jueves, 3 de septiembre de 2026
ENTRE EL ASOMBRO Y LA CIENCIA: LA LECCIÓN DE DOÑA EDITH CHACÓN DE MORA. MISIÓN CUMPLIDA: FELIZ VIAJE A LA ETERNIDAD.
ENTRE EL ASOMBRO Y LA CIENCIA: LA LECCIÓN DE DOÑA EDITH CHACÓN DE MORA. MISIÓN CUMPLIDA: FELIZ VIAJE A LA ETERNIDAD.
En 1970, un numeroso grupo de adolescentes ingresamos, por primera vez, a las aulas de nuestro querido Liceo Rodrigo Facio Brenes ("el Facio") . Éramos parte de aquella voluminosa generación nacida durante la década de 1950, una época en la que Costa Rica experimentó un crecimiento demográfico, sin precedentes, en su historia patria. Ese positivo bono demográfico tuvo lugar en nuestro Distrito de Zapote.
La mayoría de aquellos estudiantes que por primera vez ingresábamos a la secundaria proveníamos de nuestra querida Escuela Napoleón Quesada Salazar. Allí había corrido el runrún —y esta vez era cierto— sobre la presencia de un «feto humano» y de otro perteneciente a un animal, ambos conservados en el laboratorio de Ciencias. El término «feto» no nos resultaba entonces tan familiar. Aquellos carajillos, llenos de curiosidad, deseábamos conocerlos apenas se iniciaran las clases.
Eran tiempos en los que la educación sexual prácticamente no existía. Para nosotros, muchachos de aquella época, varios de estos temas estaban rodeados de misterio, curiosidad y hasta cierto temor. Sin embargo, al llegar al colegio tuvimos la oportunidad de conocer numerosos aspectos, relacionados con el cuerpo humano y la reproducción, esta vez a partir de explicaciones científicas que, de alguna manera, comenzaron a disipar buena parte de aquellas dudas e inquietudes propias de nuestra edad.
Resultó que las lecciones de Ciencias estuvieron entre las primeras con las que tuvimos contacto al ingresar al colegio. Se impartían en un laboratorio cuidadosamente resguardado por una elegante dama: la profesora de aquella disciplina. Vestía una bata blanca, indumentaria, asociada con los profesionales de las ciencias; su presencia nos impresionaba. El porte y compostura de ella nos hacían sentir que estábamos entrando en una nueva dimensión educativa.
Aquella educadora transmitía seriedad y garbo, pero también una particular empatía con nosotros, los jóvenes estudiantes. Su manera de conducirse nos inspiraba respeto y, al mismo tiempo, confianza. Para aquellos muchachos que apenas comenzábamos nuestra vida de secundaria, aquel laboratorio representaba un mundo desconocido, lleno de objetos y conocimientos que despertaban nuestra curiosidad.
Nosotros sabíamos que, detrás de las vitrinas del laboratorio de Ciencias, se encontraba aquel misterioso «feto humano» del que tanto habíamos escuchado hablar. Su presencia alimentaba aún más nuestra curiosidad y hacía que aquellas primeras lecciones adquirieran, para nosotros, un interés especial.
Aquella notable profesora era la desamparadeña-zapoteña Edith Chacón Serrano, quien contrajo matrimonio con el también desamparadeño-zapoteño profesor José Joaquín Mora Mora. A finales de la década de 1940, ambos decidieron establecerse en nuestra comunidad y construir aquí sus vidas. Una antigua y señorial vivienda, que todavía sobrevive al paso del tiempo, se convirtió en el hogar de esta ilustre pareja y de sus cuatro hijos.
Precisamente, el profesor José Joaquín Mora Mora llegaría a ocupar un lugar destacado en la historia de la educación costarricense, al convertirse en el decimoséptimo director del Liceo de Costa Rica, cargo que ejerció entre 1959 y 1964. El propio Archivo Nacional de Costa Rica conserva una fotografía suya en la colección de la Fundación Mauro Fernández del Liceo de Costa Rica, donde se consigna expresamente este período de su gestión.
Prosigamos con la narrativa del feto y de las enseñanzas de nuestra recordada profesora, doña Edith, quien hoy ha partido al Cielo. Antes de que pudiéramos contemplar aquel feto humano y los demás objetos que formaban parte de las lecciones de Ciencias, ella ordenó el ingreso de aquellos carajillos curiosos al increíble laboratorio científico.
Pero, antes que la curiosidad, estaba la disciplina. Teníamos que aprender a comportarnos con responsabilidad y a cuidar los bienes y materiales que allí se encontraban. Doña Edith, con su experiencia de verdadera educadora, ya había previsto nuestros apetitos científicos y sabía perfectamente qué era aquello que despertaba nuestra mayor curiosidad: el misterioso feto humano del que tanto se había runroneado desde nuestra escuela.
La profesora sabía que aquel pequeño espécimen se había convertido, incluso antes de iniciar las clases, en una suerte de fascinante atractivo para nosotros. Y seguramente comprendía que, detrás de aquella curiosidad juvenil, había también una magnífica oportunidad para enseñarnos, con rigor científico, sobre la vida, el cuerpo humano y los misterios de la naturaleza.
Una vez hecha la explicación detallada del recinto científico y dadas a conocer las normas de conducta que debíamos observar en él, nuestra profesora —quien había realizado las gestiones necesarias para conseguir aquel feto humano y utilizarlo como herramienta para el conocimiento— se adelantó a nuestras ansiosas expectativas. Con absoluta claridad, nos expresó, aproximadamente, lo siguiente:
—Ahora sí, esto es lo que ustedes desean saber. Pero pongan atención primero a este concepto, antes de observar directamente a aquella criatura cuya evolución se vio frustrada:
«El feto humano es el ser humano en desarrollo dentro del útero materno, desde aproximadamente la novena semana de gestación hasta el nacimiento. Durante esta etapa, sus órganos y sistemas continúan formándose, madurando y adquiriendo progresivamente las características propias del cuerpo humano. En términos sencillos, el período fetal corresponde a la etapa del desarrollo prenatal que sigue al período embrionario y precede al nacimiento».
Y así continuaban sus explicaciones, con aquella claridad pedagógica que nos permitía comprender, poco a poco, lo que hasta entonces había sido para nosotros un mundo desconocido.
¡Oh, doña Edith, bella dama centenaria!, cuya memoria permanece viva entre quienes fuimos sus alumnos!! ¡Cómo tengo todavía presentes sus enseñanzas, impartidas con tanta dedicación, paciencia y exquisita vocación! Aquella lección sobre el feto humano no fue simplemente una clase de Ciencias; quedó grabada en nuestra memoria como una de las primeras experiencias de aquel nuevo universo de conocimientos que se abría ante nuestros ojos.
Así se desempeñaban nuestros eximios profesores de aquel querido colegio zapoteño: con autoridad, conocimiento y, sobre todo, con verdadera vocación de educadores. A todos ellos, hombres y mujeres que dedicaron sus vidas a formar generaciones, nuestro recuerdo, nuestra gratitud y nuestro eterno reconocimiento. Dios los bendiga a todos, padres y madres del saber.
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