martes, 13 de agosto de 2019
HONG HONG, ACECHADO POR LA CHINA POPULAR PARA EROSIONAR LA AUTONOMÍA Y LA DEMOCRACIA LIBERAL Autor: Ronald Obaldía González.
HONG HONG, ACECHADO POR LA CHINA POPULAR PARA EROSIONAR LA AUTONOMÍA Y LA DEMOCRACIA LIBERAL
Autor: Ronald Obaldía González.
La isla de Xianggang, más reconocida como Hong Kong, es un pequeño territorio de 1,106 km², ubicado en la costa del océano Pacífico del sur de China continental, cerca de Cantón. La totalidad de la población se calcula en 7 millones. La densidad de población – de origen chino en su gran mayoría - es de las mayores del planeta. Pero, sus habitantes representan un tipo diferente de chinos. Los hongkoneses han adoptado la cosmovisión liberal, arraigada en la civilización occidental, su identidad cultural contemporánea; la cual reposa en los antecedentes suyos de haber sido una colonia de la Gran Bretaña.
Justamente, aquí se centra “el quid de la cuestión” de los violentos estallidos de hace dos meses iniciados por los jóvenes, los activistas sociales, los intelectuales, los periodistas, las organizaciones no gubernamentales y hasta los mismos empresarios contra el Gobierno y la policía represiva hongkonesa, ambas entidades favorables a los intereses del régimen comunista, totalitario, de la China continental. Porque cuando en 1997 Hong Kong (“una megalópolis” financiera y comercial) pasó a convertirse en territorio autónomo de la China continental, los numerosos sectores sociales contestatarios, prodemocráticos, observaron con profunda irritación y desconfianza los intentos, provenientes de Pekín “de diluir la separación entre la China continental y Hong Kong.
Los habitantes del mencionado territorio insular rechazan el verse absorbidos gradualmente por el autoritario sistema político y económico, equivalente “al capitalismo mercantilista de Estado”, intrínseco a la China continental. Ellos perciben el haber perdido el estatus especial, el cual venía disfrutando el territorio autónomo a partir de 1997. Justamente, el año de la (torpe) devolución británica a la soberanía china. Las entromisiones como tales, ponen en peligro las libertades fundamentales, entre ellas, las de prensa, de asociación y de expresión, implantadas en la excolonia británica, pero inexistentes al otro lado de la frontera, o sea, en la sociedad comunista (Macarena Vidal Liy)
UN FRAGMENTO DE LA HISTORIA UNIVERSAL. Cabe hacer una digresión respecto a la apertura de China al comercio exterior, la cual comenzó a través de numerosas batallas.
Hasta el siglo XIX tanto la China imperial y feudal, como Japón habían permanecido aislados del mundo Occidental. Ambos se comportaron en “enemigos de todo contacto con los pueblos extranjeros, en celosos conservadores de su cultura, sus tradiciones y sus costumbres antiguas”. En el caso particular de China hasta llegaron a considerar a los europeos “como bárbaros, esto es, como poco desarrollados culturalmente”.
Durante toda la Edad Moderna, en el extremo oriental de Asia, el gigantesco imperio chino se había cerrado sobre sí mismo, “al abrigo de la Gran Muralla, separado del resto del mundo por los grandes desiertos asiáticos. Permaneció totalmente ajeno al progreso de la historia humana”. La intensidad de la mundialización del colonialismo del siglo XIX hizo de las suyas en términos políticos y económicos. Entre las justificaciones y cálculos hegemonistas de las potencias europeas, tuvo lugar la reintegración a la sociedad planetaria de las vastas y ricas comarcas chinas.
Voraces las potencias imperialistas occidentales, habida cuenta del vertiginoso desarrollo de sus industrias; desde la primera mitad del siglo antepasado las naciones asiáticas, entre ellas China, se vieron obligadas, mediante acciones (militares) de fuerza, a abrir sus puertos a favor de los ingleses, franceses, portugueses y holandeses, entre otros países europeos. Aferrados estos últimos a los propósitos del dominio de zonas de influencia, empecinados en el dominio de las rutas marítimas comerciales, así como en la expansión de los intercambios económicos y comerciales, se lanzaron “a la apremiante búsqueda de mercados en territorios de ultramar.
El antiguo Imperio Chino había contado con los pequeños puertos de Macao, donde se admitía a los portugueses, así también el de Cantón, el cual servía a los objetivos de la acumulación de riquezas de los ingleses y los holandeses, con quienes al principio los chinos mantuvieron reducida actividad comercial. El anhelo de aquellos extranjeros reposaba en la mayor apertura de los puertos de China, siempre en función del comercio transnacional y en la satisfacción de los propios intereses de la dominación colonialista.
LOS ANTECEDENTES HISTÓRICOS ALREDEDOR DE HONG KONG. Bajo la práctica imperialista de "la Diplomacia de las cañoneras", en la particularidad del expansionismo colonialista de Occidente, el territorio de Hong Kong - en ese entonces casi inhabitado - fue cedido a Gran Bretaña “a perpetuidad” en 1842, cuando los británicos atacaron China en las dos Guerras del Opio. Asimismo, otros territorios adyacentes a esa isla fueron cedidos a los ingleses en arriendo por 99 años, especialmente la península de Kowloon, conocida como “Nuevos Territorios” (Guía del Mundo – Instituto del Tercer Mundo, Uruguay-).
A propósito de las Guerras del Opio, ellas tuvieron como precedente la segunda mitad del Siglo XVlll, cuando los comerciantes británicos comenzaron a introducir desde la India cantidades crecientes de opio a la China monárquica- feudal, lo cual cobraban con plata. Asimismo, solía usarse el puerto de Cantón para enviar la plata a Londres. Las transacciones permitieron a los empresarios navieros comprar té, seda y porcelana, vendidos luego a los mercados de la India, entre otros. Para Gran Bretaña, el contrabando del estupefaciente constituyó una considerable fuente de ingresos, lo cual servía para equilibrar su balanza de pagos con China, al compensar el gasto de las ingentes cantidades de té importado.
Los intercambios comerciales impulsaron la formación de los grupos mafiosos en Cantón (ídem), al generalizarse en la gente de China el consumo obligado del opio, con consecuencias en el desmantelamiento de la economía; detrás del cínico comercio fueron también cómplices tanto los franceses como los japoneses.
El emperador de China, “con fines moralizadores”, había prohibido el uso y el comercio del opio en todo su país, al mismo tiempo ofreció ferrea oposición a la venta y el consumo de esa droga. La orden parcialmente se acató.
Del fomento del comercio y de la extendida adicción al opio responsabilizó a la Compañía Comercial Británica de las Indias Orientales; la misma que, a pesar de la prohibición, continuó introduciendo en forma de contrabando la mercadería prohibida (ídem). Habida insistencia de las prácticas del contrabando, las autoridades de Pekín dispusieron la destrucción de 20.000 cajones que contenían dicho estupefaciente de propiedad inglesa, depositados en Cantón. A raíz de esa medida de resistencia, soberana, de la nación asiática sobrevino la Primera Guerra del Opio en 1839, cuando la Corona británica declaró la guerra a China.
La inmediata intervención militar inglesa comportó la defensa de los intereses de la Compañía, arriba citada. Así, entonces, bombardeó con sus buques la ciudad de Cantón y múltiples “populosas y frágiles poblaciones”, causando en ellas millares de víctimas. Ante este brutal ataque, China pidió la paz. No había alternativa. El arcaico ejército chino nada había podido hacer contra las modernas fuerzas guerreristas británicas, quienes hubieron de bombardear Cantón (ídem), como también tomaron Shanghai y Nanking, remontando el Yangtze.
La agresión británica, en torno a la causa del opio, contra el territorio y la cultura ancestral, milenaria, de China, hubo de sumarse a las otras de siglos atrás, cuando el gigante asiático hubo de ser objeto de invasiones imperiales, por parte de los mongoles, los turcos, las potencias europeas de ultramar (Portugal, Gran Bretaña y Francia), al igual que las forjadas por los coreanos y los japoneses, estos últimos, quienes en el contexto de la Segunda Guerra Mundial entre 1937 y 1945 (idem) avasallaron Manchuria y otras regiones.
En el orden natural del imperialismo de Occidente del Siglo XlX, Inglaterra respondió con poderosas acciones bélicas al derrotar definitivamente a China por la causa del opio. Llegó a obtener la concesión del islote de Hong Kong, además de cinco puertos sobre el mar de China. Este avasallado pueblo se vio obligada el 29 de agosto de 1842 a firmar el humillante y desigual Tratado de Nanking; a través de ese acuerdo se puso fin a la Primera Guerra del Opio.
Al cabo de entregar Hong Kong, el Tratado de Nankin (1842) declaró abiertas a los europeos varias ciudades del país; “diez años después esta medida se extendería a todo el Imperio feudal: China dejaba así de ser el “Continente Prohibido”.
En adelante, los puertos de Cantón y Shangai quedaron a la orden de los comerciantes británicos. Luego los Estados Unidos de América y Francia obtendrían de China similares concesiones y franquicias.
El ACTUAR HISTÓRICO, LA DOMINACIÓN EMPEORÓ. La respuesta china, es decir, el movimiento de resistencia antieuropeo desembocó en la Segunda Guerra del Opio (1854 – 1860), lo que devino en la aparatosa caída de Pekín, esa vez a manos de los ingleses y los franceses. La nueva conflagración hubo de originar la ocupación de Pekín, capital del Imperio Chino, por parte de los ejércitos de tales potencias europeas.
Igualmente, salieron a colación las decisiones entreguistas, tales como la firma en 1860 de adicionales y desiguales Tratados: los de Tient-sin y el de Pekín, por los que China llegó a conceder a ingleses y franceses, nuevos puertos libres, o zonas de influencia, en el litoral del norte; así también se acordaron cesiones a Gran Bretaña, entre ellas, parte de la península de Kowloon y la isla de Stonecutters. La superficie de la colonia aumentó significativamente con la incorporación de los llamados “Nuevos Territorios”, más 235 islas aledañas, mejor dicho “los botines de guerra”. Los cuales fueron arrendados a Gran Bretaña por 99 años a contar desde el 1 de julio de 1898 hasta el 30 de junio de 1997 (BBC Mundo). De este modo quedó conformado el actual territorio de Hong Kong.
Al final de la Segunda Guerra del Opio, “el Reino Unido también obligó a China a permitir el comercio de la droga”, así como a pagar una indemnización equivalente a veinte millones de dólares. Mediante el tratado de Nanking, China accedió a comerciar con Gran Bretaña, de acuerdo con las condiciones e imposiciones de ésta, al tiempo que “los súbditos británicos no estarían sometidos a la legislación china, bastante cruel, por cierto” (ídem).
En 1874 se forma en Inglaterra “la sociedad anglo-oriental contra el comercio de drogas, ya que la opinión mundial había comenzado a alarmarse por los perjuicios morales del tráfico de estupefacientes en Hong Kong” y el creciente número de enfermos adictos en China”.
Los mencionados Tratados dieron lugar a una precaria situación comercial para China, la que duraría casi cien años. Fue en 1920 cuando China logró recuperar sus tarifas aduaneras, aunque la cláusula de extraterritorialidad se mantuvo hasta 1943 (María Laura Brito). Desde luego que las divisiones internas tuvieron lugar en China, a consecuencia de los “Tratados desiguales”, inaceptables para una nación que décadas después se configurará en un régimen marxista, “antiimperialista”.
El nefasto expediente de Hong Kong, producto de los repartos territoriales del mundo inherentes a los apetitos y exigencias de las potencias colonialistas occidentales, llegó a desencadenar posteriores invasiones extranjeras contra China, en detrimento de su integridad territorial. A finales del siglo XIX, ella llegó a ser derrotada por el Japón, la emergente y agresiva potencia de Asia.
Las ambiciones japonesas pusieron al frente a las potencias de Rusia y Alemania, quienes levantaron “una intervención conjunta para defender la integridad de China (1895)”; un inmenso territorio sobre el cual se habían enfocado los intereses expansionistas de las potencias occidentales, en simultaneidad con las concesiones de carácter comercial y financiero, todo ello a contrapelo de la soberanía y la humillante “desintegración territorial del Imperio Chino”.
Recordemos que durante la Segunda Guerra Mundial la potencia nipona se apoderó de Hong Kong, por lo que la transformaron en centro militar de su campaña expansionista en Asia. Tras la rendición incondicional japonesa, enseguida los británicos rescataron la isla.
En 1898 estalló en China la revolución nacionalista, antioccidental, “promovida por la sociedad secreta de los bóxeres” o “los puños armónicos”. Sin embargo, un ejército extranjero, compuesto por europeos, estadounidenses y japoneses, venció a los chinos, quienes “debieron pagar compensaciones e indemnizaciones, como también reconocer las concesiones efectuadas hasta entonces”. Esa vez, las potencias coligadas apenas garantizaron (la frágil) integridad territorial de China, por lo que desistieron de los intentos de reparto. Eso sí, exigieron el otorgamiento de concesiones de tierras en torno al puerto de Shanghai, para el objetivo de la instalación de fábricas (Guía del Mundo, ídem).
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Posteriormente, el gobierno chino realizó reformas en la milicia, en la economía y en la enseñanza. Hubo de surgir un partido democrático, de corte nacionalista: el partido Kuomitang, encabezado por el médico Sun Yat Sen, quien hizo el llamado al “Constitucionalismo”. Por lo tanto quedó abolida la monarquía, y se proclamó la República (1912); en un principio presidida por el médico nacionalista; eso sí teniéndose como hecho real que Hong Kong continuaría siendo posesión británica.
TRAS LA VICTORIA EN 1949 DEL COMUNISMO TOTALITARIO EN LA CHINA CONTINENTAL, atraído por las fuerzas rebeldes e izquierdistas de Mao Zedong (1893 – 1976), se proclamó la República Popular China, se instauró el sistema de partido único, similar a la Unión Soviética. En el contexto de la Guerra Fría – la división y el antagonismo mundial entre el capitalismo y el comunismo - las potencias capitalistas occidentales, fueron los Estados Unidos de América y la Gran Bretaña, impusieron “al gigante asiático” el bloqueo económico y comercial.
Por el contrario, Hong Kong experimentó un extraordinario auge comercial, industrial, llegó a convertirse en un dinámico centro financiero, de inversiones, transportes, de grandes terminales portuarias, así como de comunicaciones de dimensión global. Evolucionó a las alturas de un vertiginoso “bastión capitalista”, sustentado en bajos impuestos y aranceles aduaneros mínimos, lo cual hubo de asegurar la “confiabilidad y la libertad en los movimientos de capital” (idem), y demás factores de la producción. A la vez, le fue altamente ventajosa la situación geográfica excepcional y las propiedades suyas de ser un puerto libre y próspero, fruto de la herencia e influencia ideológica, social y cultural de las potencias capitalistas occidentales, y el corolario de los constantes flujos financieros e inversiones.
Hasta ahora ha llegado a ser (Hong Kong) un centro económico y comercial de primer orden en el Extremo Oriente. Su fisonomía se transformó radicalmente al convertirse en el destino de millones de emigrantes (Andrés Serra Rojas), fueran refugiados vietnamitas, sobre todo de chinos continentales, quienes huyeron de las invasiones japonesas; tiempo despúes, de las garras de la hegemonía del comunismo - de naturaleza totalitaria, conculcador de las libertades fundamentales - , en extremo ya acendrado en la corpulenta nación. Ciertamente, los refugiados llegaron a emplearse en condición de mano de obra barata, posibilitadora del rápido crecimiento, en especial de la industria manufacturera, el auge de la infraestructura moderna, así como del cúmulo de actividades básicas de una genuina y enriquecida economía de servicios.
LA EVOLUCIÓN ECONÓMICA DEL RÉGIMEN COMUNISTA. A finales de la década de 1970 bajo el poder político de Deng Xiaoping, da comienzo en China la reforma o la apertura económica, la cual consistió en la gradual modernización industrial, respaldada con capitales extranjeros y parte del ahorro nacional. El líder Deng impulsaría un orden social que relativamente distanciaría de la rigidez marxista del Estado centralista y “dirigista” de las estructuras de la sociedad china.
En otras palabras, observando los resultados del exitoso apogeo de los modelos pro-capitalistas de vecinos suyos, entre ellos, Japón, Corea del Sur, Taiwán e Indonesia; el régimen reformista desistió de quedarse atrás en Asia, por lo que apostó a favor de la consolidación de “las zonas económicas especiales” en las proximidades de las colonias europeas de Macao y Hong Kong, las cuales figuraban ya entre las primeras plazas capitalistas del Lejano Oriente (idem). Especialmente, con la isla hongkonesa habrían de incrementarse lazos de interdependencia en los diferentes ámbitos económicos y financieros.
A comienzos de 1980 Londres y Beijing celebraron negociaciones acerca del futuro de Hong Kong; el arriendo por 99 años del territorio concedido, a través de varios tratados desventajosos, concluía en 1997. Un acuerdo alcanzado en 1984 definió, en primera instancia, que China habría de recuperar la soberanía de Hong Kong, pero el territorio suyo contaría “con un alto grado de autonomía”, en las condiciones “de región administrativa especial”, esto para mantener vigente la naturaleza capitalista de su pujante sistema económico, comercial y financiero.
Asimismo, los hongkoneses conservarían por 50 años sus derechos, libertades civiles; gozarían de la autonomía judicial, derivados del régimen colonial británico (idem). El sistema económico comunista de China no se aplicaría en Hong Kong, habría compromiso de respetar allí el sistema legal existente antes del traspaso de la plena soberanía, o sea, hasta el año 2047. “Mientras tanto, el gobierno comunista de Pekín asumiría apenas las tareas relacionadas con “la defensa y las relaciones exteriores”.
Según el gobierno chino la reunificación habría de sustentarse en la visión de “un país, dos sistemas”, equivalente a la coexistencia entre la economía de libre mercado de Hong Kong, dotado hoy de estructuras turísticas, industriales, financieras y comerciales más relevantes del mundo; y al otro lado el centralizado y el odioso control político y económico del resto de China, configurado por el Partido Comunista, aunque igual de exitoso en términos de poderío económico, habida consideración de las reformas de Deng, quien introdujo en su nación, no pocos fundamentos del sistema de mercado capitalista.
Efectivamente, a partir del 2047 China ya no estará obligada a mantener la autonomía acordada con Reino Unido, para el traspaso. Por lo que después de esa última fecha “es casi obvio el rechazo de Pekín a otorgar el voto universal a los hongkoneses, lo cual ha venido provocando repetidos y violentos enfrentamientos.
En 1997 China recuperó la soberanía sobre Hong Kong y la nombró “Zona Económica Especial” (idem). En expectativa quedaba la inconveniente deriva de las reformas graduales previstas a Hong Kong, a la medida de los intereses ideológicos de la China continental; entre ellos, los que se relacionaron con las elecciones del 2017, cuando los representantes políticos serían, parcialmente, elegidos mediante el sufragio universal. Las sospechas de los habitantes comenzarían a levantar vuelo, ya que tales disposiciones de Pekín semejaron asomos de injerencia, planificadas por las autoridades pekinesas, en detrimento de la autonomía negociada.
LA LEY BÁSICA, redactada por un comité convocado en Pekín, al cual asistieron delegados de la colonia británica, llegaría a cumplir el rol de la Constitución Política de Hong Kong después de 1997. Ya en abril de 1990 el Parlamento chino se había adelantado en aprobarla. La citada Ley incluso permitía que algunos escaños en el futuro Consejo Legislativo fueran directamente elegidos antes de 1997. Los hongkoneses estuvieron ausentes en las negociaciones y deliberaciones chino - británicas, quienes en su enorme mayoría se expresaron críticos y recelosos del inminente retorno de la isla a China.
Mejor aún, a partir de esos acuerdos (precipitados), los residentes de la megalópolis insular han sido proclives a las profundizaciones del sistema de mercado, de la democracia y de las libertades cívicas fundamentales, lo cual hubieron de remodelar la identidad y la concepción de vida nacionales. Principios universales que difieren sustancialmente del ejercicio represivo y totalitario del régimen centralizado y de partido único, vigente en la sociedad china; cuyo gobierno desde la reunificación en 1997 ha intentado gradualmente de hacer patente sobre Hong Kong el control político y administrativo de forma integral, restringiéndole peligrosamente la autonomía acordada con los ingleses hasta el 2047 (Macarena Vidal Liy).
Lo cierto del caso es que Occidente debió haber permitido a Hong Kong “ser y crecer” todavía más, de modo similar al esquema social y político, democrático liberal de la isla de Taiwán, quien defiende vigorosamente su soberanía e identidad. Por lo visto, las intimidaciones chinas resultan trabajables en el Asia. En la década de 1980 Vietnam lo dio a entender en su enfrentamiento militar con el ejército chino, lo hicieron recular. Y en esta época los vecinos suyos, tales como Japón, Corea del Sur, Taiwán, Filipinas le disputan sin ambages, ni contemplaciones, estratégicas extensiones geográficas del Océano Pacífico.
Para agravar la irritación y la desconfianza del pueblo hongokones, se continúa tomando como precedente la inolvidable masacre de Tiananmén de 1989 (la Primavera de Pekín de 1989) contra miles de estudiantes universitarios. Aquella llena de crueldad, al extremo, que la retina internacional la tiene bastante fresca, por más que la nomenclatura dictatorial busque borrarla del mapa. Paradójicamente, en Costa Rica el controvertido gobierno de Oscar Arias Sánchez (2006 – 2010) obvió los hechos de Tiananmén, por lo que guiándose en la avaricia, decidió restablecer las relaciones diplomáticas con una tiranía comunista, humillando, miserablemente, a la democrática Taiwán.
Dentro de las leyes suplementarias a la Ley Básica, entre el 2003 y 2004 el régimen de Pekín hizo todo lo posible por implantar “la ley antisubversión o de seguridad nacional”. La cual facilitaría “condenas a cadena perpetua por actos de subversión, sedición o traición a China. Además se concedería un elevado poder a la policía pro-Pekín, sobre la cual persiste la popular desconfianza, dado su comportamiento represivo alrededor de las multitudinarias manifestaciones en pro de la democracia; entre otros reclamos, asociados al rechazo de la plena de integración con un régimen, el cual desprecia los derechos humanos. China rechaza abiertamente la Declaración Universal de los Derechos Humanos (Wu´er Kaixi; Christophe Deloire). Tras las enardecidas protestas populares “la ley antisubversión” fue archivada (idem).
LA FALSEDAD DE LA TESIS DE “UN PAÍS, DOS SISTEMAS”. Cuando en 1997 volvió a soberanía china, Hong Kong representaba el 20% del PIB de China, y estaba mucho más desarrollada que el resto de la geografía física del gigante asiático. La megalópolis se desempeñó en el trampolín para el comercio y la inversión de la China continental, siendo ésta ahora menos dependiente de ese rol que su vecino insular le sigue jugando.
Al potenciarse con las contribuciones de la pequeña isla, el poderío económico chino se ha colocado a la altura de desafiar el de los Estados Unidos de América, a quien intenta desequilibrar su hegemonía global en las instancias de la diplomacia multilateral. De la misma manera, con su iniciativa “Un Cinturón, Una Ruta” ofrece préstamos para infraestructura a naciones en toda Eurasia, frecuentemente “con términos onerosos, que mejoran el acceso y la influencia de China al brindar beneficios cuestionables a quienes los reciben” (Richard N. Haass, diplomático de Estados Unidos de América).
La mayoría de los pobladores hongokoneses no nacieron en el pequeño territorio insular; ellos provenían de emigrantes del otro lado de la frontera (el subcontinente chino); perdieron conexión con las tradiciones continentales. De ahí las pesadillas suyas, la cual reside en perder la identidad y cultura propias, separadas de la sociedad y del régimen comunista chinos; ya que engendraron una manera distinta de concebir el mundo, coherente con los postulados de la democracia liberal.
“En las generaciones más jóvenes, dicha tendencia es aún más marcada” (Petula Ho). Aunque el independentismo es una idea de grupos minoritarios - indicios que obviamente enfurecen a China -, sí es bastante probable que ellas continúen apreciándose a sí mismos con una identidad hongkonesa, distinta de la China, la que cercena libertades a sus habitantes. Una encuesta de la Universidad de Hong Kong encontraba el mes pasado que menos del 10% de los hongkoneses entre los 18 y los 29 años se declaran “orgullosos” de ser ciudadanos chinos (Vidal Liy, ídem). Les preocupa además el futuro, cuando en 2047 se deje de aplicar el principio de “un país, dos sistemas”, lo cual les garantiza (atropelladamente) las libertades inexistentes, y desconocidas en el resto China. Si bien, tal principio lo ven erosionarse gradualmente (Macarena Vidal Liy).
La oposición anti-china hongkonesa viene corroborando con alarma los llamamientos cada vez más insistentes, por parte de China, para la integración física del territorio autónomo, comenzando por los planes para incluirlo “en una gran área económica, la cual comprenda las metrópolis del sureste a la instalación de una terminal de tren de alta velocidad en ese territorio insular, lo que incluye controles de policía chinos”. En el caso particular de Hong Kong, esos estarían igualmente a cargo de la guardia pretoriana del régimen comunista chino (idem).
Después del traspaso ha habido una cadena de protestas populares en Hong Kong. En tanto que continúa aumentando el control de la excolonia británica desde la China continental. La formula equivalente a “un país, dos sistemas”, prometida en 1997 no ha operado como había esperado el pueblo de la megalópolis, más bien, ha ido abriendo la puerta, paulatinamente, al proyecto político de “un país, un sistema”.
El régimen totalitario chino ha sido persistente en injerir en la elección de los gobernantes de Hong Kong. Las perspectivas del sufragio universal cada vez se distancian de las ideales y tradiciones políticas más liberales de democracia, libertad, y hasta de independencia nacional por parte un minoritario grupo de hongkoneses. Son tales los niveles de intromisión de Pekín, que en el 2015 se dieron informes del secuestro de cinco libreros que publicaban volúmenes críticos contra el Gobierno de Pekín; luego aparecieron bajo custodia china al otro lado de la frontera; es uno de los ejemplos más citados (ídem).
Al mismo tiempo, Pekín ha demostrado ineptud en la solución de complicaciones económicas, entre ellos, el desempleo, la contracción cíclica de las exportaciones y en el mejoramiento de la estructura sanitaria. Hong Kong es la ciudad más cara del mundo, junto a Singapur y París, según una encuesta del Economist Intelligence Unit. Igualmente, es profundamente desigual; los 10 hongkoneses más ricos tienen tanto como el resto de los 7 millones de residentes juntos. Con el metro cuadrado más costoso de la Tierra, solo un 11% de la población posee una vivienda en propiedad.
Lo cierto del caso es que en el 2003 el gobierno chino fue incapaz de trabajar correctamente el brote del virus del Síndrome Agudo Respiratorio Severo (SARS), el cual causó la muerte de 299 hongokoneses (Guía del Mundo, ídem).
Tampoco faltan quienes en la excolonia británica pretendan que el Partido Comunista de China adquiera mayor influencia en los asuntos de “la Región Administrativa Especial” (BBC Mundo), por lo que admiten el actuar periódico de la tiranía china, por intermedio del gobierno local, consistente en reprimir cualquier tipo de amenaza frente al estatus quo.
CRISPACIÓN Y RECRUDECIMIENTO DE LA VIOLENCIA.
Tampoco se le puede exigir a un régimen déspota como el de la China, que ofrezca de lo que carece, tal como el respeto a los derechos humanos, así como la abstención del uso de las abusivas medidas de fuerza contra la oposición, los desertores, así como de los grupos étnicos o religiosos, ya sean los tibetanos, el Falun Gong, los musulmanes, los cristianos. O menos aún que el gobierno central de China se aleje de socavar las tradiciones políticas más liberales de Hong Kong, a pesar de su compromiso (engañoso) de 1997 de respetarle la autonomía.
Durante este año la señora Carrie Lam – adepta (“marioneta”) al régimen de Pekín - , la jefa del Gobierno o del Ejecutivo de Hong Kong, decidió presentar ante el Consejo Legislativo “el proyecto de extradicción”, a través del cual, y por primera vez, se permitirá entregar a la justicia de China sospechosos de delitos. En teoría, de las extradiciones se excluirían los perseguidos políticos.
Inmediatamente después sobrevinieron las reacciones de rechazo contra la iniciativa de Lam, quien al comienzo se negó, de modo autoritario, de retirarla definitivamente del Legislativo hongkonés. La oposición antichina posee fuertes indicios de que la eventual ley se emplee para motivos políticos; que se acabe diluyendo la libertad de asociación y de expresión. En otras palabras, se exige “su retiro definitivo” del Legislativo. Considera que hace peligrar las bases liberales del sistema autónomo, las cuales a partir de la reunificación se encauzan en el principio de “un país, dos sistemas”; por el que se otorga al territorio autónomo derechos y las libertades, desconocidos por la población de la China continental. Y que de acuerdo con lo citado líneas arriba, se consolidó cuando el Reino Unido devolvió en 1997 la excolonia a la soberanía china. El mismo Gobierno central comunista prometió respetarlo durante 50 años, toda vez que se comprometió en lo de abstenerse a interferir en los asuntos internos de la isla (Vidal Liy, ídem).
Los críticos también recuerdan las dudas sobre el opaco, clientelista y politizado sistema legal y judicial chino, supeditado al Partido Comunista; esto es parte esencial del totalitarismo unipartidista". Y donde las organizaciones no gubernamentales denuncian casos de tortura, confesiones forzosas y unas leyes, que permiten retener a los sospechosos en paradero desconocido, sin acceso a un abogado defensor (ídem).
Frente a la intransigencia de la jefa de gobierno de no dar marcha atrás con el proyecto de extradiciones, se desataron multitudinarias olas de protestas, las cuales arrancaron hace dos meses. Pasaron a crear inestabilidad social, cuestión que ha sido casi imposible de neutralizar, a pesar de las arremetidas y los excesos de fuerza de la policía, para controlar en especial a los jóvenes, los cuales marcan el camino hacia un posible panorama de rebelión política, extendido a largo plazo.
Sobre los estallidos ha habido serias advertencias, señalamientos riesgosos, como también amenazas por parte de Pekín, al calificar “de terrorismo”, el uso de las vías de hecho de los manifestantes, tales como la toma del edificio del Consejo Legislativo. En esta semana las imágenes proyectadas por la prensa internacional dan cuenta de la retención y la parálisis del principal aeropuerto de la megalópolis hongkonesa (CNN). Al cabo que ya se ha reconocido el movimiento de tropas del ejército chino, dispuestas a un presunto ataque “frente a los terroristas”: los jóvenes radicalizados, así despectivamente tildados (ídem), ellos susceptibles de ser víctimas del segundo Tiananmén. La verdad es que la escalada de protestas pusieron en alerta al ejército chino (ídem).
Todo lo antes dicho acarrea como precedentes las repetitivas e intensas marchas por las calles de las ciudades, severamente castigadas por los despliegues de los cuerpos policiales. Esas revueltas hicieron retroceder, parcialmente, a la jefa Carrie Lam, en sus tentativas de someter a aprobación la polémica ley, esta con visos, familiarizados con la seguridad nacional.
Ella misma, acosada por la presión popular, anunció – infructuosamente - casi a mediados de julio, que el criticado proyecto de ley sobre extradiciones a China, provocador de la escalada de protestas, “está muerto”. Pero, se rehusó a retirarlo definitivamente ante el Consejo Legislativo (Vidal Liy, ídem). Lejos de apaciguar los ánimos, la ciudanía en protesta, complementado con actos violentos, acentuó su planteamiento de solicitar, de modo pertinaz, la pronta renuncia de Lam. Una decisión, la cual corre por cuenta del gobierno central de Pekín.
En verdad, Pekín se ha limitado a respaldar al gobierno y la policía locales. La dimisión de Carrie Lam, demandada con fuerza por los manifestantes, será más difícil. Seguro “se le permitirá un tiempo para salvar la cara, un año o dos quizás. Es posible que se le permita completar su mandato, el cual expira a mediados de 2022. Pero no tendrá poder real (ídem).
Con todo, China sabe jugar con el recurso de la posverdad. Esta vez da a conocer el distanciamiento en perjuicio de la figura de Carrie Lam, acusada por su pueblo de autoritarismo al patrocinar el proyecto de extradiciones. El embajador de China en Londres había negado que la idea del proyecto de ley hubiera partido de Pekín; había insistido en que se había tratado exclusivamente de una iniciativa del gobierno de Lam. “Lo cierto, aunque sea una suspensión del proyecto como tal, las gigantescas protestas han infligido una severa derrota a Xi Jinping, el Presidente de China (ídem).
El régimen chino es experto en las cábalas. La posible actitud liberal suya con los manifestantes de Hong Kong, en cuenta el despido de Lam, puede ser una demostración de debilidad y fomente en este caso, aceleradas y graves protestas populares, incluyendo el desafío frente la hegemonía comunista en el propio territorio continental. “En consecuencia, es probable que las autoridades en Pekín hagan lo que consideren necesario para mantener el orden” la estabilidad y la seguridad. De la masacre de Tiananmén, puede inferir “el recurso metodólogico“, tal vez (cínicamente) indispensable al régimen de Xi en circunstancias de crisis. A la vez que continúa sobresaliendo el giro de China hacia la represión, siendo descarnadamente más evidente en sus políticas contra la minoría uigur - musulmana (Richard N. Haass, diplomático de los Estados Unidos de América).
Al mismo tiempo, las protestas y los enfrentamientos de estos últimos dos meses contra el gobierno de Lam y la policía prochina desembocaron “en un movimiento mayúsculo, el cual propugna no solo por la completa destitución de Carrie Lam, sino que además resuenan las “reformas democráticas”, así también la defensa de la autonomía de la isla, siempre en el contexto de permanente irritación contra la creciente intromisión de Pekín, tanto en las asignaturas económico – comerciales, como en los asuntos políticos y jurídicos. Los jóvenes opositores también exigen que se evite formular cargos contra los participantes en las marchas, las cuales el Gobierno autónomo considera “disturbios”.
Un eslabón de confrontaciones se arraigó en la sociedad política y civil de la megalópolis desde el traspaso a China. Las escenas recientes, la cadena de concurridas marchas - hasta los empleados públicos comenzaron a adherirse a ellas - , iniciadas el 9 de junio pasado, llegan a asemejarse a las de “las sentadas del Movimiento de los Paraguas”. Movimiento, que hace cinco años (2014), tomó el centro de Hong Kong durante 90 días, con tal de reclamar mayor democracia; en esa ocasión se exigió en vano la elección del jefe de gobierno mediante sufragio universal. A través de las reyertas de aquel entonces se expuso el derecho de poder votar directamente a candidatos de su gusto en las elecciones, para jefe del gobierno autónomo; en lugar de tener que optar entre varios nombres propuestos por el Partido Comunista, al mando también de Xi Jinping (“el emperador - presidente”) . .
Por su parte, los círculos de empresarios, opuestos además a la reforma sobre extradiciones, reconocen el avanzado deterioro de la imagen internacional de Hong Kong. En el supuesto caso de la intervención militar china frente a las protestas, ello acarrearía, según su punto de vista, una catástrofe financiera, comercial, en una de las mayores plazas de Asia, la cual a la vez es un atractivo turístico inagotable. Algo que no es nada favorable a Hong Kong, quien encara una etapa de incertidumbre económica y una posible desaceleración (Vidal Liy, ídem; AFP). Lo refleja su crecimiento económico, el cual cayó de un 4,6% al 0,6% en el primer trimestre del 2019, “los peores datos trimestrales en los últimos diez años” (AFP). Para rematar, hay debilitamiento en la actividad del turismo; en julio pasado bajó el número de visitantes y la tasa de ocupación hotelera, cayeron hasta un 50% las reservas de visitas en grupos (ídem)
El pasado 1º de julio se cumplieron 20 años desde que Reino Unido le devolvió Hong Kong (una megalópolis) a China. “Pero en el territorio no todo fueron celebraciones”. Por el contrario, la escalada de manifestaciones desafiantes contra el régimen totalitario, en cuenta la huelga general del pasado 4 de agosto, impacientan ya al poderoso régimen de China. Éste obliga a Hong Kong castigar a los manifestantes, de inmediato; restablecer el orden y mantener el clima propicio a los negocios. Los promotores de la “violencia rampante” terrorista, según el gobierno de Xi, “comprometen la prosperidad y la estabilidad” de las ciudades”.
El riesgo anticipado lo representan las eufemísticas palabras, conexas con la posible intervención del régimen tiránico contra el territorio de los hongkoneses, víctimas de la estupidez británica al devolver la isla a la tiranía china. El presidente de China, Xi Jinping, advirtió contra “los desafíos absolutamente inadmisibles" a la autoridad de Pekín sobre Hong Kong. En donde “participar en disturbios” es un delito que puede implicar hasta diez años de cárcel. Reiteró que usar a Hong Kong para realizar actividades de infiltración y sabotaje contra el territorio nacional, constituye un acto que cruza una línea roja (BBC Mundo).
• Haciendo gala de la firme determinación y el inmenso poder del gobierno central, así como del Partido Comunista (AFP), varios voceros del régimen avisaron con amenazas: “que el que juega con fuego, muere quemado”. A pesar de las intimidaciones, la protesta se ha ido ampliando, empeora cada vez más. Se ha convertido en la peor crisis que China ha afrontado en su territorio autónomo desde que el Reino Unido se la traspasó.
Las declaraciones amenazantes salen a relucir además en los sectores radicalizados, antichinos. El asalto al parlamento, más recientemente al metro de la ciudad y el aeropuerto, “es una expresión de ira contra un gobierno impotente, unos partidos políticos sinvergüenzas y representantes de la casta, y un gobierno (local) no democrático”, ha escrito en las redes sociales el autor hongkonés Dung Kai Cheung. Con una nueva generación políticamente más radicalizada y anticomunista, la mayoría de los observadores predicen una dura batalla política por el futuro de Hong Kong (BBC Mundo). Lo cual hace indicar un lejano horizonte a favor de las soluciones políticas, puesto que hasta ahora las Partes rechazan ceder, ni un ápice siquiera.
UN PALIATIVO QUIZÁ. El gobierno de Pekín acaba de afrontar un complicado calendario; quiere alejarse de las complicaciones; tuvo participación en la Cumbre del G-20 en Osaka (Japón), la cual se llevó a cabo los días 28 y 29 de junio del 2019 en Osaka, Japón. En esa cumbre la oposición de Hong Kong solicitó al G20 “que defienda sus libertades”. Se sabía que Donald Trump habría de mantener conversaciones con Xi, el emperador comunista, acerca del proyecto de ley de extradición en el pequeño territorio insular.
En la Cumbre, los Presidentes de Estados Unidos de América Donald Trump, y el de China, Xi Jinping se vieron las caras “en plena guerra comercial”, mediante la cual Washington sigue adoptando medidas, consistentes en la imposición de mayores aranceles a todas las importaciones de productos chinos; al cabo que hace acusaciones a Pekín acerca del robo de propiedad intelectual, sobre transferencia forzosa de tecnología (Nouriel Roubini). Tanto delicado es, que la economía china se está desacelerando; el crecimiento suyo decayó en el segundo trimestre del 2019, “marcando su rendimiento más bajo en al menos 27 años, al 6,2%”; aunado a la desaceleración, el sobreendeudamiento y la operación de empresas públicas deficitarias (AFP), las que el Estado comunista, precisamente, subvenciona. Con este panorama incierto, resultan excesivas y pesadas a Pekín las controversias comerciales con los Estados Unidos de América, su principal socio, por lo que podría presumirse que la inestabilidad hongokonesa sea colocada en la periferia de sus tratativas diplomáticas y políticas domésticas.
Igualmente, el Presidente Xi Jinping examina con detenimiento el impacto que la tensión en Hong Kong pueda tener en las elecciones taiwanesas dentro de siete meses. Las prácticas comunistas agresoras en contra de Taiwán (a quien China considera parte indisoluble de su geografía), quien sí es una democracia plena y próspera con una economía pujante y moderna, han consistido en obstaculizarle sus legítimas aspiraciones en pos de su total independencia (Richard N. Haass, ídem). Los enardecidos hechos en Hong Kong, al agudizarse más de la cuenta, habrían de tener un efecto sensitivo en la opinión taiwanesa, la que en las votaciones podría inclinarse por la repetición del mandato del partido político hoy en el poder, este de tendencias antichinas. “El poder del pueblo podría funcionar en Hong Kong, ¿por qué no en Taiwán?”
viernes, 31 de mayo de 2019
LA NEGACIÓN DEL PASADO RECIENTE; EL GOBIERNO DE JAIR BOLSONARO: FACTORES DE RIESGO PARA “EL ORDEN Y PROGRESO DE BRASIL.
LA NEGACIÓN DEL PASADO RECIENTE; EL GOBIERNO DE JAIR BOLSONARO: FACTORES DE RIESGO PARA “EL ORDEN Y PROGRESO DE BRASIL.
Ronald Obaldía González.
En la esfera de la novedad del populismo, mezclado con nacionalismo, en América del Sur, Jair Bolsonaro, el recién inaugurado Presidente de Brasil, “tan popular porque es populista”, se suma a la corriente “iliberal”, autoritaria, de América Latina. No sobra señalar la vigencia, especialmente, en América y Europa de democracias iliberales tanto de derecha como de izquierda. En efecto, los populistas en los contextos de democracias iliberales resultan ganadores de los comicios electorales, pero se rigen por una lógica escasamente respetuosa con el Estado de derecho y las libertades individuales (JORGE TAMAMES), al cabo que envician los procedimientos democráticos.
Esta vez ascendió al poder un líder exmilitar, proveniente de la ultraderecha populista. Su base de apoyo reside en las clases adineradas, la gente blanca, los cristianos evangélicos, una vasta clase media”, los militares, los agroexportadores de las áreas rurales y un sector de la derecha liberal. Con dichas fuerzas sociales le fue innecesario realizar transacciones con los partidos políticos tradicionales para salir ganancioso en el balotaje realizado a finales del año pasado. Defensor y reivindicador de la represiva dictadura militar brasileña que se prolongó de 1964 a 1985 (Jorge G. Castañeda); se autoafirma en el el adalid de la mejora económica: Este radical conservador cultural se presenta como el antipolítico, inclinado por las medidas de mano dura contra la criminalidad y la corrupción.
Opuesto a los postulados de los derechos humanos; su discurso propagandístico se sustentó en el anticomunismo, “la globalofobia”, el racismo, la homofobia y la misoginia, todo ello contrariando un extenso Brasil de 8.547.400 kilometros cuadrados, una población de casi 195 millones, compuesto por un mosaico de cosmovisiones, religiones, lenguas aborígenes, de prodigiosa riqueza étnica, cultural. En su campaña hacia la presidencia brasileña dejó explícito el objetivo de construir una línea divisoria, para evitar que las corrientes globalizadoras, éstas a favor del pensamiento socialista marxista y el secularismo, se propusieran contagiar la cultura tradicional y los valores morales nativistas de la sociedad nacional.
En su condición de candidato presidencial, el diputado y exmilitar nacionalista puso de manifiesto de forma altisonante su rechazo al Tratado de No Proliferación de las Armas Nucleares (TNP), el sostén del propósito universal de la no proliferación nuclear, toda vez que se enlaza con en el sistema bilateral con Argentina (ABACC) de contabilidad y control del material nuclear (ROBERTO GARCÍA MORITÁN). En el 2004 una delegación del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) hizo una inspección de las nuevas instalaciones nucleares, ubicadas en Río Janeiro, con capacidad de enriquecer uranio. Saltó la preocupación que tales capacidades pudieran desviarse con fines militares (Guía del Mundo). Por lo tanto, es un alto riesgo que Bolsonaro materialice las sospechas del organismo.
Con cinco exgenerales en el gabinete, el gobierno de Brasil, regido por Bolsonaro, tendrá más oficiales de alto rango que en ningún otro momento, desde el final de la dictadura militar en 1985. Su objetivo es militarizar la aplicación de la ley en todo el país y hacer que las armas estén ampliamente disponibles para el público. Para él, la policía brasileña tendrá “carta blanca” para matar criminales (Castañeda, idem). En política económica, se propone implementar un ajuste fiscal rápido, de shock y privatizar varios sectores de la economía nacional (Castañeda, idem).
Dos de las naciones que han ejercido influencia sobre los mecanismos de concertación e integración latinoamericana, sean México y Brasil, se abren a la peligrosa corriente de permitir el retorno de los militares dentro de las esferas de sus respectivos gobiernos. Ambas potencias regionales se muestran distantes de proteger la democracia constitucional y liberal. Pésimo síntoma.
Agreguemos, como lo señala el académico Bryan Acuña Obando, se parte de la desconfianza en la clase política latinoamericana, todo lo cual “ha llevado a que en la actualidad no exista una posición positiva sobre los modelos de integración” y acción cooperativa, y aparezcan personas y tendencias favorecedoras de los nacionalismos, de posturas iliberales, quienes sobreestiman la devolución del poder a los gobiernos nacionales por encima de los esquemas regionalistas.
Asimismo, el sistema de cooperación internacional que surgió de las cenizas de la Segunda Guerra Mundial está en riesgo con los nacionalistas y ultraderechistas populistas. El multilateralismo y las instituciones que lo sustentan –entre ellas la Organización Mundial de Comercio, las Naciones Unidas y la Unión Europea– “están siendo cuestionados en tanto más países abrazan el nacionalismo introspectivo”, en detrimento de la estabilidad política, el comercio y la inversión transfronteriza, y hasta resalta la probabilidad que desemboquen en un conflicto (Lise Kingo y Scott Mather).
La América Latina merece mantener viva la llama de los derechos humanos, a pesar del discurso desviacionista, chantajista e intimidador de la sarta de populistas, extremistas de derecha e izquierda, los demagogos, más los dictadores asesinos, entre ellos Daniel Ortega, Rosario Murillo, Nicolás Maduro, decididos a socavar los regímenes de libertades públicas e individuales, y a menospreciar la paz y la convivencia cívica democrática.
Eso sí, el deterioro democrático dista de resolverse, culpando a los votantes.Lo cierto del caso es que las turbulencias económicas, el desempleo, la desigualdad social, ampliamente negativa, así como la irrefrenable corrupción pública y privada agravantes de la pobreza, han dado al traste con el buen gobierno o la gobernabilidad estable, lo cual conlleva la consolidación de movimientos políticos radicales, quienes se alimentan de la frustración ciudadana y por lo tanto de las tensiones internas, a tal extremo que, impensable y peligrosamente, resultan favorecidos por el voto popular.
El desenlace comienza con la erosión del Estado de derecho y de las instituciones democráticas, el ensayo de fórmulas económicas y financieras engañosas e inviables, entrelazadas, casi siempre, con las restricciones impuestas a los mercados abiertos y unificados (Joschka Fischer) y avanza con el irrespeto a la soberanía popular.
En este orden, la señal ofrecida por el Presidente Jair Bolsonaro de intentar el debilitamiento del acuerdo comercial del MERCOSUR supone dar forma a “un anillo de fuego” en Suramérica. De seguido, el vecindario cercano brasileño dejará de ser una asociación de “potenciales amigos”. De esta forma Bolsonaro se dará a conocer como “Presidente fuerte”, protector de las empresas poderosas nacionales, el constructor “de soluciones mágicas”; lo que equivale a la implantación del mesianismo político, el que apenas por un lapso le dio réditos a Hugo Chávez en Venezuela; después de su fallecimiento hemos sido testigos de sus nefastas secuelas.
Los populistas ultraderechistas se equivocan al menospreciar la cooperación global, sea en este caso el Brasil de Bolsonaro, quien entre otros enfatizan únicamente que la globalización, dicho sea verdad, “también ha producido desequilibrios sociales, que continúan alimentando el descontento popular”. Pero incitando a la desglobalización (Nouriel Roubini), como hacen hoy una cantidad creciente de personas, se amenaza al propio sistema que ha ayudado a crear riqueza, combatir la pobreza (Lise Kingo y Scott Mather), y multiplicar “las filas de la clase media global”.
Hacemos una digresión al respecto. La historia de posguerra demuestra que la integración económica global –en cuenta los negocios, que aúnan los sectores privado y público, a través del comercio más libre y una mayor inversión transfronteriza- ayuda a los mercados y a las sociedades a prosperar, con una mejora significativa en el desarrollo humano, es decir en la salud, la educación y la expectativa de vida en distintas partes del mundo; asimismo ha contribuido a crear riqueza y expandido la clase media global (Kingo y Mather, ídem). Asimismo, mediante el multilateralismo, otros protagonistas “no Estatales” pueden abordar complejidades críticas como el régimen de derecho, la gobernanza global y el cambio climático. Sobre este respecto, los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), y sus objetivos asociados, significan un modelo para la humanidad y la propia economía global. Pero “la prédica refundadora de Bolsonar, tanto en política exterior como en la política doméstica tiende a “echar definitivamente por tierra” los logros del multilateralismo.
LLAMÉMOSLO NACIONALISMO.
Los brasileños se creen “lo más grande del mundo”. De hecho, el poderío de su exquisito futbol constituye uno de sus principales recursos publicitarios. Con tono irónico, algunos autores intentan herir la concepción de grandeza, al coincidir en que “Brasil seguirá siendo la nación del futuro”. Es decir, le falta bastante camino que recorrer a fin de llegar a convertirse en nación desarrollada. Es el orgullo nacionalista, históricamente idealizado, del cual, menos aún, Jair Bolsonaro se escapa. Se puso de relieve en la Guerra Fría. Los gobiernos brasileños mantuvieron distancia de los Estados Unidos de América y de la Unión Sovíetica. El propio presidente Luiz Inácio Lula da Silva (Lula) acentuó el discurso nacionalista; sobre todo, la identidad del “potencial de éxito económico”, aunado al descubrimiento de nuevos yacimientos de petróleo, para mostrar que el Brasil lideraría en la región latinoamericana (Salvidio, idem), restando influencia a Argentina y México, con quienes rivaliza en el ejercicio diplomático de exportar influencia geopolítica en la región latinoamericana, en cuenta más allá. En esto, el discurso nacionalista de los gobiernos civiles se puso al descubierto al acentuarse la ofensiva diplomática, fallida hasta ahora, de colocar a Brasil en el pináculo del poder, tal que le sea concedido un escaño permanente en el Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas (ONU). Los controvertidos comentarios de Bolsonaro frente a la organización global, han de suponer el desinterés suyo de hacer inversión en tal propósito de ser un autor de decisiones universales.
Lula, el hábil político, supo reinventar los sentimientos de unidad nacional, extraídos de la etapa histórica de aquel Brasil que había nacido como Imperio (1840 - 1889). Aunque décadas después se convirtió en república más disminuida. Aún así, siempre continuó arrastrando el sueño imperial de ese pasado expansionista en términos territoriales, reflejado periódicamente en las acciones diplomáticas del Palacio Itamaraty (Nelson F. Salvidio, 2016); es el edificio brasileño, ubicado en Brasilia, el cual alberga la sede del Ministerio de Relaciones Exteriores.
Enseguida, Brasil, junto con Rusia, India, China y Sudáfrica, comenzaron a ser visualizados como “los BRICS”: en el bloque de unidad cooperativa, de “los países que emergían con chance de convertirse en las economías dominantes hacia el año 2050”; una línea rectora de política exterior, la cual ahora Bolsonaro mira de reojo.
El gigante suramericano ha estado lejos de renunciar a los propósitos nacionales de convertirse en un protagonista global, así lo planteó el PT de Lula: el mayor partido de izquierda de América Latina. Un impulso que se vio opacado a partir del 2013, a consecuencia de la mayor recesión económica; además de "la crisis política sin precedentes", rodeada de protestas sociales, escándalos de corrupción que lo salpicaron, entre ellos numerosos dirigentes del PT y de la oposición de derecha.
Por otra parte, teniendo en expectativa alcanzar la presidencia de su país, y de paso reafirmar a Brasil, “un líder de América Latina”, en una posición crucial, de primer orden, en el escenario global, dominado por las rivalidades y las políticas de poder de las grandes potencias, Lula se aferró a las iniciativas internacionalistas de la izquierda. Cooperó con la fundación del Foro de São Paulo, el cual llegó a ser el foro de partidos y grupos de izquierda latinoamericanos, desde centroizquierdistas hasta colectividades políticas de izquierda; fundado en 1990 por el Partido de los Trabajadores de Brasil en São Paulo. De este movimiento surgieron las tesis del Socialismo del Siglo XXl, acuñadas, principalmente, por la izquierda chavista de Venezuela; así también la de Bolivia, Ecuador, Nicaragua; en Honduras con el presidente Manuel Zelaya, derrocado en junio de 1989; a él se sumó el régimen totalitario de Cuba. De acuerdo con sus fundadores, el Foro fue constituido “para reunir esfuerzos de los partidos y movimientos de izquierda, para debatir sobre el escenario internacional después de la caída del Muro de Berlín y las consecuencias del neoliberalismo en los países de Latinoamérica y el Caribe”.
En sus emprendimientos de las relaciones exteriores, en cuanto reforzar en diferentes direcciones diplomáticas el prestigio de la nación brasileña, valga subrayar una grave falta en su misión y responsabilidad a favor de la protección del medio ambiente. Resulta innegable la angustia y los señalamientos en su contra, en lo que parece quedar atrapada en un embrollo. Se relacionan con la constante, incontenible y peligrosa devastación ecológica de la exótica región selvática de la Amazonia, lo cual condena además a los pueblos originarios a la crónica marginalidad y desprotección. Imazon, un grupo no gubernamental que monitorea la selva tropical del Amazonas, en mayo del 2019 confirmó que el ritmo de la deforestación en la selva tropical ha aumentado en un 20% desde el mismo período de agosto a abril de 2018. A la vez señaló que sus imágenes de satélite revelaron que la región ha perdido 2.169 kilómetros cuadrados (837 millas cuadradas) de selva entre agosto y abril, un incremento respecto a los 1.807 kilómetros cuadrados (698 millas cuadradas) perdidos en el mismo periodo del año previo. Los analistas atribuyen la mayor parte de la deforestación a la tala desmedida y la invasión de tierras, que, con frecuencia, ocurren en zonas protegidas y reservas indígenas.
Las presiones de la comunidad internacional resultaron insuficientes en lo concerniente a ser depositaria de una respuesta colaborativa por parte del actual gobierno. Por el contrario, entre sus promesas de Gobierno, Bolsonaro ha propuesto, en su lugar, revisar los límites de la reserva amazónica, como parte de su esfuerzo por derogar la prohibición de la agricultura comercial y la minería en tierras indígenas. La primera decisión de Bolsonaro tras asumir el cargo en enero fue trasladar las decisiones sobre tierras indígenas al Ministerio de Agricultura, que está controlado por representantes del sector agrícola, ansiosos por abrir nuevas fronteras a la agricultura a gran escala. Por su parte los aborígenes temen el regreso de los mineros de oro ilegales y otros cazadores furtivos en sus tierras, envalentonados por la retórica despectiva de Bolsonaro y sus movimientos para debilitar sus derechos. Desde ya demandan al Gobierno el respeto de sus derechos constitucionales, identidad y arraigo territorial y cultural y el reconocimiento de sus fronteras terrestres (Bruno Kelly. Reuters)
Obviamente, los aborígenes de la Amazonia, al igual que el conglomerado de la negritud han sido excluidos del idealizado nativismo blanco populista, pregonado por el divisivo presidente nacionalista, al cabo le otorgó réditos electorales. Ellos son “los otros”: las minorías con otro color de piel, quizás con creencias religiosas diferentes (Chris Patten), inaceptables a los fundamentalistas cristianos, quienes en octubre pasado fueron el firme bastión de la ultraderecha.
En otro orden de las posturas nacionalistas, cabe tener presente que en el 2004 una delegación del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) hizo una inspección de las nuevas instalaciones nucleares, ubicadas en Río Janeiro, con capacidad de enriquecer uranio. Saltó la preocupación que tales capacidades pudieran desviarse con fines militares. Por lo tanto, es un alto riesgo que Bolsonaro materialice las sospechas del organismo. Las capacidades nucleares de ciertos países tienden a acentuar los nacionalismos, sembrar temores en los vecinos cercanos, por lo que habrán de verse atraídos por dar lugar a la modernización de sus recursos militares, y enseguida fomentar en la región la peligrosa carrera armamentista.
ANTES DE BOLSONARO: EL ESTILO DE HACER POLÍTICA EN BRASIL, POR UNA ÉPOCA, HABÍA SIDO LUIZ INÁCIO LULA DA SILVA (LULA), Y LOS CORREDORES DEL PODER
Dificil haber imaginado antes del 17 de marzo del 2014 que diera lugar a una investigación sobre el supuesto lavado de dinero; que en un lavacoches pudiera convertirse en el mayor escándalo de corrupción de la historia de Brasil y extendiera tentáculos en casi toda Latinoamérica. “Este megaescándalo” sacó a relucir “una corrupción sistémica”, favorecedora de empresas y políticos de todos los partidos: el detonante de profundos cambios que en Brasil han cristalizado en un presidente, Jair Bolsonaro, de ultraderecha, ultraconservador (Najara Galarraga Cortázar); a nuestro criterio racista, peligrosamente incendiario, conexo con una oposición irrelevante y éticamente tan cuestionada.
Dos de los siete presidentes que ha tenido Brasil desde el fin de la dictadura, han tenido contacto con las rejas, encausados por la corrupción. En marzo pasado fue Michel Temer, encarcelado en una sede de la policía federal en Río de Janeiro; el veterano político, aún tiene aliados en el Congreso, perdió la inmunidad al entregar la banda presidencial a Jair Bolsonaro. El juez Marcelo Bretos lo acusa de “ser el líder de una organización criminal”, que durante 40 años cobró sobornos a cambio de contratos públicos, infló presupuestos de obras, blanqueó dinero e incluso tenía un departamento de contrainteligencia para obstaculizar las pesquisas. Luiz Inácio Lula da Silva (Lula), 73 años, cumple casi un año recluido en una celda de las instalaciones policiales en Curitiba (Paraná), epicentro de la investigación sobre la Lava Jato (NAIARA GALARRAGA GORTÁZAR), “un caso de corrupción que cumple cinco años”.
150 poderosos políticos y empresarios han encontrado la prisión, en tanto “el descontento ciudadano con la clase política aumentaba”. Otros tres mandatarios han sido indagados en casos derivados de la Lava Jato, incluidos los dos que fueron destituidos por impeachment, Dilma Rousseff (a la que Temer sucedió en 2016) y Fernando Collor de Mello. Otro murió. El único de los siete a salvo es Fernando Henrique Cardoso, aunque los cargos en su contra los declararon prescritos (Galarraga Gortázar, ídem). Alrededor de Petrobras y la constructora Odebrecht se ha castigado severamente “a la vieja política brasileña”. Entre los factores del éxito electoral de Bolsonaro “es que el estruendo “de la Lava Jato no le había tocado”.
En simultaneidad a una de tales tramas y comedias, con frecuencia llamativas en Brasil, en setiembre del 2016 corría la pérdida del escaño del diputado evangelista y millonario Eduardo Cunha; aquella vez destituido en la Cámara de Diputados por corrupto, al esconder cuentas bancarias en Suiza, además de su presunta participación mafiosa, con otros políticos oficialistas y de la oposición, en la red criminal que operó en la petrolera estatal Petrobras.
El oscuro personaje habría recibido unos 5 millones de dólares “en coimas”. Cunha movió sus tentáculos “e hilos del poder” en el juicio político del Senado, contra la presidenta Dilma Vana Rousseff. Él se convirtió en el arquitecto de ese polémico juicio, el cual, primero, apartó a la mandataria del poder temporalmente desde el 12 de mayo de ese mismo año. E inmediatamente después, en agosto sobrevino el desplazamiento definitivo de ella: la militante del izquierdista Partido de los Trabajadores (PT), la formación política del carismático Presidente Luis Ignacio “Lula” da Silva - el líder obrero de origen humilde que huyó de la miseria- ; quien, siguiendo los pasos del entonces Presidente social demócrata Fernando Henrique Cardoso, hubo de tomar la bandera “de la salvación de los pobres brasileños”, en su propia denominación política, actuante y apegada a la plataforma democrática y social, esto durante trece años en el gobierno.
En cuanto a nuestra aversión por la izquierda marxista, así también por los errores, en los cuales pudo haber incurrido el presidente Lula da Silva (2003 – 2011), en el fondo hay una realidad que resulta innegable. Ciertamente, en su época del ejercicio del poder, el Partido de Lula consolidó gobiernos democráticos, pacíficos, “de los más firmes del continente”. Unió esfuerzos para sacar a 30 millones de brasileños de la pobreza extrema, el hambre y la ignorancia, así también apostó por la estabilidad monetaria y fiscal. A la vez, dejó un significativo legado de avances sociales, económicos, educativos, en agricultura familiar, etcétera. Se impulsó un cambio social, pactado con los sectores empresarios y diversas agrupaciones políticas, lo cual “no encuentra demasiados antecedentes en la historia del país”. Hasta los más férreos opositores del PT lo reconocen; al cabo que la Organización de las Naciones Unidas (ONU) había recomendado los réditos sociales, como modelo para todo el mundo en desarrollo. A diferencia del gobierno de Lula, la constante del régimen militar dictatorial (1964 - 1985) apenas había consistido en “crear desarrollo dentro del subdesarrollo”, agudo, estructural.
En su primer gobierno, Lula saldó la mayoría de sus obligaciones financieras con el Fondo Monetario Internacional (FMI), tras adelantarle un pago de $15.500 millones (Guía del Mundo, 2008).
No fueron en vano los esfuerzos de ese socialismo democrático “Lulista” con tal de atacar la extrema pobreza y la marginalidad, ecos de la historia esclavista y de la indisoluble discriminación racial - contra los indígenas y los negros. Sin embargo, la creciente inseguridad dentro de las conocidas favelas, bajo la influencia de sofisticados grupos criminales, agrava todavía más las incertidumbres sociales, la desigualdad e impunidad, lo que la sociedad brasileña todavía resiente, cansada además de la frondosa e inoperante burocracia tanto federal como estatal, toda vez que impulsa a los brasileños a señalar negativamente el funcionamiento de los servicios públicos, principalmente, los de educación, salud, saneamiento y el transporte público, “los cuales dejan mucho que desear”. En suma, Brasil es de las mayores economías globales, eso sí la distribución de la renta está bastante lejos de ser equitativa. Lo pone en evidencia el 50% de personas pobres y miserables, excluidas de la economía formal, dentro del total de más de 195 millones de habitantes.
GOLPE A LA YUGULAR CONTRA EL PARTIDO DE LOS TRABAJADORES (PT): POR HABER IMITADO LA POLÍTICA TRADICIONAL.
Entre las figuras notables del PT, cabe hacer mención de la hoy exmandataria Dilma Rousseff. Siendo una joven revolucionaria de 20 años, fue apresada e incriminada por las fuerzas del régimen político militar (1964 - 1985). Por cierto, el lema nacional suyo de “Orden y Progreso”, representó la base ideológica de la doctrina “anticomunista” de la seguridad nacional, la cual arropó en el pasado a las dictaduras militares, en sus represivas acciones de contrainsurgencia y contrainteligencia, tal que con ello se despejara cualquier resistencia obstaculizadora frente a las políticas de acumulación de capital nacional – “el milagro brasileño -, a favor de las élites económicas, resultantes de la aceleración del libre mercado, sin límites.
Rousseff llegó al gobierno como la primera mujer que presidió el gigante suramericano, dando continuidad al esquema de desarrollo balanceado, pragmático, cooperativo entre las clases sociales, ajeno a los radicalismos o dogmas socialistas, simultáneamente el Producto Interno Bruto (PIB) crecía anualmente antes del 2014 entre el 4% y el 5% (CNN). El PT, en el gobierno, suavizó sus anteriores estatutos y la ortodoxia marxista. El cambio como tal, le facilitó el acercamiento con las formaciones de centro y derecha - entre ellos al Partido del Movimiento Democrático Brasileño (PMDB) - a las que llevó a una coalición gubernamental, en pos de “la gobernabilidad”.
El gobierno de Lula debió capear la resistencia que dicha decisión generó en las bases de la izquierda tradicional y los sectores aliados, como las clases medias urbanas. Tal base de apoyo advertía que “el PT se igualaría a las demás formaciones; se volvió conservador y se puso al servicio de las élites” domésticas y foráneas, quienes lograron enriquecerse todavía más (Ricci, ídem) con “el acuerdismo” de Lula. Como dijimos, tampoco significa que Lula y su formación se escaparan de varios escándalos de corrupción, lo cual ha llegado a colocar en grave riesgo a su denominación partidaria.
En línea con sus postulados de izquierda flexible, el PT se “reinventó” con tal de mantenerse en el poder, en medio de “la tradicional y corrupta política fisiológica brasileña” (Martín Schapiro, 2016), dominada por el clientelismo, el mafioso tráfico de influencias entre individuos y actores corporativos, los címenes fraguados, destempladamente, desde los poderes públicos y privados. El más sonado se refiere a la causa de Petrobras - la estatal petrolera -, la cual manchó a políticos y empresarios de distintas denominaciones políticas e ideológicas, cuyo proceso judicial siguió el curso normal por decisión de la Presidenta Rousseff, quien se negó a desactivarlo, pese a los chantajes y las amenazas de Cunha y su sociedad mafiosa. Por lo tanto, ya varias personas han ido a la cárcel.
Sin ser acusada de enriquecimiento ilícito, a Rousseff se le condenó “por maquillar las cuentas públicas”; de violar leyes presupuestarias para disimular un enorme déficit. Se le halló culpable de alterar los presupuestos, mediante tres decretos no autorizados por el Parlamento; y de contratar créditos a favor del Gobierno con la banca pública, que acarrearon pérdidas. Prácticas que igualmente habían sido llevadas a cabo por otros mandatarios de ese país, las cuales, en aquel entonces, estuvieron lejos de ser delitos declarados. La destituida mandataria negó los cargos durante todo el proceso, el que continúa calificando de “golpe de Estado”. Una tesis formalmente errónea, dado que la coalición opositora, para el juicio en el Parlamento, se apegó a los procedimientos legales.
En cambio, los líderes de los anteriores gobiernos, opuestos a Lula y Rousseff, en su afán de descarrillar sus respectivos gobiernos, apostaron contra el país, llegando a aprobar en el Congreso “un conjunto de medidas derrochadoras e irresponsables, destinadas a comprometer la estabilidad fiscal”. Todo lo anterior, en medio de un ambiente económico recesivo, ya que desde el 2013 el bajonazo mundial de las materias primas tuvo impacto negativo en los ingresos brasileños, y de seguido en la gobernabilidad. Enseguida, el Producto Interno Bruto se hundió en 3.8%, así también la tasa de desempleo se duplicó hasta alcanzar el 11%. Se presume que había llegado a ser la más larga contracción en un cuarto de siglo (Eduardo Mello and Matias Spektor, 2016).
El voltaje se elevó al salir a flote las protestas sociales, previas a la celebración del Campeonato Mundial de Fútbol del 2014, que en ese país tuvieron lugar. Particularmente, en Brasilia, las protestas fueron dirigidas contra las costosas inversiones realizadas por los Gobiernos del PT para organizar eventos deportivos internacionales, como la Copa Confederaciones de la FIFA, disputada en el 2013 por ocho selecciones nacionales, el Mundial de fútbol al siguiente año, así como los Juegos Olímpicos de Río Janeiro 2016, en demostración de aquel “orgullo nacional” antes subrayado. "El Gobierno gasta miles de millones en estadios y deja de lado la salud" y las prioridades sociales, alegaron la mayoría de los manifestantes. Al mismo tiempo, las reyertas populares fueron motivadas por las turbulencias económicas, y, en particular, la escalada de corrupción, patrocinada desde la clase política, donde Lula y algunos allegados políticos suyos, continúan involucrados.
Precisamente, Lula fue condenado en primera instancia a nueve años y seis meses de cárcel en julio de 2017, una vez que el juez Sergio Moro, hoy ministro de Justicia en el Gobierno del ultraderechista Jair Bolsonaro, dio por comprobado que recibió un apartamento de parte de la constructora OAS a cambio de favorecer a esa empresa ((Agencia EFE).
En enero de 2018, un tribunal de segunda instancia ratificó esa sentencia y la amplió hasta los 12 años y un mes. Sin embargo, el Tribunal Superior de Justicia (tercera instancia), la rebajó a ocho años y diez meses en abril pasado.
Petrobas y los otros hechos de corrupción no fueron lo único de las tramas. Entre otras, lo llegó a ser el nombramiento de Lula como ministro de la Presidencia en el Gobierno de Rousseff con la supuesta intención de blindarlo con fuero privilegiado, para esquivar a los tribunales de justicia (Shapiro,idem). En este instante de apuros y acusaciones, el PT está dedicado a volver a respaldarse “en los actores que, desde su fundación, constituyeron su estructura principal de apoyo”. Una misión nada fácil, pues la coalición “promiscua” del partido con denominaciones desacreditadas, como la denominación derechista de Temer y Cunha, generó serias fisuras. “Porque el que mal anda, mal acaba. Y eso corre para cualquiera” (Salvidio, idem). De todos modos, el expresidente Luiz Inácio da Silva, llamado Lula, “es una figura o un mito nacional”, un notable maestro, conocedor de “los tiempos de la confrontación y la negociación”. Creció en “la universidad de la vida”; los de este género se revisten de acero, ni los ataques a la yugular los asusta.
EL REGRESO DE LA POLÍTICA DE PACTOS MAFIOSOS
Quienes desalojaron a la mandataria de la presidencia, momentáneamente, pudieron sentirse victoriosos. Tal vez omitieron que Rousseff habló con la superioridad moral (Rudá Ricci, 2016), de la que carecen los senadores que hicieron de jueces en el tribunal político. La mandataria intentó diferenciarse del presidente Fernando Collor de Mello, que renunció al cargo en 1992 para librarse del “impeachment” en el Senado, pues le habían acumulado un voluminoso expediente, relacionado con hechos ilícitos en su gestión.
Lo relata la literatura política latinoamericana acerca del “establishment político y económico”. En Brasil hay un tren de ambiciosos y aprovechados, ligados al lavado de dinero y la cadena de sobornos, otrora vinculados con “el megafraude” en la estatal petrolera Petrobras. La élite idolotra el poder para el clientelismo y la impunidad, de este modo ha logrado multiplicar enormes riquezas. Cerca de ella hubo de rondar el imputado Vicepresidente de la República, Michel Temer, a quien le correspondió concluir el mandato hasta finales del 2018 de (“la derrocada” presidenta) Rousseff.
Temer y su socio, el oscuro congresista Cunha, ambos miembros del influyente Partido del Movimiento Democrático Brasileño (PMDB), lo citamos antes, el partido que, además de sus escándalos sobre corrupción que lo rodean, en su tiempo operó como aliado de la anterior dictadura militar. Se ha acostumbrado a tejer alianzas “inescrupulosas” con cualquier partido, que ostente el poder gubernamental, con tal de favorecer los intereses particulares de sus principales dirigentes; dicho sea, el negocio o modo de vida de ellos. O sea, lo llaman un partido fisiológico, sin ideología y especializado en dar la mayoría a los partidos gobernantes, a cambio de puestos clave con acceso a contratos públicos.
Contra la Presidenta Rousseff urdieron el juicio político, el que al inicio se limitaba a un intríngulis; luego lo inflamaron hasta tomar forma de artificio malicioso y cobarde, tan generalizado en los medios políticos - ni que decir en las organizaciones públicas y privadas -. Parafraseando las palabras del expresidente costarricense Luis Alberto Monge Álvarez (+), al retratar la especie de “canibalismo”, sembrado en los ambientes políticos; al mismo tiempo, una conducta destructiva que llega a ser el denominador común en el Brasil, ahí con mayores estragos, parte del surrealismo latinoamericano. Es tal que el Partido del Movimiento Democrático Brasileño (PMDB), que lidera Michel Temer, primero fungió como presidente interino; acaba de concluir su mandato “sin nunca haber ganado las elecciones”. Alcanzó el poder, su intensa y cumplida fijación mental, satisfecha en la resolución sesgada del Senado, al aprobar la sustitución (“impeachment”) de Dilma Rousseff del Partido de los Trabajadores de Lula. El mandatario saliente el 1 de enero del año en curso “nunca fue querido”. Y salió del Palacio de Planalto con una popularidad del 7% tras presenciar cómo un veterano diputado con una carrera política irrelevante lograba capitalizar la ira de los brasileños por la corrupción (NAIARA GALARRAGA GORTÁZAR).
Si cabe alguna suspicacia de lo subrayado, las evidencias del Brasil nos eximió de pruebas adicionales. Pues en la Administración Rousseff - Michel Temer (2011 – 2018) más del 50% de los legisladores del Congreso Legislativo poseían cuentas pendientes con la justicia, por causas relacionadas con corrupción. Por eso, tan dañinos en América Latina han sido los politicastros, los demagogos, como los militares y los guerrilleros. Ciertamente, son castas con sus propias especificidades, hubiera sido ideal sacarlos de escena y expulsarlos. Un reto frustrante, tanto en Brasil como en los otros Estados. Por el contrario, se supone que poseen actualidad y vigencia; el puñado de sus “adoradores”, los hacen todavía más poderosos, pues ellos mismos obtienen además múltiples beneficios, se enriquecen de modo criminal, por lo que de seguido se consolida una estructura de poder, casi que de hierro, la que con frecuencia se apoya en la represión.
Toda una materia prima para la psicología y la sociología política, para que nos ofrezcan conclusiones del por qué la búsqueda obsesiva del poder para el clientelismo y la impunidad se transforma, para no pocos, en el móvil de sus vidas. Así fueron las corrientes del peronismo, el priismo mexicano, el castrismo cubano, los pinochetistas, el fujimorismo, el kirchnerismo, el lumpen sandinismo de los Ortega Murillo, el chavismo y su séquito regional, - éste el máximo exponente - en quienes la ideología únicamente resulta útil como pretexto, apenas como una fachada.
En el fondo, tales castas criminales, “en sí y para sí”, como diría Karl Marx, están hechas para defender sus propios intereses. O sea, conservar y perpetuarse en el poder, a costa del Estado de derecho, de las libertades fundamentales y de la estabilidad democrática. Y si hacen gala de tales principios y postulados, como en el caso de Brasil y la destitución de la gobernante, es solamente para maquillar sus insanos propósitos. Por otra parte, es un hecho cierto que las élites conservadoras, se empeñaron en hacer realidad el objetivo de colocar en la presidencia de la nación al derechista Vicepresidente de la República, Michel Temer, sobre todo, para desgastar el liderazgo y reducir las probabilidades del expresidente Lula de retornar al gobierno en el 2018.
Tales élites anhelan el poder “a cualquier precio”. Por su lado, Dilma sostuvo que las acusaciones eran «pretextos» para imponer políticas que «atentarán contra los derechos sociales» que los brasileños conquistaron desde el 2000. Es la ofensiva de los políticos corruptos, resistentes al cambio; los nostálgicos de la autoridad, basada en lealtades, sobornos parlamentarios y coimas; los cínicos más enroscados en defender sus derechos y privilegios, que en pensar con generosidad en el futuro de la sociedad a la que representan (Ricci, idem). Un degradante comportamiento que reprodujeron los privilegiados dirigentes de base del PT. Al final, se desmarcaron de la mandataria destituida - valorada de modo negativo por la oposición y la prensa -, para ellos había que concentrarse en la preparación de las elecciones municipales de octubre del 2016.
No es de extrañar que Temer, bajo su “Proyecto Crecimiento”, según él, “para rescatar a la economía brasileña”, anunciara en aquel entonces la aplicación de estrictas e impopulares políticas de ajuste y de austeridad fiscal; así también un portafolio de privatizaciones de empresas estatales, los activos nacionales, totalmente abiertos a la inversión extranjera, teniendo presente “las enormes riquezas de gas y petróleo bajo el océano Atlántico, frente a Río de Janeiro”, descubiertas durante las administraciones de Lula. Decisiones que en la región no siempre fueron las más acertadas, son susceptibles de causar conmoción social en Brasil, “un país rico, donde la inmensa mayoría es pobre”.
El programa derechista de Temer era sumamente transitorio, se le auguró escaso éxito. En efecto, desde hace dos años la economía brasileña apenas ha crecido menos del 1.5%, se encuentra al borde de la recesión, al cabo que las políticas de ajuste fiscal, en una sociedad de insuperables contrastes sociales, frecuentemente, han sido rechazadas por las organizaciones de la sociedad civil. Ellas, en este tiempo más estructuradas, exigentes y vigilantes frente al proceder de los rectores del gobierno y de los partidos políticos. Condena los actos corruptos de los partidos que gobernaron antes del PT, los de este también. Igualmente, reacciona frente a los artilugios, en el caso específico del PMDB del anterior presidente, el cual siempre “esperó al desenlace de los comicios, para inmediatamente ofrecerle su apoyo al gobernante de turno”.
Lo practicó igualmente con Lula, al colocar a Temer como candidato a vicepresidente en la fórmula electoral de Rousseff. Una alianza rota a raíz del juicio político, en la que Temer y Cunha salieron, (irónicamente) gananciosos, en lo cual cargó responsabilidades el Partido de los Trabajadores (PT), quien se apartó de la ética (Shapiro; Salvidio, idem). Se enredó en pactos bajo serias sospechas de corrupción, hechos que censuró la opinión pública; en cuenta, los desaciertos e impericia, causantes de la ralentización y el estancamiento económico.
SE ABRE UN CAPÍTULO (ANORMAL) EN LA POLÍTICA BRASILEÑA.
Un persistente y peligroso nacionalismo reflota por todos los rincones de la civilización occidental; sus adeptos continúan dispuestos a morir o matar por sus respectivas naciones (Carlos Alberto Montaner). Es un juego peligroso, sobre el cual se puede perder el control, al extremo que las estructuras moderadoras de las sociedades llegan a colapsar, a causa del poder de los fanáticos, los intolerantes e “incendiarios todavía más dañinos (Chris Patten). La ultraderecha nacionalista se ha impuesto por sobre la división de los partidos tradicionales. Hasta ahora el caso de Brasil es el mejor ejemplo en América Latina, en donde la izquierda no radical y la derecha liberal clásica se alternaban el poder después de la dictadura militar (Montaner, ídem). En esta ocasión, Bolsonaro ha originado incertidumbre alrededor de sus capacidades de llevar a cabo la gobernabilidad en el Brasil; desde ya cuenta con férreos anticuerpos, su menosprecio a la tradición liberal y el Estado de derecho lo delatan y lo colocan en mal predicado.
Recientemente, miles de estudiantes, profesores y sindicalistas brasileños salieron a las calles al rechazar los recortes presupuestarios en la educación, instrumentados por el gobierno de Jair Bolsonaro; habrá una reducción de 30% en el presupuesto discrecional de las universidades federales. Los recortes alcanzan unos $1.800 millones del presupuesto educativo. Cuando el mandatario visitó Dallas, Estados Unidos de América, para recibir un premio replicó: “La mayoría (de los manifestantes) es militante, no tienen nada en la cabeza. Si les preguntas la fórmula del agua no la saben, son unos idiotas útiles e imbéciles que son usados como margen de maniobra de una minoría que compone el núcleo de muchas universidades en Brasil”. Aludiendo una de las políticas del presidente de rearmar a la población, a fin de enfrentar la escalada criminalidad, una de las líderes de la protesta, respondió a la provocación: “Idiota es quien decide que el porte de armas es más importante que invertir en la educación”. Se hacen cuestionamientos gruesos “al plan anticrimen y anticorrupción”, el cual flexibiliza el uso de las armas por parte de la ciudadanía.
Para la mayoría de profesores y estudiantes los recortes son una represalia (ultraconservadora) a la postura de algunas universidades federales contra el exmilitar Bolsonaro durante la campaña presidencial del año pasado, quien planteó extirpar cualquier vestigio de “marxismo cultural de las aulas” (Agencias AP y AFP), así como de exigir la lectura de la Biblia en el aparato educativo. Su visión en materia de educación y cultura es la consolidación de “un proyecto de ajuste estructural nacionalista y al extremo conservador”. Él ha insistido en la protección irreversible de los valores tradicionales, tales la cosmovisión nacional, la religión, la familia, la educación, la escuela. Sin más, intentará "un ajuste estructural", sustentado en la ética y la moral conservadora, justamente contradictoria con una sociedad ampliamente diversa, cual es la brasileña.
Vistas la magnitud de las recientes elecciones parlamentarias de la Unión Europea, bien se confirma el auge prevaleciente de reales movimientos políticos extremistas, son una figura socialmente divisoria y desintegradora; empujan por la causa del autoritarismo. Al erosionarse las instituciones del Estado por la falta de capacidad de responder a las demandas populares, sobrevienen los descontentos de la población, se debilita la cohesión social, de los riesgos mayúsculos de las democracias. La ultraderecha brasileña se nutrió de la inequidad en las oportunidades y la asimetría en la distribución de la riqueza y de los beneficios (Velia Govaere), factores determinantes en los incrementos de la criminalidad y el narcotráfico, males derivados, ciertamente, de la globalización.
Hemos mencionado que de esas anomalías sociales sacan ventaja las formaciones antidemocráticas y autoritarias, con las que llegan a identificarse los ciudadanos, penosamente. Esta vez le correspondió el turno a Brasil con la llegada al poder de un desteñido exmilitar nacional-populista; en lo cual la derecha y la izquierda moderadas poseen una elevada cuota de responsabilidad al hacerle la vida imposible a la ciudadanía con los continuos pulsos por el poder, y en especial los actos de corrupción, también uno de los gérmenes del empobrecimiento de la nación.
Habiendo en 1990 logrado ser elegido por primera vez para un cargo nacional, como diputado por Río ante el Congreso brasileño, en donde ha permanecido durante seis legislaturas; el capitán del Ejército Jair Bolsonaro fue capaz de captar como nadie “el profundo hartazgo de sus compatriotas con la vieja clase política”, a la que él, sin embargo, pertenece desde hace tres décadas. Sus posturas “antisistema”, frente al “statu quo” y el equilibrio del poder entre los partidos políticos convencionales, originaron novedad, “rompedora como él”. (NAIARA GALARRAGA GORTÁZAR).
En aquel “profundo hartazgo” la mayoría de los votantes exigíó “cárcel para todos los que dilapidaron el patrimonio del pueblo brasileño, avergonzaron la política y recrudecen la pobreza al delinquir con los dineros del pueblo. Tienen que pagar, sí, ante la justicia”. A las pruebas nos remitimos. Así, entonces, el 28 de octubre del 2018 el ultraderechista Jair Bolsonaro (el minoritario Partido Social Liberal, PSL) se convirtió en el nuevo presidente de Brasil. En la segunda vuelta de las elecciones, con una diferencia del 10% de los votos emitidos, derrotó de modo convincente al otro candidato Fernando Haddad (del tradicional Partido de los Trabajadores, PT), delfín del encarcelado expresidente Lula da Silva.
Algunos analistas (“morbosos”) creen que el triunfo del ultraderechista se debió, en parte, a la conmoción que causó su ataque por parte de un enfermo mental, eso le permitió escaparse de los debates políticos posteriores a la agresión (Associated Press). Lo cierto es que se eligió con bravuconadas verbales y promesas de mano dura y mensajes de intolerancia (NORMA MORANDINI).
El bolsonarismo todavía no está en su versión final, sino que sigue evolucionando y consolidando su ideología nacionalista, ultraderechista, el conservadurismo (Bruno Torturra), en cuenta su ideal que Brasil sea el quien ocupe la supremacía militar en la región. En cuanto a esto último, cabe mencionar que Bolsonaro es dado a “proclamar odas” a las fuerzas armadas; una de ellas consiste en alentar la memoria de los crímenes de la dictadura militar, dándole la vuelta: negándolos y elogiándolos (ELIANE BRUM). Su gobierno lo conforman cerca de 50 militares; el vicepresidente es un general y el presidente un capitán que, además, fue retirado del Ejército, aún joven, por indisciplina. La otra (oda) tiene relación con el haber alentado al Ejército a que conmemorara el golpe de Estado de 1964. Ni siquiera le interesa la reconciliación de los ciudadanos, a raíz de las heridas acumuladas, a causa del lapso del poder militar anticomunista, cuando perdieron la vida cientos de seres humanos.
El ascenso de Bolsonaro al máximo cargo de la nación significa un explícito retroceso democrático, unido a las amenazas a las libertades fundamentales, aparte que su formación partidaria de carácter excluyente, puede ser cualquier figura, menos “la tea del bienestar social generalizado” y de los derechos humanos. A los pocos días, el mandatario, perversamente, expresó que Brasil no se convertirá "en un paraíso para el turismo gay". Retrató de cuerpo entero su intolerancia y rigidez; tampoco extraña, puesto que pregona la pena de muerte y “la esterilización de la gente pobre”. Refiriéndose a los comunistas, de modo sarcástico, replicó que el régimen militar debió desaparecer más personas. En lo relacionado con los derechos de la mujer, el presidente exmilitar pone al descubierto la anticultura "machista", misógina, rechazando el empoderamiento social y ecónomico de las mujeres, así como vivir de manera íntegra, digna dentro de sus comunidades. Se opone a las denuncias, vinculadas con la violencia frente a las mujeres.
ECONOMÍA.
La ultraderecha y los nacionalistas apuestan por las medidas proteccionistas en conjunción con la distancia relativa en torno a los procesos de economía abierta, globalizada. Todo indica que Bolsonaro aspira a construir una especie de capitalismo con el respaldo militar y las grandes compañías (nacionales, extranjeras y transnacionales), parcialmente abierto al libre comercio. “Esto quiere decir, que el sistema liberal de comercio e inversión internacional, guardián de la apertura, no sería uno de sus atractivos”, se mostrará distante de plantear "una búsqueda de menores barreras y mayor apertura. Podría ser posible su inclinación por las prácticas proteccionistas nacionalistas, imponiendo aranceles amplios, favorecedores de ciertas industrias nacionales, con lo cual habrá de sacrificar a los consumidores, ya sean los ciudadanos asalariados y otras empresas de menores utilidades (Ian Vásquez, Cato Institute).
El presidente de Brasil Jair Bolsonaro y su ministro de Medio Ambiente han puesto en duda la realidad del cambio climático, por ello se han volcado a favor de incrementar la actividad minera y agraria, incluyendo en la Amazonia y zonas protegidas, esta “una zona vasta y rica en biodiversidad, y cuya preservación es esencial para combatir al cambio climático” (Agencia AP). Ambos creen que las leyes ambientales y los grupos activistas a menudo obstaculizan el potencial económico del país. Los agentes del mercado tienden a prestar mayúscula atención a la visión y los intereses del nuevo gobierno. Como sea, la lealtad del Partido de Lula por el mercado y la libre empresa hubo de poseer variantes que arrastraron incrementos en los costos en las transferencias sociales, esto en detrimento, según ellos, de la competitividad de sus compañías.
La recuperación y reactivación de la economía desvelan al empresariado; por lo tanto, los planes diseñados por el gobierno ultraderechista han sido recibidos “con las manos abiertas”. Brasil está altamente endeudado. De carecerse de reforma económica la deuda pública podría alcanzar el 102% sobre el Producto Interno Bruto. Hay riesgos inminentes de recesión, aparte de que el galopante desempleo (12.4% con Bolsonaro en la presidencia) hace crónica la deuda social, lo cual puede significar el detonante de reiterativos costos sociales y políticos. La economía sigue sin despegar, mientras la oposición está desaparecida, y el Congreso entrabado, lo cual le da pie a Bolsonaro a insinuar su clausura total. En efecto, él de ninguna manera tiene el camino allanado a fin de imponer su voluntad. Para gobernar necesitará de las grandes fuerzas políticas, de las alianzas, las fusiones o cooperaciones, todas ellas impredecibles, prueba de ello llegó a ser la dupla del izquierdista Lula – y el derechista Temer, una transacción verificadora de lo antes dicho.
El clima para los entendimientos y negociaciones, junto con la profundización de las libertades políticas y civiles es poco elogioso con el presidente exmilitar. Eso sí, en cuanto desarrollo económico, siendo la primer potencia regional, Brasil posee todas las capacidades y vastos factores de la producción para enriquecerse, sea para unos cuantos millonarios. El gobierno anunció que los subsidios gubernamentales serán suprimidos, únicamente las empresas poderosas de ese país pueden sobrevivir sin ellos.
Pase lo que pase, es inevitable que el sector empresarial todavía manifiesta inseguridad frente a las consecuencias de la crisis brasileña entre el 2013 y 2014, lo que trajo consigo la destrucción de sectores completos de la economía. Entre el 2014, inicio de la recesión, y el año pasado, fueron solicitadas en Brasil 6.806 recuperaciones judiciales de casos de empresas en apuros, las cuales buscan en los tribunales la protección contra los acreedores - el doble de los cinco años anteriores, según la firma Serasa Experian -. Actualmente, los 20 mayores casos en estrados judiciales, involucran deudas por 156,8 billones de reales ($38.000 millones). En la lista se identifican desde empresas abatidas por el caso Lava-Jato, como OAS y Sete Brasil, pasando por la telefónica Oi, y casos recientes, como la librería Saraiva y la línea aérea Avianca de Brasil (BRASIL. O GLOBO/GDA).
Brasil atraviesa “el periodo de las vacas flacas”. Tras eso el Presidente Bolsonaro, antes lo mencionamos, resiente la carencia de fortaleza en el Congreso de la República, lo cual se transforma en lastre, en lo corresponde a dar continuidad a la política económica. Por esto, al mejor estilo del activismo de los cuadros de los partidos populistas de Bolivia, Nicaragua y Venezuela, la formación ultraderechista ha copiado las modalidades de ellos de hacer política en las calles, reuniendo en las ciudades a sus organizaciones de base y adeptos fieles anticomunistas y “chovinistas”, quienes atacan los medios de prensa, con ello, presionan al Congreso Legislativo a desbloquear la aprobación de proyectos de leyes vitales de interés del gobierno.
Entre los proyectos se destacan el paquete anticrimen, el decreto para ampliar la autorización al porte y posesión de armas a efecto de atacar la delicuencia; “la reforma tributaria con tal de destrabar la economía”, en aras de fomentar el empleo (Agencia Reuters); incluye el apoyo al ministro de Justicia, Sérgio Moro —el juez que pasó de estar al frente de la causa contra Lula da Silva a ocupar uno de los cargos más relevantes del Gobierno de Bolsonaro— (BEATRIZ JUCÁ). En las tácticas de hecho por parte de sus seguidores ante el Congreso, se halla la reforma al régimen de pensiones; consiste, entre otros motivos, la eliminación de los privilegios y abusos de determinadas élites, en cuenta aquellos de los funcionarios públicos, puesto que pone en riesgo la supervivencia de la asignación de recursos, a favor de dichas prestaciones, pese a que deja al descubierto múltiples complicaciones de carácter legislativo y sindical.
El sistema de pensiones vigente es insostenible y muy desigual”. Las pensiones devoran el 58% del presupuesto (NAIARA GALARRAGA GORTÁZAR). La reforma, que aún tiene meses de tramitación por delante, pretende ahorrar en una década 1,16 billones de reales (263.000 millones de euros). Si bien el proyecto le ha valido a Bolsonaro “un amplio apoyo de los mercados”, en cuanto a popularidad la realidad es distinta: posee la más baja de un líder en su primer mandato desde 1992, apenas el 35% de aprobación (MAURO PIMENTEL AFP).
RELACIONES EXTERIORES
En su reciente visita a Washington, uno de los temas medulares de las conversaciones del Presidente Bolsonaro con el Presidente Donald Trump llegó a ser Venezuela. Se puso de relieve la notoria afinidad entre Trump y Bolsonaro, especialmente para denunciar los peligros del socialismo en América Latina.
Al considerar a Nicolás Maduro un “dictador” y “títere” del gobierno de Cuba (Agencia AFP), los gobernantes de la derecha coincidieron en que ese ligamen criminal dio forma a dos narcodictaduras. Razón por la cual coordinarán acciones, a fin de aumentar la presión y las sanciones económicas, y con ello forzar la salida tanto de Daniel Ortega en Nicaragua, como de Maduro. Estados Unidos de América y Brasil apoyan “los esfuerzos del presidente encargado Juan Guaidó de encabezar un gobierno de transición y organizar nuevas elecciones”. Valga la digresión, en marzo y abril pasados, meses de alta crispación y de violencia en las calles parecía inminente la alianza de Brasil, Colombia y Argentina, tentados a invadir Venezuela para derrocar a Maduro y sus secuaces (Carlos Alberto Montaner).
El alineamiento del gobierno ultraderechista con el Presidente estadounidense Donald Trump acaba de demostrarse con la decisión de cancelar los contratos de más de 8000 médicos cubanos, quienes prestaron servicios de salud a la población brasileña. Forma parte de las medidas de estrangulamiento de la economía de la Isla; la exportación de tales servicios le generó en los últimos cinco años ingresos anuales de $11.000 millones aproximadamente. Al mismo tiempo, la cesión, sin entrega de soberanía, de la base militar, aeroespacial de Alcántara, al igual que los ejercicios militares conjuntos con vistas a enfrentar el narcotráfico y el terrorismo, reflejan objetivos de seguridad continental, destinados a la conformación del eje estadounidense – brasileño en el hemisferio americano; un eje que se refuerza en términos políticos e ideológicos (Esteban Actis). Lo antes dicho, comporta a la vez un giro significativo de la política exterior de Itamaraty, la cual casi siempre se mostró contestataria a la gran potencia del norte. En cambio Trump le prometió a Brasilia buscarle el apoyo para en la OCDE, y hasta respaldar su membresía en la Alianza Atlántica (OTAN).
Dicho sea de paso con las naciones de esta región, el mandatario brasileño se esforzará, más que todo, en consolidar las relaciones bilaterales con cada una de ellas, sea también en el ámbito extrarregional, esto en detrimento de las comunicaciones e interacciones dentro de los mecanismos multilaterales y de integración regional (ROBERTO GARCÍA MORITÁN), en cuenta el MERCOSUR, a quien acusa de “socialista”. Valga mencionar que ese desdén frente al multilateralismo y los sistemas de integración, llegan a fomentarlo también las organizaciones ultranacionalistas de derecha en la Unión Europea.
Brasil ha emulado al Presidente Donald Trump en cuestionar el rol de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), y en consecuencia la diplomacia multilateral; al extremo que el Presidente Bolsonaro dio a conocer en su campaña electoral sus intentos de abandonarla, así como el Acuerdo de París sobre el cambio climático. De acuerdo con su mentalidad, la organización ha sido proclive a atacar al Estado de Israel, razón por la cual cerrará la embajada brasileña en Palestina. Una decisión celebrada abiertamente por los fundamentalistas cristianos, leales al pensamiento conservador religioso del presidente de su nación.
El mandatario ultraderechista está de acuerdo con Trump en frenar el ascenso de China, quien, según él (Trump) roba propiedad intelectual, se ha beneficiado desmesuradamente del sistema internacional de comercio e inversión, pero incumple sus obligaciones y se aprovecha de sus reglas, así como de sus propios instrumentos de capitalismo de Estado; saca ventajas indebidas de la transferencia forzosa de tecnología, y subsidia a empresas locales. Es posible que el mandatario suramericano “imponga su criterio en cuanto a evitar su participación en la Iniciativa china de la Franja y la Ruta”, considerada como un recurso de ella para desplazar el poder de los Estados Unidos de América en la geopolítica y economía global (Nouriel Roubini). De igual forma, descarta enrolarse con la región del Asia y el Pacífico, la que varios observadores subrayan el desplazamiento geopolítico y económico a su favor, tal que la globalización de ella habrá de depender (Roubini, ídem). “China no está comprando en Brasil, China está comprando Brasil”, fueron las gruesas palabras pronunciadas en uno de sus discursos de campaña, e indirectamente hubo un ataque severo al gigante asiático, al manifestar (de manera “poco habitual” en los protocolos diplomáticos) su disposición de “reducir el comercio con países considerados como dictaduras sangrientas”. En esta línea, el gobernante de Brasilia visitó Taiwán, provocando el enorme disgusto de Beijing.
En la última década China se ha convertido en el principal socio comercial brasileño, con un volumen de intercambio de 98.900 millones de dólares el año pasado. A lo largo de los últimos quince años, China ha invertido cerca de 70.000 millones de dólares en Brasil (MACARENA VIDAL LIY). La mayor parte se ha dirigido a los sectores de la energía y las infraestructuras. Pero, ante la incertidumbre desatada por los comentarios del entonces candidato presidencial Bolsonaro acerca de que “China está comprando Brasil”, la inversión directa china había caído de los 11.300 millones de dólares de 2017 a 2.800 millones en 2018 (Vidal Liy, ídem). .
En desacuerdo con las tesis antichinas de su superior jerárquico, en mayo del 2019 el vicepresidente de Brasil, el general Hamilton Mourao realizó visitó al presidente chino, Xi Jinping, con el propósito de “reencauzar las relaciones entre los dos países hacia la normalidad. Una normalidad que ambos países necesitan, pese a los comentarios incendiarios contra China en la pasada campaña electoral. China se ve obligada “en su incipiente guerra fría con Estados Unidos”, se ha granjeado “más frentes abiertos”; necesita rodearse de buenos aliados, por lo que disminuir los intensos vínculos con el gobierno brasileño le sería un alto factor de riesgo, principalmente, si Brasil cediera a la ofensiva de Estados Unidos de América de dar pasos, en cuanto a limitar el papel del gigante tecnológico chino Huawei en las redes 5G en dicho país latinoamericano ((Vidal Liy, ídem).
Últimamente, las tensiones entre Brasil y China se redujeron. El Gobierno de Brasilia ha anunciado que retirará su demanda ante la Organización Mundial del Comercio (OMC) contra las políticas comerciales chinas sobre el azúcar. Asimismo, ha expresado su apoyo al candidato chino a encabezar la Organización de Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), Qu Dongyu (Ídem). No obstante, el gobierno de Brasilia tenderá a apartarse de la sociedad con los BRICS (la asociación cooperativa entre Brasil, China, India y Rusia), a cambio de consolidar la alianza con Estados Unidos de América, Israel, Colombia y el propio Chile - con este último apuntan mayormente los intereses económicos y comerciales suyos -. (ROBERTO GARCÍA MORITÁN). Es más, Bolsonaro expresó que podrá contar con Estados Unidos de América como amigo y aliado incondicional, en cuenta Israel con quien tiene en mente instalar su embajada en Jerusalén. Por lo pronto, instaló allí una oficina de intereses. Desde luego, que la reacción del bloque de las naciones árabes será de rechazo, casi absoluto, en lo relacionado con la cuestión de la embajada.
En un contexto de retroceso del «orden» liberal occidental, recesión económica y polarización política (Alejandro Frenkel), es de suponer que la fuerza acumulada por la ultraderecha y los ultranacionalistas en las pasadas elecciones parlamentarias europeas le dará fuerza mayúscula a los antisistema, en particular a los peligrosos radicales brasileños. En este orden, la probable reelección del Presidente Donald Trump habrá de afianzar la derecha conservadora radical en el hemisferio. En la otra acera de la ultraizquierda tuvo su propio contexto favorable: décadas atrás lo representó el Socialismo del Siglo XXl, fundado por Hugo Chavez, a raíz del empuje del Foro de Sao Paolo, lo cual empoderó las corrientes izquierdistas en varios países latinoamericanos.
CONCLUSIONES.
A pesar de la unión con los militares de su país, no estamos convencidos de que la fisonomía ultraderechista de Bolsonaro lo lleve “a arrollar, de inmediato, contra las instituciones democráticas”, ni a atentar contra la vida de los opositores y los desertores del nuevo régimen ultraderechista. Tampoco que se decida a aplastar toda forma de disidencia, a diferencia de las experiencias del periodo oscuro de la dictadura militar. Difícilmente, en estos inicios, llegará a tales niveles de persecución política y autoritarismo.
Dicho lo anterior, seguro que la democracia iliberal será su perspectiva. En consecuencia, una ruta también altamente peligrosa en el futuro cercano, conducente a la ruptura de la unidad nacional, lo que al mismo tiempo relegaría al Brasil a una posición marginal, en cuanto a conducción regional, puesto que la derecha latinoamericana, como sea, tiene descartado el retroceso democrático, el autoritarismo; por eso sus constantes censuras frente a los gobiernos de Nicaragua y Venezuela, incluido los propios acuerdos diplomáticos frente al discurso afín "al crimen de odio" (Humberto Hurtado Oviedo), expuesto demagógicamente por el presidente exmilitar.
Ha quedado en evidencia tanto en la campaña electoral como en los comienzos de la administración gubernamental que la cosmovisión política liberal y los valores que entraña, los menosprecia el actual presidente exmilitar, cuya vocación es la anormalidad política y la división, al hacer ácidas las severas críticas a la caída de la confianza y el creciente repudio contra las élites gobernantes; en verdad, concentradas en sus propios intereses y en las delictivas conexiones políticas y económicas. Según su punto de vista, las élites son cómplices y exportadoras transnacionales de la corrupción, de actividades y emprendimientos criminales, entre ellos, el caso de Odebrecht, el cual ha salpicado a no pocos gobiernos y dirigentes empresariales de las naciones latinoamericanas.
La comunidad democrática debe redoblar esfuerzos por contener la oleada populista, ya sean de derecha o izquierda, consolidan la ruta de la democracia en el hemisferio, alrededor del desarrollo humano, la cohesión y el respeto a la abundante diversidad. Las fuerzas democráticas deben hacer análisis de riesgo cuyo objetivo es anticiparse las amenazas contra los postulados de la democracia liberal de acción cívica, en simultaneidad con el reforzamiento del rol de las fuerzas políticas sensatas, forjando negociaciones y acuerdos pluralistas dando paso a la gobernabilidad nacional, a las normas fundamentales de la democracia, a la tolerancia y al compromiso con la dispersión y la dignidad pluralista; y de paso a la cooperación y convivencia regional en los más diversos ámbitos.
Acaba de pronunciar el Papa Francisco que “cuando una sociedad se preocupa por la suerte de los más desfavorecidos, puede considerarse de verdad civilizada”, por lo tanto estamos escasamente convencidos que estas sean parte de las ficciosas expectativas de Bolsonaro. Más bien pareciera que él es de los que habla mucho, pero poco hace, menos aún, hará sincronía con los pobres y las minorías étnicas.
Por esto mismo, hay que tomar en serio al presidente de Brasil desde ya, para que las fuerzas democráticas no tengan mañana que llorar (JUAN ARIAS). Desconocemos si Bolsonaro, apellidado “mito”, y convencido de que “Dios le ha pedido que deconstruya Brasil para reconstruirlo” a la medida de su cosmovisión ultranacionalista, populista y acoplada con el fundamentalismo religioso, ha pensado en que Brasil posee un expediente voluminoso relacionado con la sustitución de gobernantes, haciendo efectivos los principios constitucionales del debido proceso. Qué sea así, si es imprescindible en caso de llegar a una irreconciliable crispación. Lo peor sería recurrir a alternativas todavía más dolorosas y traumáticas.
Nadie absolutamente desea una ruptura en Brasil en los años venideros, menos aún, habiendo sido una nación con vocación democrática de poder y con liderazgo regional (Esteban Actis). En décadas pasadas, los latinoamericanos escribieron con sangre múltiples capítulos, relacionados con el imperio de la violencia, los rompimientos institucionales, la inestabilidad e inseguridad. Frente a esas crudas realidades, la solución reside en evitar el proporcionar a los radicales (sean de izquierda o de derecha) la menor influencia en América Latina, sean los clon de Bolsonaros, los Maduros, los Castro en Cuba, los Evos Morales, así como los criminales de la familia Ortega - Murillo, disfrazados de socialistas y cristianos.
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