sábado, 29 de agosto de 2026

Donald Trump, Irán, el Estrecho de Ormuz y Benjamín Netanyahu: las discordancia de la hegemonía estadounidense.

Donald Trump, Irán, el Estrecho de Ormuz y Benjamín Netanyahu: las discordancia de la hegemonía estadounidense. El conflicto de Oriente Medio se ha convertido progresivamente en una prueba de fuerza para la política exterior del Presidente Donald Trump y, al mismo tiempo, en un escenario donde comienzan a hacerse visibles las angustias del poder estadounidense. Lo que inicialmente pudo presentarse como una confrontación, destinada a doblegar al régimen iraní y neutralizar su capacidad nuclear (a la vista de la bomba atómica), desde hace casi seis meses ha terminado extendiéndose sobre un amplio espacio geopolítico, que comprende el estrecho de Ormuz, Líbano, Gaza, las monarquías del Golfo Pérsico, Irak, Siria, Yemen y las propias relaciones de Washington con sus aliados. La guerra, lejos de haber producido una victoria concluyente, ha desembocado en un estado de confrontación intermitente, negociaciones estancadas y crecientes exigencias recíprocas. Tanto así que la Guardia Revolucionaria iraní mantiene parcialmente cerrado "el estratégico estrecho de Ormuz"; por su parte, Estados Unidos de América (EEUU) persiste allí en su contra-bloqueo naval, todo ello corre en contra del desempeño del mercado de los energéticos. Han quedado en entredichos los objetivos e intereses de Trump en materia de política exterior. Según él, en unos cuantos días pondría coto a las acciones bélicas protagonizadas desde febrero del 2022 por Ucrania y Rusia. Los cálculos suyos se desplomaron. Las negociaciones de paz acerca de Ucrania se encuentran encalladas.... "no se perciben señales de una reactivación". Mientras tanto, los informes de inteligencia estadounidenses apuntan a que el presidente ruso, Vladímir Putin, aliado de los Ayatolas iraníes, se dispone a poner a prueba la Alianza del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y a la Administración de Trump, "mediante una serie de provocaciones en países de la Alianza, lo cual podría incluir operaciones híbridas, sin llegar a un ataque abiertamente militar" (Macarena Vidal Liy). El propio DonaldTrump, después de haber anunciado el alto el fuego, mediante el memorando de entendimiento, firmado en junio pasado entre EEUU y la República Islámica de Irán, llegó a recuperar el tono belicista, amenazó nuevamente (y actuó de inmediato) frente a Teherán, destruyendo infraestructuras estratégicas, si no retornaba a la mesa de negociaciones. O en su lugar habría de ejecutar "la operación económica más devastadora jamás emprendida" (EUROPA PRESS), operación que fijo ha llegado a colapsar el sistema económico del régimen teocrático iraní, aislándolo todavía más. Al tiempo que amenaza con "tremendas consecuencias económicas a todo Estado nacional - en cuenta Omán que negocia un convenio con Teherán - , facilitador de algún tipo de ayuda a la República Islámica, lo que para ese régimen significa "un crimen de agresión". No hay duda de que los ataques, combinados con décadas de sanciones internacionales, han golpeado a Irán, afirmó Aarathi Krishnan, analista de riesgo geopolítico en RAKSHA Intelligence Future (. Medidas que China rechaza, por cuanto considera que las sanciones y presiones son inútiles, por ello apuesta por las vías política y diplomática (EUROPA PRESS). Irán está muy debilitado, pero ya antes ha mostrado resiliencia.No hay duda de que los ataques, combinados con décadas de sanciones internacionales, han golpeado a Irán, afirmó Aarathi Krishnan, analista de riesgo geopolítico en RAKSHA Intelligence Future (AAMER MADHANI). En todo caso, Teherán también ha mostrado resistencia, vendiendo petróleo a precios más bajos y estableciendo redes opacas de transporte marítimo y financieras (MADHANI, idem). La contradicción resulta evidente: mientras Washington ha proclamado su voluntad de poner término al conflicto, mediante una posición de fuerza, la dinámica de la guerra continúa generando nuevas condiciones que dificultan precisamente el cese de las hostilidades. No obstante que el líder Supremo iraní, Mojtaba Jamenei, anunciara en estos días su aprobación al acuerdo de pacificación, Trump viene reiterando el interés de apoderarse del estrecho de Ormuz, lo cual ahonda entre ambas naciones la enemistad de larga data. Ormuz constituye la expresión más elocuente de las complicaciones. Irán ha condicionado su reapertura al cumplimiento de una serie de exigencias que incluyen, entre otras, el levantamiento de sanciones, la liberación de activos congelados, el cese de las hostilidades, indemnizaciones producto de las conflagraciones, y garantías sobre el conjunto del escenario regional, incluida la desactivación de las acciones bélicas en el Líbano y Gaza, sujetos de los combates en la región. De esta manera, Teherán ha convertido el estrecho en un instrumento de presión política y económica, no solamente militar. Para Washington, aceptar semejante situación implicaría permitir que Irán establezca un precedente internacional, alrededor del control de una de las relevantes rutas energéticas del planeta. De ahí las advertencias del Secretario de Estado, Marco Rubio, acerca de las consecuencias que lo apuntado tendría en otros escenarios geopolíticos y geoeconómicos, especialmente en Asia. Las complejidades del Medio Oriente poseen una dimensión interna en Estados Unidos de América: la interrupción del tráfico por el estrecho ha elevado los precios de la energía y los fertilizantes, ha agravado las presiones inflacionarias. El conjunto de la economía global tiende a decaer en cuanto a crecimiento. La impopular campaña bélica amenaza con perjudicar las posibilidades electorales del propio Trump en las elecciones de medio mandato, a celebrarse ahora en noviembre. La Administración Republicana se ve obligada a que Ormuz vuelva a abrirse, pero pretende conseguirlo sin concesiones algunas a Teherán, tampoco aceptaría sus condiciones. En este trasfondo adquiere especial la nueva estrategia económica diseñada por Washington. Ante el fracaso de las negociaciones políticas y diplomáticas, Trump ha recurrido nuevamente y en extremo a la presión financiera y ha solicitado al secretario del Tesoro, Scott Bessent, una batería de sanciones, orientada a asfixiar la economía iraní y obligar al régimen a regresar a las negociaciones (Reuters, BBC News, El PAÍS DE ESPAÑA). Un régimen demencial y terrorista, acostumbrado a asesinar a su propio pueblo y atacar las naciones vecinas, "hace improbable un acuerdo en torno al paso desregulado por el estrecho de Ormuz", incluido el desestimiento del programa de enriquecimiento de uranio, base de la fabricación de armas nucleares. La lógica es conocida: privar a Teherán de recursos, de tal modo que le sea dificultoso sostener su esfuerzo y competencias militares al utilizar el deterioro económico como instrumento de presión política. Sin embargo, cuanto mayor es la presión estadounidense, más difícil parece que Irán acepte negociar desde una posición de debilidad, o de potencial capitulación. La República Islámica, por su parte, insiste en negarse a reabrir el estrecho de Ormuz, constituye su único mecanismo de defensa, mientras Washington renuncie a los ataques contra su territorio y desista de las sanciones económicas. Por eso se configura un círculo de presión y represalias en el que ninguno de los dos adversarios está dispuesto a efectuar la primera concesión sustantiva. Lo otro sería la prolongación de la guerra contra Irán, lo cual ha comenzado a revelar una relativa vulnerabilidad inesperada del poder militar estadounidense, a causa del rápido consumo de sus reservas de misiles de precisión y, particularmente, de interceptores Patriot y THAAD. El hecho no consiste en una carencia absoluta de armamento, sino en que el elevado ritmo de consumo en una guerra de calificada intensidad, la cual supera la capacidad de reposición de la industria, obligando a Washington a reconsiderar cuánto tiempo puede sostener una campaña militar de esta naturaleza sin comprometer su capacidad de respuesta frente a Rusia o, sobre todo, frente a China.” Lo antes citado adquiere una dimensión mucho mayor porque Estados Unidos tiene que pensar simultáneamente en Irán + Rusia + China + Corea del Norte + Ucrania + defensa de Europa + defensa del Indo-Pacífico (Fuente:ChatGPT). Líneas arriba subrayamos que las complicaciones del Oriente Medio también están lastimando la política interna estadounidense. La participación en las guerras han resultado costosas tanto económica como políticamente. El Pentágono reclama nuevas partidas financieras, mientras se resienten las bajas estadounidenses y se deterioran las capacidades disponibles en función del entrenamiento y mantenimiento del sistema militar. Las hostilidades en el Medio Oriente han generado un movimiento de oposición dentro del propio Congreso y entre sectores de la sociedad estadounidense. La Administración Republicana enfrenta así una paradoja: necesita demostrar que la guerra puede conducir a una victoria, pero en cuanto se prolonga, mayores son sus costos y difícil resulta justificar nuevos sacrificios ante un electorado preocupado por la inflación, el precio de la energía, el costo de vida y posibles venganzas terroristas. La interrogante es cómo Trump abordará el sexto mes de una colisión que ya le ha costado a Estados Unidos más de 37.500 millones de dólares y ha dañado su popularidad de cara a las cruciales elecciones de noviembre para su partido (AAMER MADHANI) Las próximas elecciones de medio mandato adquieren por ello un significado particular. Un eventual cambio de mayoría en la Cámara de Representantes, o incluso en el Senado reforzaría la fiscalización del Poder Ejecutivo y podría limitar la capacidad de Trump para continuar financiando una guerra extendida. La experiencia histórica demuestra que las elecciones legislativas estadounidenses funcionan periódicamente como mecanismos de equilibrio frente al poder presidencial. Si los demócratas recuperaran la Cámara, dispondrían de una plataforma institucional poderosa para investigar y fiscalizar las decisiones de la Administración. Los Republicanos presienten que la guerra de Irán puede terminar convirtiéndose en un asunto doméstico tanto como internacional. De ahí que el Pentágono decidiera echar marcha atrás en dotar a las fuerzas de Ucrania de proyectiles interceptores PAC-3, a fin de contrarrestar los ataques de Rusia con misiles balísticos, pese al agravante del incremento de la cooperación militar entre Corea del Norte y Rusia, lo cual pone en riesgo la seguridad y estabilidad de Corea del Sur y del mismo Occidente. UN LÍDER DÍSCOLO. La cuestión nuclear permanece en el centro de las disputas en el Medio Oriente. El memorando de entendimiento entre Washington y Teherán habría contemplado el alto el fuego en todos los frentes, así también el desbloqueo del estrecho de Ormuz, y otros compromisos adicionales. La clave esencial del programa nuclear había quedado relegada a una segunda ronda de negociaciones. La postergación es precisamente una de las razones por las que el memorando ha sido recibido con recelo por sus críticos. Israel teme que cualquier entendimiento que no desmantele definitivamente las capacidades nucleares iraníes permita a Teherán reconstruirlas posteriormente. Trump, en cambio, parece dispuesto a considerar suficiente una combinación de debilitamiento militar - de hecho cumplido - , presión económica y elcompromiso iraní de no avanzar hacia la fabricación de un arma nuclear. Dicho esto, salen a relucir evidentes diferencias entre Washington y Jerusalén. Las presiones deben de conducir eventualmente a una negociación. En cuanto a Benjamin Netanyahu, el Primer Ministro hebreo, los acuerdos con los Ayatolas solamente pueden producirse cuando Israel tenga la certeza de que la amenaza estratégica de carácter nuclear haya sido eliminada por completo. Las diferencias en el enfoque (lo parcialmente blando y duro) ponen de relieve el relativo deterioro de la relación personal y política entre Trump y Benjamín Netanyahu. Ambos continúan siendo aliados estratégicos y comparten una visión esencialmente coincidente respecto de la amenaza iraní; la necesidad de preservar la superioridad militar de las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) en el Medio Oriente; la puesta en práctica del Acuerdo de Abraham de relaciones diplomáticas con las naciones árabes, así como arrasar contra Hamás y Hezbolá en el Líbano y las demás milicias terroristas. Aun cuando comienzan a discrepar sobre lo que debe entenderse por victoria, Trump se inclina en concebirla como una secuencia de guerra, presión, negociación, acuerdo y reconstrucción. Netanyahu y los sectores más duros de su coalición la conciben como la destrucción de las capacidades militares del adversario, el establecimiento de condiciones permanentes de seguridad y la conservación de una capacidad de disuasión que impida el resurgimiento de sus enemigos, sean Irán, Hamás, Hezbolá, etcétera. En términos simples, Trump quiere saber cómo terminar las guerras; Netanyahu quiere asegurarse en que ninguna termine antes de que Israel considere irreversible su victoria. Por eso se empeña en continuar atacando a la organización palestina Hamás en la Franja de Gaza, a los terroristas en el sur del Líbano y consentir la expansión de colonias judías en Cisjordania. Hasta su Ministro de Seguridad Nacional, Itamar Ben-Gvir, fue extremadamente radical al volcarse por la eliminación gradual de los palestinos, abatiendo entre 30 y 40 cada noche en el enclave de Gaza, a quienes niega su condición humana. Añadió que Israel debe apoderarse del palestino enclave gazatí. La retórica como tal recibió la condena internacional de rigor. La desavenencia se ha hecho sentir también en Gaza, cuyo territorio en un 60% es controlado por Israel. El plan estadounidense de quince puntos pretende avanzar hacia el desarme de Hamás - proxy de Irán - , una retirada progresiva israelí de ese enclave, la reconstrucción del territorio y la instauración de una estructura palestina de administración respaldada internacionalmente, de acuerdo con lo planteado por la Junta de Paz organizada por Trump. Netanyahu, además de oponerse a esa estructura palestina y lo adjunto, de seguido ha rechazado esa secuencia y sostiene que Israel no retirará sus tropas de Gaza mientras Hamás no haya sido completamente desarmado o "desmilitarizado". Incluso ha rechazado expresamente cualquier perspectiva de creación de un Estado palestino mientras permanezca como Primer Ministro. La complicación no es únicamente estratégica: es además política. Netanyahu debe responder a Washington, su principal aliado militar, político y diplomático, pero simultáneamente depende de una coalición de derecha cuyos sectores más radicales rechazan cualquier concesión territorial y consideran que una retirada israelí de Gaza equivaldría a frustrar los objetivos de la guerra. Peor aún, al menos 1.262 palestinos han muerto por las operaciones israelíes desde que entró en vigor el alto al fuego, el 10 de octubre de 2025 (Deutsche Welle/16 de agosto de 2026). La contradicción se proyecta abiertamente sobre Cisjordania y los asentamientos impulsados por los colonos, un territorio palestino que Israel ocupa desde la Guerra de los Seis Días, librada en 1967. Mientras los sectores nacionalistas, ultraderechistas y extremistas judíos que sostienen a Netanyahu, contemplan el control territorial como una aspiración histórica y política, Trump parece observar la región desde una perspectiva más transaccional con los palestinos. El interés de él reside en utilizar el peso militar, diplomático y económico de EEUU, a fin de configurar el nuevo equilibrio regional, que pueda producir normalización entre Israel y los países árabes, al igual que estabilidad y ventajas estratégicas a Washington. En esto último, la eficacia del Acuerdo de Abraham es otro punto clave: sería una herramienta coadyuvante hacia "un rediseño civilizatorio". En cambio, una política israelí basada en la expansión y consolidación territorial puede dar al traste con esa visión. La alianza permanece intacta en términos estratégicos, pero se vuelve cada vez más evidente que los intereses de Washington y Jerusalén distan de ser idénticos. Gaza, por consiguiente, no constituye una disputa aislada. Es la manifestación de una cuestión mucho más profunda: ¿quién determina el desenlace de las guerras de Oriente Medio? Durante décadas predominó la percepción en que Washington proporcionaba el marco estratégico dentro del cual actuaban sus aliados regionales. Hoy esa relación parece menos jerárquica. Netanyahu y su alianza ultraderechista necesitan desesperadamente el apoyo estadounidense - Trump se los ha sacado en cara - , lo cual no comporta que Israel estuviera dispuesto a ejecutar automáticamente cualquier fórmula diseñada en Washington, consistente en el plan de 15 puntos, cuyos ejes sustantivos consisten en el desarme total de la agrupación terrorista (Hamás) y la salida gradual del ejército hebreo de la Franja de Gaza. Pese a su extraordinario respaldo a Israel, Trump se muestra igualmente decidido a demostrar que seguirá siendo quien determine cuándo una guerra comienza, cuándo debe negociarse y cuándo debe concluir. La resistencia de Netanyahu demuestra que esa capacidad de dirección ya no puede darse por descontada. La dimensión iraní profundiza todavía más la contradicción. Netanyahu contempla a Irán desde la perspectiva de la supervivencia estratégica del Estado de Israel. Una renovada capacidad nuclear iraní, ahora en sumo grado destruida, puede, desde su óptica, volver a constituir un alto riesgo, si Teherán dispone del tiempo y de los recursos necesarios para reconstruirla. Trump, en su lugar, puede interpretar una operación militar exitosa como el mecanismo facilitador del retorno a la mesa de negociación desde una posición superioridad. Según el presidente estadounidense, una amenaza suficientemente diezmada, en este tiempo la de Irán, puede transformarse en una oportunidad diplomática. Por el contrario, en Netanyahu, significa que conservar siquiera una parte de sus capacidades esenciales, continuará siendo un serio peligro. Tal diferencia puede explicar por qué el Primer Ministro israelí ha mostrado tanta resistencia a aceptar acuerdos que Washington considera suficientes. UNA OTAN CON MENOS DONALD TRUMP La transformación de la Alianza del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) constituye otra pieza de este mismo andamiaje desordenado del sistema global. La pasada cumbre de Ankara reafirmó el compromiso de los aliados con un incremento sustancial del gasto militar, hasta alcanzar el 5 % del PIB en defensa y seguridad hacia 2035, al tiempo que Europa y Canadá deberán asumir una responsabilidad mayor. Ello podría interpretarse como un fortalecimiento de la Alianza. Sin embargo, desde una perspectiva geopolítica amplia, revela también una transformación del liderazgo estadounidense. Trump no ha destruido la OTAN, pero la ha sacudido desde dentro. Su presión sobre los aliados europeos, con tal de asumir una proporción mayor del costo militar expresa una concepción transaccional: Washington continúa siendo indispensable, pero ya no está dispuesto a soportar por sí solo el peso financiero y estratégico de la seguridad occidental. La llamada «OTAN 3.0» puede interpretarse así como una alianza más militarizada y, paradójicamente, más europea en materia de responsabilidades defensivas. Europa tendrá que invertir más, adquirir mayores capacidades y reducir parcialmente su dependencia de Washington. La paradoja consiste en que Trump pretende reforzar la posición estadounidense dentro de Occidente, mediante una reducción relativa de las cargas que Washington ha asumido tradicionalmente. Es una forma distinta de liderazgo: menos basada en la tutela y más fundamentada en la presión, la negociación y el reparto de costos (Fuente:ChatGPT). Una receta que a la vez la pondrá en práctica en Corea del Sur al advertirle que habrá de ser menos dependiente de la cooperación militar estadounidense, por cuanto asegurará los acercamientos con la totalitaria Corea del Norte, una opción excéntrica que pone en riesto a su aliada tradicional. EL ESCUDO GLOBAL DE TRUMP. La lógica de la agenda negativa, basada en seguridad, tiende a robustecerse hacia América Latina. La estrategia anunciada por el secretario de Defensa Pete Hegseth contra los carteles de la droga, inspirada explícitamente en las tácticas empleadas durante décadas contra organizaciones como ISIS y Al Qaeda, muestra una ampliación de la concepción estadounidense de seguridad hemisférica. El narcotráfico comienza a ser revelado no solamente como un problema criminal, sino como una amenaza susceptible de recibir una respuesta militar. La cooperación con Colombia, Ecuador y Panamá, así como la creciente relevancia concedida al Canal de Panamá, ponen al descubierto una preocupación de Washington por recuperar posiciones estratégicas en su propio hemisferio frente a la presencia e influencia de China, Rusia y en alguna medida de Irán, especialmente en Nicaragua y Cuba. Panamá ocupa en esta estrategia un lugar particularmente fundamental, la libró de la entronización de China . La ampliación de la cooperación militar y la presencia estadounidense en torno al Canal demuestran que Washington pretende reforzar aquellos espacios que considera esenciales para su seguridad económica y geopolítica. De esta manera, Oriente Medio y América Latina comienzan a quedar vinculados dentro de una misma concepción estratégica: control de rutas marítimas, protección de infraestructuras estratégicas, contención de adversarios externos y utilización de la fuerza como instrumento de presión (Fuente:ChatGPT). Arabia Saudita representa, por su parte, otra manifestación de la creciente complejidad regional. La aproximación de Riad a Washington y su participación en acciones contra grupos vinculados a Irán muestran que el conflicto ha comenzado a modificar los equilibrios tradicionales entre las naciones del Golfo Pérsico. Sin embargo, "la incorporación de nuevos agentes a la confrontación no necesariamente significa una restauración de la hegemonía estadounidense". Más bien revela un Oriente Medio fragmentado, donde cada potencia regional procura utilizar la crisis para defender sus propios intereses y donde Washington necesita cada vez más de la cooperación de aliados cuya autonomía estratégica ha aumentado, eso sí teniendo presente a Teherán como el enemigo común. Es precisamente aquí donde surge la cuestión central de todo este proceso. Estados Unidos conserva una capacidad militar, económica, tecnológica y financiera extraordinaria; sería exagerado hablar de un derrumbe de su poder. Lo que parece estar produciéndose es algo sutil: una relativa erosión de su capacidad para transformar ese poder en obediencia política. Washington "puede imponer sanciones, desplazar portaaviones, bombardear objetivos, presionar a sus aliados y controlar buena parte de los mecanismos financieros internacionales"; pero cada vez encuentra mayores dificultades para conseguir que sus adversarios y, paradójicamente, incluso sus propios aliados acepten sin resistencia la solución política que pretende imponer. El caso del estrecho de Ormuz constituye una expresión particularmente dramática de esa contradicción. La reciente declaración de Trump acerca de su intención de declarar el estrecho territorio estadounidense, una vez terminada la ofensiva militar contra Irán, lleva la lógica del poder estadounidense a un extremo inhabitual. El estrecho, situado entre Irán y Omán, es una vía internacional esencial para el transporte energético y su control no puede reducirse a la siguiente conmoción bilateral entre Washington y Teherán. La pretensión de convertirlo en territorio estadounidense explica hasta qué punto la administración Trump se dispone a formular soluciones radicales ante una extremada sensibilidad que, en realidad, exige un complejo equilibrio internacional. La propia necesidad de mantener un portaaviones estadounidense tras otro en la región demuestra que el poder militar debe permanecer desplegado de manera prolongada para sostener ese objetivo (Fuente:ChatGPT). Por eso, la guerra de Irán puede terminar convirtiéndose en una paradoja para Trump. El presidente pretende demostrar que Estados Unidos de América sigue siendo la potencia capaz de decidir el destino de Oriente Medio - y del planeta entero - . Sin embargo, cuanto más prolonga la confrontación, más necesita negociar con Irán, presionar a Israel, convencer a los países árabes, coordinarse con Europa, calibrar los intereses con China y Rusia, y administrar las consecuencias económicas internas de cada disrupción global. El poder estadounidense permanece inmenso, pero su ejercicio se vuelve mayormente costoso y menos determinante y concluyente. El mismo contrasentido resulta en la relación con Netanyahu. Trump no está abandonando a Israel; por el contrario, continúa siendo uno de sus aliados confiables, tanto así que insta a los aliados - incluida la ultraderechista latinoamericana - a abandonar la Corte Penal Internacional, entidad inculpadora de la nación judía. Precisamente porque el respaldo estadounidense es tan significativo, que la Casa Blanca pretende utilizarlo como instrumento de presión. El mensaje explícito es que Estados Unidos de América continuará defendiendo a Israel, pero a su aliado incondicional no le puede determinar unilateralmente el desenlace de todas las guerras en las que participa con el coloso del Norte. Netanyahu acaba de demostrar que tampoco está dispuesto a aceptar automáticamente esa premisa. En definitiva, las guerras de Gaza, Irán y Líbano, la disputa por el estrecho de Ormuz, la transformación de la OTAN y la nueva política estadounidense hacia el continente americano forman parte de un mismo proceso: la tentativa de Donald Trump por reconstruir la primacía estadounidense mediante una política exterior basada en la fuerza, la presión económica, el control de espacios estratégicos y la negociación transaccional. Aun así, ese esfuerzo tropieza con un sistema internacional fragmentado, superior al existente al final de la Guerra Fría. Irán no se comporta como un adversario dispuesto a capitular; Israel no acepta necesariamente las condiciones políticas de Washington; Europa exige mayor autonomía; Arabia Saudita desarrolla sus propios cálculos estratégicos; y en América Latina resurgen disputas por espacios que Washington considera vitales. Por ello, más que hablar de una pérdida absoluta de la hegemonía estadounidense, resulta más preciso hablar de una erosión de su capacidad hegemónica y disuasiva. Estados Unidos conserva los instrumentos materiales de una gran potencia, pero encuentra crecientes dificultades para convertirlos en un orden político estable y aceptado por sus aliados y adversarios. La guerra de Oriente Medio está poniendo al descubierto precisamente esa erosión. Trump pretende recuperar para Washington el papel de árbitro indispensable de la región - y del mundo - , pero la resistencia iraní, la autonomía israelí y la multiplicación de agentes regionales demuestran que el Oriente Medio del siglo XXI ya no puede ser ordenado con la misma facilidad desde la Casa Blanca. La verdadera batalla, por tanto, no se libra únicamente en los campos militares de Irán, Gaza, Líbano y hasta en Siria, donde también las fuerzas militares israelíes operan. Se libra también por determinar quién tendrá la capacidad de establecer las reglas del nuevo equilibrio internacional. Y quizá la mayor paradoja del actual momento sea que Trump, en su empeño por demostrar que Estados Unidos sigue siendo la potencia "indispensable y necesaria", está revelando precisamente cuánto ha cambiado el mundo desde la época en que Washington podía imponer con mayor facilidad su voluntad a sus aliados y adversarios. El asunto de fondo ya no es solamente quién ganará la guerra contra Irán, ni siquiera quién controlará Ormuz, o si el narcoterrorismo global será gradualmente contrarrestado. La cuestión histórica es si Estados Unidos de América todavía puede convertir su extraordinario poder material en hegemonía política efectiva sobre un Oriente Medio y otros confines, que, cada vez con mayor claridad, comienzan a buscar su propio equilibrio de poder, así como la seguridad y la estabilidad en concordancia con su historia e intereses geopolíticos.

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