata, el agua caía fuerte, allí había maquinaria, empleada en el lavado del grano de café, algo tenía que ver con la producción de café. Es verdad, allí mismo se formó una poza, la llamaron "el Presón". Allí se ahogaron dos personas, el caudal era violento. A uno de ellos lo ví ahogarse, lo había conocido. De ese río nació también la poza "Ramos", la gente llegaba a nadar, el agua era bastante limpia. ROCÍO MONGE OBANDO: — La poza "Ramos" se ubicaba casí al final de la hoy urbanización "el Zapotal", limita con el barrio Méndez de San Francisco de Dos Ríos. También estaba la poza del Chorrito. Había una que se llamaba así, otra La Poza Ramos y esa que menciona Tía Maruja, llamada "El Presón". El nombre de "El Presón" se debía a que allí habían construido una especie de muro. Según lo que recuerdo de cuando era chiquitilla, había como una pared atravesando el río, ¿verdad, Tía Maruja? Entonces, al cortarse el cauce, el agua caía formando una especie de catarata. DOÑA MARUJA: —Había como una catarata en ese río, prácticamente sí. Entrevistador: —¿Una catarata? ROCÍO MONGE OBANDO: —Sí. Esa era la que menciona Tía Maruja. Entrevistador: —Era la que estaba por el puente. ¿Todavía existe? ROCÍO OBANDO MONGE: —Sí, todavía existe ese puente. Es más, usted lo puede ver. DOÑA MARUJA: —Sí, ese puente no es, digamos, para carros ni nada; es solo peatonal. Entrevistador: — Sí, es peatonal. ROCÍO OBANDO MONGE: — Sí, hay un puente peatonal. Entrevistador: — Doña Maruja, ¿tengo entendido que esta zona, antes llamada Cantarranas, ahora le llaman "La Lourdes"? DOÑA MARUJA: — Es que más abajo de mi casa había una pulpería llamada "La Lourdes". ROCÍO MONGE OBANDO: — Es cierto se llamó La Lourdes, los propietarios eran don Enrique y su esposa doña Eva. No me acuerdo ya de los apellidos de ellos. DOÑA MARUJA: — Yo asistí a la Escuela Napoleón Quesada. Estuvo ubicada donde hoy es la Capilla Funeraria. A la vez colindaba con una cantina que se llamaba La Vereda. Sí. Donde terminaba la escuela, en la pura esquina, estuvo esa cantina. También había un salón de baile que se llamaba El Montecarlo. Ese negocio era de mi tía Juanita Carvajal Solano. Al cabo del tiempo José Ramón Sandí Obando se hizo socio del salón, no sé exactamente en qué. Entrevistador: ¿Don José Ramón Sandí era pariente suyo? DOÑA MARUJA: —Vamos a ver… sí, por la mamá, que se llamaba doña Ignacia Obando. Ella era prima hermana de mi papá. Entrevistador: — Me cuentan que los Obando todos son familia en nuestro Distrito, ¿verdad? DOÑA MARUJA: — No estoy segura. Está la familia de un señor Mariano Obando que vivía en Barrio La Gloria. Él era hijo de un tío de mi papá. Los hijos de Mariano, Chico y Nel, fueron músicos, formaron una filarmónica en Zapote. Entrevistador: ¿Cómo era el ambiente de vida en Zapote, en sus tiempos? DOÑA MARUJA: —Bueno, estaba la plaza, donde había unos pinos y unos pollos de concreto. Ahí se juntaba la gente, y después estaba la Iglesia. Esa sí, yo no la vi construir; eso nos lo contaba mi mamá. Entrevistador: ¿La iglesia no existía todavía?. DOÑA MARUJA: — Sí existía cuando yo iba a la escuela, pero la iglesia fue hecha cuando mi mamá estaba pequeñita. Mi mamá nos contaba eso. Porque mi mamá vivió a un costado de la iglesia. Sí, yendo hacia la carretera de Curridabat. Ahí nació mi mamá, ahí se crió y todo eso. Había cosas que solo ellos sabían. Lo cierto es que había poca gente en Zapote. Y acerca del nombre de Zapote, decía mi mamá, Guillermina Carvajal Solano, eso venía porque antes todo se manejaba con bueyes. No había carros ni volantas. Llegaban carretoneros de Cartago y de Tres Ríos, y descansaban en nuestra plaza. Hubo un árbol de zapote en el puro centro del pueblo. Entonces los señores decían: “vamos a descansar ahí, en Zapote”. Ahí les quitaban las carretas a los bueyes, les daban agua y descansaban antes de seguir para San José. Por eso, según decía mi mamá, así nació el nombre de Zapote, nuestra comunidad. Mi abuelita, que se llamaba Rosa, y mi abuelito Juan, tenían una cantina. Antes a las cantinas les decían “taquillas”. Así acostumbraban decirles ellos. “Vamos a la taquilla”, decían, porque ahí vendían guaro y todas esas cosas. Mi abuelita Rosa Solano era muy valiente, decía mi mamá. Estuvo casada con Juan Carvajal, mi abuelo. Zapote era muy tranquilo, muy pacífico. El domingo era el día de la semana más religioso y humanitario. La gente transitaba libremente. En aquel entonces no había delitos, muy poco. Nunca se oía decir que pegaron una carrera a alguien para asaltarlo o algo así. Claro que había viejillos mañosos también, pero la gente inmediatamente los señalaba; y ya quedaban marcados. El pueblo fichaba a los que se portaban mal. Sí, había unos que eran muy traviesos y les encantaba salir a asustar gente. Entrevistador: ¿Cómo era eso? DOÑA MARUJA: — Como no había luz ni nada, dicen que había un señor que le decían "Palomo". Se ponía una sábana y una chanchada en el cuerpo. Como no había focos, se ponía "un culillo de candela" para que no se quemara. Entonces salía de noche y la gente que iba a hacer un mandado ya no volvía porque decía que había un “asusto”. Después fueron los hermanos o los hijos de alguien a ver qué era el asunto y descubrieron que era ese señor. Uno lo persiguió y ahí se acabaron los "asustos". Ya la gente podía ir al Rosario de la Virgen María y nadie ya temía. Pero vieras qué travieso que era Palomo. Antes, para las fiestas de la Virgen María, cuando yo tenía como 14 o 15 años, pasaba gente por aquí a las cuatro de la mañana, dirigiéndose la iglesia, todavía no era Parroquia, no había Sacerdote. Zapote era muy Católico. El pueblo estaba siempre en calma. Había poquita gente y antes se decía que el vecino más cercano era como tu padre o tu hermano. Ahora no; ahora uno tiene hasta miedo. Hasta a una mujer le pueden robar el marido, o a éste la mujer. Pero como todo, no todos somos iguales. Cada quien tiene su responsabilidad y su criterio. Entrevistador: ¿Su padre, Isaías Obando Naranjo, era pariente de los Umaña Naranjo, la familia vecina de ustedes? DOÑA MARUJA: —No. Era pariente de los Naranjo, pero de San Antonio de Desamparados. Entrevistador: ¿había bastante gente de San Antonio de Desamparados, casada con gente de Zapote? DOÑA MARUJA: — Bueno, tengo presente a Daisy Naranjo que se casó con un Umaña de acá; luego Emilia Sandí se casó con el piloto Marco Tulio Naranjo, oriundo de esa zona. Hubo fuertes vínculos entre las gentes zapoteñas y las de San Antonio, en cuenta con otros sitios de Desamparados. Entrevistador: ¿Cuáles eran las principales diversiones aquí en Zapote? ¿A qué se dedicaban en aquellos tiempos? DOÑA MARUJA: —Yo recuerdo que se celebraba muy lindo el Día de la Virgen de la Inmaculada Concepción, el 8 de diciembre. Se hacían juegos de pólvora y otras diversiones. También se hacían carreras de cintas. Se ponía un cáñamo y los caballistas pasaban montados; ahí estaban los números. Entonces varias muchachas le daban un regalo al mejor caballista. Había una cantina llamada “El Dominó”, que era de la familia Núñez. Ahí se reunían bastantes hombres, todas las tardes. Cerca quedaba “La Vereda”, otra cantina. Ah, bueno, en Semana Santa había una costumbre que se llamaba “Quemaremos a Judas”. Ahí se armaba un gran alboroto, pero todos estaban contentos. En esos tiempos, el policía era un señor que se llamaba Ramón Obando; también era un hombre muy alto y lo apodaban… ay no, mejor no digo...porque entonces la familia lee esto y se enoja. Bien, lo diré...le decían ... Buen Negro Monchón; ignoro si era pariente mío. Existía un hombre que era auxiliar de policía, trabajaba con el Negro Monchón, mantenían el orden, sobre todo en "la Quema de Judas". Era muy pequeñillo y le daban una cruceta, nunca le dieron revólver, apenas usaba cruceta y una larga capa. Se llamaba Santiago Mora. Él era medio bigotudo, de grandes bigotes. Entonces le pusieron “Santiago Mora Barrabás”. Y quien le decía así, mejor que se quitara, porque le pegaba una corrida. Claro, se enojaba porque era un apodo, que no aceptaba. ROCÍO MONGE: — Tía Maruja, cuéntenos la historia de aquel pleito que hubo durante “La Quema de Judas”. ¿Cómo era eso "del testamento" que, según decía mami, también se leía en público? DOÑA MARUJA: — En “La Quema de Judas” la gente se reunía en la plaza y más de uno terminaba agarrándose en pleitos. Primero se hacía un Rosario en la Iglesia. Después, cuando terminaba el Rosario, se oía la música y traían a Judas en un camión de carga. Era un muñeco hecho de chuicas, claro... El camión lo parqueaban un rato en la plaza y ahí había un señor encargado de leer el atrevido "testamento". En ese testamento decían de todo: que por tal calle había "un reguero" que no dejaba pasar a nadie; que fulana se había peleado con otra porque le estaba quitando el novio, que hasta un pollo habían botado… un montón de ocurrencias y chismes. Casualmente, de ahí vino el pleito con un señor llamado Juan, al que le decían “Juan Pirra”. En "el testamento" dijeron cosas de él, no sé qué historias habían contado. Entonces unas muchachas, muy enojadas, dijeron: “Este viejo nos las va a pagar”, por cuentero. Había un puentecillo hecho con un barril enorme por donde la gente pasaba para ir a la plaza, justamente en el centro de Zapote, de esquina a esquina. Una de aquellas muchachas —que ya murió— fue a una finca cercana, de la familia de los Quesada, y les pidió a los muchachos que trabajaban allí una raíz de café, pero que tuviera piquitos, porque quiero colgar unas flores y unas macetas bien bonitas, le dijeron al peón. Él se la vendió porque en aquel tiempo todo eso eran fincas, se hacían pequeñas ventas. Esas muchachas, afectadas por la bocanada de Juan Pirra, mandaron a un chiquillo a buscarlo. Le dijeron: —Dígale a don Juan que venga, porque necesitamos que haga un mandado. Dicen que el hombre venía caminando descalzo, con aquellas chaquetas negras grandotas que usaban en aquellos tiempos, fumando puro. Una de ellas estaba escondida dentro del barril del puente. Cuando el hombre iba pasando, ella salió de repente y le dio "un raizazo" en las piernas. Dicen que él cayó, quejándose. Le dio varios golpes fuertes por “lengón”, porque las había hecho pasar vergüenza con todo lo que dijo en el testamento por el pleito con un novio. La muchacha andaba disfrazada y nadie supo quién era. Tiempo después se dieron cuenta, pero para entonces ya todo había pasado. Es decir, sí se armaban pleitos espantosos durante “La Quema de Judas”. ROCÍO MONGE OBANDO: — Después del incidente se les quitó la maña de hacer lo del testamento, porque ahí sacaban todos los chismes. Sacaban la vida privada de la gente. Sí. Decía mi mamá que hasta con una especie de megáfono anunciaban que fulana tenía novio, o que mengano hacía tal cosa. Ahí mismo en la plaza. Todo el mundo se quedaba oyendo. Oyendo los chismes. Sí. Poniendo a todos al corriente de lo que pasaba en el pueblo, para que la gente se diera cuenta. Entrevistador: ¿Doña Maruja, en su niñez se practicaba el fútbol? DOÑA MARUJA: — Claro que sí, porque la plaza ya estaba bien despejada y todo eso. La plaza estaba al frente de la Iglesia. Esa era la única que existía; ya estaba desde cuando yo era pequeña, cuando iba a la escuela. ROCÍO MONGE OBANDO: — ¡Qué muro de retención, aquel, el cual había en esa plaza, era increíble; tenía unas barras al lado sur! por ahí salía el agua. Entrevistador: Y cuándo empezó a entrar el bus aquí en Zapote? ¿Lo recuerda? DOÑA MARUJA: —El primero fue ese señor Melico Cisneros. Eso fue como en la década de 1930, ¿verdad? Más o menos, aproximadamente. ROCÍO MONGE OBANDO: —¿Melico Cisneros fue el primero, que introdujo el bus? ¿No fue Heber Marín? DOÑA MARUJA: —No. ROCÍO MONGE OBANDO: —Ah, ya después Heber. Entonces sí. Cisneros fue el que trajo el primer bus. Seguro era pariente de la familia Cisneros, la dueña del desaparecido salón de baile "El Platense" y de la fábrica Papas Lilliana. Entrevistador: ¿Cuántos años posee su vivienda, la cual nos inspira tanto, de las poquísimas que hay en el Distrito? DOÑA MARUJA: — Debe de tener, yo calculo, más o menos, 100 años. Mi papá Isaías la construyó. Entrevistador: — Doña Maruja, esta propiedad suya también era de su abuelo, ¿verdad? Son herencias? Son bienes de muchísimos años, del siglo pasado, me imagino. Una propiedad como esta debe existir desde el siglo XIX, tal vez hasta antes. DOÑA MARUJA: — Sí, es heredada. Sí. Cuando mi mamá se vino para acá, mis tías, que vivían en el puro centro de Zapote, le decían: “No se vaya para allá, porque eso es un desierto. ¿Qué va a hacer usted con los chiquitos?” También don Chico Núñez, quien tenía una cantina en la esquina, le decía a mi mamá: “No se vaya, porque eso es muy peligroso; aquello está solo”. Después mi papá cambió de opinión. Decía que ya no se podían tener animales ni nada en el centro de Zapote - ya se comenzaba a tener luz y agua - , porque la gente iba camino a San José y dejaba las basuras o las boñigas. Entonces decía: “No, ya no se puede vivir así”. Aparte de que cada vez había menos gente. Mi mamá, al final, decidió venirse para acá (a Cantarranas). Pero cuando llegó, acá no había luz ni agua, nada. Entrevistador: ¿es cierto que por donde quedaba la cantina "La Pacífica" había una zanja? Había una acequia, ¿cierto? ROCÍO MONGE: —Yo sí recuerdo eso. Mi papá nos llevaba a misa de cinco de la mañana, teníamos que atravesarla a esa hora. Imagínate. DOÑA MARUJA: —Sí, pasaba, al frente de la agencia del Banco de Costa Rica. Venía desde arriba. ¿Se acuerda que duraron mucho entubando esa zanja que pasaba por todo esto? Sí, pasaba por el centro, recuerdo. Pero detrás de la iglesia también había otra acequia. ROCÍO MONGE: —No exactamente por el centro, sino por un costado, venía por el lado norte de la plaza de toros. Por ahí venía esa zanja. Y pasaba por donde estuvo el Banco de Costa Rica. Luego, sí, todo eso lo entubaron. ¿hace muchos años había tubos enormes para hacer ese trabajo de entubado? Entrevistador: — Correcto. Luego la acequia fue entubada. Entrevistador a Rocío Monge Obando: ¿cómo se llamó su papá, de dónde provenía? ROCÍO MONGE: — Se llamó Rodrigo Monge Campos, descendía de una de las familias Monge de Curridabat. Entrevistador: — Ninguna sopresa: las interconexiones habidas entre familias, que facilitaron los emparejamientos. Curridabat, San Antonio de Desamparados, San Francisco, Zapote, San Pedro de Montes de Oca; todo aquello fue un mismo circuito antropólogico y etnológico. ROCÍO MONGE: — ¡Cómo no se iban a combinar o emparejar si cuando había un turno era donde se venían a llevar a las zapoteñas, que eran tan guapas! ¿Verdad, tía?, los turnos eran la ocasión. Se originaban los noviazgos. Entrevistador: ¿Es cierto eso, doña Maruja? DOÑA MARUJA: — Seguro que sí, porque yo estaba muy chiquitilla. Yo decidí quedarme soltera, no tuve hijos. ROCÍO MONGE: ¿Qué más hijas que nosotras, las sobrinas, que la cuidamos con amor? DOÑA MARUJA: — Sí tuve novio. Lo que pasa es que un día me recuerdo que vino uno y dije: “Qué raro este muchacho”, porque andaba la corbata un poquillo medio desacomodada. Entonces me dice: “Me siento un poquito mal, voy a irme”. Y le digo yo: “Bueno, que le vaya muy bien”. Ví que estaba comiendo zacate puro, y dije: “Venía borracho”. Tomaba mucho, venía pasado, no era que se sentía mal; tenía unas vomitadas el cochino ese. Decidí dejarlo. Diay, sí. Ya me dijeron que no me ennoviara de él, que como trabajaba en San José, en el Registro Civil, ahí les encantaba hacer fiestas y todo eso. Entonces yo dije: “No, ese tipo quién sabe cómo será, no me conviene”. No era de Zapote. Su familia vino a vivir a Zapote, pero después se fueron. La cosa es que sí tuve novio. Dios permitió que me quedara soltera, realizada. Entrevistador: ¿por qué había en Zapote unas familias nativas que sí tenían tierras; otras no tuvieron nunca nada? ¿Qué era lo que pasaba? DOÑA MARUJA: — El asunto es que esas personas que no tenían nada eran las que venían de otros lugares a vivir aquí, cuando apenas empezaba a poblarse Zapote. Entonces les daban... como decir... posada: -- “Bueno, vaya cuídeme la finca y viva ahí --, les decía el finquero”. Así convivían. Ya después se iban yendo a San José, o se iban acomodando mejor, compraban. Porque antes una propiedad dicen que era regalada, la tierra tenía escaso valor. Era muy barata la tierra. Y no había ingenieros, ni abogados, sino que medían con una caña de bambú, que eso era un metro. Entonces vendían los metros así. A veces preguntaban cuánto valía una propiedad y decían: “Ah bueno, cambiémosla por una vaca muy fina”, y ya estaba hecho el negocio. Y no había escritura, ni abogado, nada. ROCÍO MONGE OBANDO: — Tía, cuéntele la práctica del bigote. Mami nos contaba que antes, cuando las gentes venían a jartar guaro a las cantinas, tomaban y tomaban, y ahí les iban apuntando la cuenta con un bigote, otro bigote y otro bigote. Entrevistador: — Eso suena interesante. DOÑA MARUJA: — El bigote tenía mucho valor. Era como decir: “Tome, le pago este dinero, pero le voy a pagar tal día”. Entonces, como garantía, se arrancaban un pelo del bigote y lo envolvían en un papelillo con el nombre. Ponían: “Fulano de tal me dijo tal día que va a pagarme esto”. El bigote lo tenían como garantía. Ah pues sí, era como un pedazo de papel que hacía constar que debía plata: ahí envolvían el bigote, fijo que lo guardaban. Sí, aquello era como una señal de trato. Y si no llegaban a pagar, les quitaban el terreno a los bebedores. Así de fácil: se sacrificaba la finca, así se pagaba la deuda de guaro. Doloroso. ROCÍO MONGE: — Mi madre nos lo comentó. DOÑA MARUJA: — Porque mis tíos, bueno... es muy feo decirlo ¿verdad? A principios del Siglo XX cuando murió mi abuelito —primero murió mi abuelita— ellos llegaban a una cantina de Zapote, propiedad de don "XXXXXX" a beber guaro. Ahí les apuntaban y les decían: “Vea, ustedes deben tanto”. Al no tener dinero, entonces decían: “Ah pues vaya, vamos a poner nuestro pedazo de tierra, pagamos la deuda con el terreno”. De esta forma, más de uno perdió las tierras. Ah sí, claro. En aquellos tiempos los muchachos solteros eran muy sumisos, no sabían el riesgo que era irse a cantinas o taquillas, como llamaban ellos. Pero cuando quedaban huérfanos y libres, unos casados y otros no, entonces se daban cuatro gustos. Como decía el dicho: “Al que no le cuesta, todo lo vuelve fiesta”. Luego quedaban empobrecidos. Entrevistador: ¿Su familia se dedicó a la venta de leche. Cuénteme cómo era ese negocio? DOÑA MARUJA: — Ah no, ya cuando yo estaba muy pequeña no trabajaba en ello, porque las dos o cuatro vacas que se quedaron eran para ayudar con los gastos de la casa. Nosotros fuimos doce hermanos. Ya después con los años se quitaron las vacas. Una hermana mía, Rosa, se casó con un hombre que era lechero, pero esa leche venía de otra parte y ahí ellos la revendían. Era el marido el que vendía la leche, ella se incorporó al negocio. Fue muy famosa. Se vendía leche en toda esa parte de Zapote, fuera Quesada Durán y Moreno Cañas. Mientras el esposo iba por el lado de La Pitahaya, Pavas y todas esas zonas josefinas a vender leche. Entrevistador: ¿Quién era el esposo de doña Rosa? ROCÍO MONGE: — Joaquín Segura Fernández. Era oriundo de Lourdes de Montes de Oca. Entrevistador: — De Lourdes. Que curioso, porque sigue teniendo validez nuestra hipótesis, en el sentido de que hubo un circuito geográfico humano y etnológico, compuesto por Montes de Oca, Desamparados, San Francisco de Dos Ríos, Curridabat y hasta el mismo Tres Ríos (La Unión). Las familias de ese circuito como tal mantenían, entre sí, estrechos vínculos, redes familiares y sociales. Entrevistador: ¿Antes de ser la Ciudadela, construida por la Caja Costarricense de Seguro Social (CCSS), conoció usted la finca donde hoy se asienta esa comunidad zapoteña? DOÑA MARUJA: — Sobre la finca donde hoy está la Ciudadela de la Caja Costarricense de Seguro Social, puedo decir que en ella había una calle que colindaba, o llegaba más bien hasta el cementerio de San Pedro de Montes de Oca. Aquello era un completo barreal. Sí, porque ahí venía una maestra que se llamaba la niña Adela Fonseca, vivía en San Pedro. Esa señora venía acá y tenía que quitarse los zapatos y limpiarse por haber pasado ese camino... una entrada apenas, porque era tanto el barro que le quedaban los zapatos llenos de tierra, sin ese camino no podía venir a dar clases en la escuela de Zapote. Ya después vino la Ciudadela del Seguro Social y limpiaron todo aquello, entonces vendieron casas y el barro desapareció. Ya quedó todo comunicado. Entrevistador: ¿Y sobre la finca, donde hoy está la Casa Presidencial. ¿Quiénes eran los dueños de la finca? DOÑA MARUJA: — Los dueños de ese terreno, vea, él era enorme, colindaba con el cementerio nuestro, fue la nativa familia Muñoz Granados. Bueno, yo conocí a una muchacha que se llamaba Flora Muñoz. El papá de ella era un señor descalzo, sí lo conocí, porque un pariente de ellos fue compañero mío en la escuela. Entrevistador: ¿Quiénes fueron sus hermanos? DOÑA MARUJA: — Éramos doce hermanos. La mayor era Faustina, era alta, blanca y de "ojos gatos". La segunda en edad fue Rosario, que era la mamá de la muchacha que es dueña de un bazar. Después seguía un muchacho que se llamaba Juan Bautista, también era blanco, "un poco macho". En orden de mayor a menor seguían Pedro, Bernabé, Luz Marina, Ulises - está vivo, es vecino mío - , Rigoberto - vivió y murió en Estados Unidos de América - . Luego le seguimos yo, Porfirio - vive al frente de mi casa -, Aldanera y Alfonso, el menor de todos. Entrevistador: —¿A qué se dedicaba la gente?, ¿cuáles eran los trabajos de las pocas personas que vivían en el Distrito? DOÑA MARUJA: —En verano, la gente se dedicaba a coger café. Sí, a coger café, la tarea fundamental. El zapoteño fue un agricultor. Había muchas naranjas y mucho banano. Además, había cafetales donde se dedicaban a sembrar café en almácigos. Cuando las plantas estaban pequeñas, las envolvían en hojas de vástago y luego las preparaban para la venta. Varias personas y lugares se dedicaban también a esa actividad. Había actividad de agricultura, para producir alimentos propios. Se producían frijoles, porque el frijol era un grano que se podía sembrar fácilmente, ¿verdad? Pero, el arroz no lo sembrábamos. Lo que más había eran frijoles, hortalizas y verduras (tiquisque, papa, yuca). También se criaban gallinas. Para nosotros, comer gallina era algo tan común como comer cualquier otra carne. La olla de carne era un plato habitual en las casas. Las familias tenían muchas gallinas y huevos. Además, se sembraban guineos y plátanos, etcétera. Así es que, diay... los zapoteños no teníamos lujos, pero sí había comida, hambre no hubo. Guardo en mi memoria que mis primas venían a pasear aquí, en mi casa, o a veces llegaban con sus novios o amigas, y siempre se comía de todo. Había frutas: guayabas rosadas, guabas, bananos y muchas otras cosas. Entrevistador: ¿Doña Maruja cuéntenos acerca de la tradición de sentarse en las “barras” de la Iglesia de Zapote? DOÑA MARUJA: —Las barras eran donde uno se sentaba. Sí, las barras de hierro, no recuerdo mucho de ellas, creo que se construyeron antes que yo naciera. ROCÍO MONGE: — Eran como una especie de baranda. Sí, tía, a eso se les llamaba las barras. Ahí era donde uno se sentaba a ennoviar. Donde llegaba uno a conversar. Los jóvenes las disfrutamos sobremanera. Entrevistador: ¿Acerca de las familias más acomodadas de Zapote, quiénes fueron? DOÑA MARUJA: — La familia fundada por Rafael Quesada Durán; también los Núñez García. En el centro, en una esquina donde ahora está la óptica, había una cantina, propiedad de los Quesada. Justo a la par vivía don Jesús Mora Díaz. Después seguía la casa de su hermano, don Rubén. Los dos trabajaban en la tienda La Gloria. El jefe de la familia Núñez venía de España; vinieron a este pueblo, e hicieron una pulpería en el puro centro, en una esquina. Ese local, antes había pertenecido a un señor llamado don Herminio Román. Ahí también pusieron una cantina. Don Rubén Méndez Barboza, el esposo de doña Marina Mora, tenía bastante dinero. Era una gente acaudalada, reconocida en la comunidad. Instalaron "un rastro": el lugar donde llegaban los novillos y los mataban ahí mismo. Fundaron una carnicería. Ambos locales quedaban cerca del edificio de la escuela vieja. Cerca del "rastro", viniendo de San José hacia Zapote, en la esquina principal, a su vez fue construida una cantina llamada "la Hoja Seca". En "el rastro" trabajaba un muchacho que era conocido como Pepe Montero, quien mataba el ganado de la familia Méndez, se crió con sus miembros. Era un hombre alto, bastante fuerte. El pobre terminó en el alcoholismo. Pepe era el que hacía dicho trabajo. Nosotros estábamos en la escuela y, ¡ay qué pecado!, yo decía: “Está llorando el novillo”. Entonces la maestra nos advertía: “No vayan, no se acerquen ahí”. En aquellos tiempos las maestras cuidaban mucho a los niños. Y había demasiado respeto en la escuela hacia los profesores y los directores. Ahora no; hoy en día uno ni siquiera puede mirar fuerte a un chiquillo, porque ya viene la queja, o peor, hasta una demanda. Entrevistador: Doña Maruja, hemos concluido nuestro fructífero diálogo. ¡Cuán valiosa información obtuve, Dios se lo pague! Esta semana me impuse realizarla, porque un buen número de zapoteños estaba "exigiéndome" que "esta conversona" tuviera lugar. Infinitas gracias por su colaboración. A usted igual, muy apreciada Rocío. Dios con vosotros. Evocando las palabras finales del escritor Guillermo Barzuna en su libro Ciudad Habitada, cierro este escrito, reafirmando la necesidad de conciliar, en nuestras comunidades de pueblo —urbanas o rurales—, la sana convivencia entre tradición y modernidad, proyectada hacia los distintos ámbitos de la socialización humana.