sábado, 12 de septiembre de 2026
LA DIPLOMACIA DE DONALD TRUMP ANTE EL LABERINTO DE LAS GUERRAS Y LA PRESIÓN ELECTORAL. Autor: Ronald Obaldía González.
LA DIPLOMACIA DE DONALD TRUMP ANTE EL LABERINTO DE LAS GUERRAS Y LA PRESIÓN
ELECTORAL. Autor: Ronald Obaldía González.
La incertidumbre, la inseguridad y la inestabilidad internacionales continúan extendiéndose tanto en el ámbito geopolítico como en el geoeconómico. La persistencia y la expansión de las hostilidades en Europa Oriental y el Medio Oriente, las dificultades en cuanto a alcanzar acuerdos de paz y las crecientes perturbaciones sobre las rutas marítimas del comercio de los hidrocarburos, configuran un
escenario que pone a prueba la capacidad de la diplomacia de Estados Unidos de América (EEUU), con miras a contener las acciones bélicas y restablecer las condiciones mínimas a favor de la
seguridad y la estabilidad internacionales.
A ello se agrega la política arancelaria nacionalista o unilateral de Washington, cuyas repercusiones se entrelazan con las tensiones geopolíticas y afectan las cadenas logísticas, las inversiones y los flujos financieros de los mercados transnacionalizados.
La proclamada diplomacia transaccional ha carecido de resultados tangibles, y esa dificultad comienza a adquirir una dimensión electoral a lo interno de EEUU, particularmente por el impacto de la guerra sobre los precios de los combustibles.
El Presidente Donald Trump no se juega personalmente una elección en noviembre de este año, sino que las elecciones legislativas de medio periodo pueden determinar si el Partido Republicano conserva su mayoría en el Congreso de la Unión Americana. Por ello, es preciso hablar del riesgo electoral de
Trump y de la mayoría Republicana.
Comienza a adquirir especial relevancia la brecha entre las expectativas creadas por Trump y los resultados efectivamente alcanzados por su política exterior. El Presidente estadounidense había prometido que podía poner fin rápidamente a determinadas antagonismos militares.
Sin embargo, la guerra en Ucrania continúa, mientras que en Medio Oriente tampoco se ha conseguido consolidar una solución definitiva. Las negociaciones entre Rusia y Ucrania permanecen estancadas ante la ausencia de concesiones sustantivas mutuas, al tiempo que la conflagración conserva capacidad, respecto a prolongarse durante el invierno y continúa registrando ataques de largo alcance.
La situación en Medio Oriente presenta dificultades todavía mayúsculas. La Administración Trump trabaja en una estrategia de cara a la etapa posterior a la guerra con Irán, basada en tres grandes objetivos: contener a Teherán (la desnuclearización), ampliar la normalización de relaciones entre Israel y los países árabes y gestionar las consecuencias de la guerra de Gaza. Sin embargo, el propio proyecto se encuentra todavía en elaboración y depende de circunstancias políticas y estratégicas que Washington no controla plenamente.
Arabia Saudí, Qatar y Egipto mantienen reservas frente a cualquier arquitectura regional que no coloque la cuestión palestina en un lugar primordial. Persisten esfuerzos que se apoyan en los Acuerdos de Abraham, suscritos en 2020 durante el primer mandato de Donald Trump, mediante los cuales se avanzó en la normalización de las relaciones entre Israel, por un lado, y Emiratos Árabes Unidos, Baréin, Marruecos y Sudán, por otro.
Pero Turquía, Pakistán, Arabia Saudita y Qatar, entre otros sujetos regionales, han puesto de manifiesto sus suspicacias ante el creciente poderío integral del Estado hebreo en la región, fortalecido tras las devastaciones provocadas en Gaza, el sur del Líbano, las intervenciones en Siria, así como en el continuo y severo debilitamiento de la República Islámica de Irán, en términos militares y económicos.
La dificultad de Washington se vuelve evidente cuando se observa la conducta del Primer Ministro Benjamin Netanyahu. Mientras la Casa Blanca procura proyectar una arquitectura diplomática alrededor del período posterior a la guerra, sectores determinantes de la derechista coalición israelí defienden el desplazamiento de la población palestina de Gaza. El Ministro de Defensa, Israel Katz, ha sostenido que no existe una solución acerca de Gaza sin esa supuesta “emigración”, al tiempo que reconoce que a efecto de llevar adelante el proyecto, Israel necesita el respaldo de Washington.
De esta manera, la diplomacia de Trump se encuentra atrapada en una contradicción: pretende presentarse como instrumento de pacificación y, simultáneamente, debe administrar las posiciones de
aliados, cuyas acciones pueden dificultar sus propios objetivos diplomáticos. La existencia de un plan estadounidense sobre Gaza no significa, por sí misma, que Washington posea la capacidad necesaria de imponerlo a todos los agentes involucrados.
Incluso la propuesta de la reconstrucción, el desarme de Hamás y el establecimiento de una administración transitoria continúa enfrentando desacuerdos sustanciales. A la vez que agonizan las
demandas internacionales a favor de la creación del Estado de Palestina.
La cuestión del Estado se agrava ante la creciente e incontenible violencia y enemistad histórica, sean las arremetidas constantes y redadas de pueblos palestinos: los nuevos asentamientos o colonias auspiciadas con frecuencia por el Primer Ministro Benjamin Netanyahu, las que se disparan en Cisjordania, a raíz del ataque del movimiento islamista de Hamás en contra de los israelíes, esto el 7 de octubre del 2023. El propio Embajador de EEUU en Israel deploró tales acciones arbitrarias, las calificó
de "crímenes", causados por colonos hebreos, lo cual ha obligado a Netanyahu a echar marcha atrás con la expansión de asentamientos, debido a presiones de Washington.
A la compleja ecuación se agrega el frente libanés. El alto el fuego entre Israel y Hezbollah no ha eliminado las hostilidades. La disputa por estratégicas espacios físicos, acompañada de bombardeos y
ataques con drones, demuestra que la región permanece expuesta a otra escalada. Washington intenta mediar entre Israel y Líbano, presiona a Hezbollah a entregar posiciones al Ejército libanés. La
organización terrorista se resiste al desarme y condiciona cualquier avance a la evolución de la postura iraní, su protector.
Más delicada todavía es la situación alrededor de Irán y del estrecho de Ormuz. Los ataques intermitentes entre Estados Unidos e Irán, las represalias iraníes contra intereses estadounidenses en el
Medio Oriente y la amenaza de mantener restringido el tránsito por ese estrecho han convertido a una ruta estratégica para el comercio mundial de hidrocarburos en uno de los principales puntos de presión de las hostilidades.
Según los datos recopilados, antes de la guerra por Ormuz transitaba aproximadamente una quinta parte de las exportaciones mundiales de energéticos, por lo que cualquier perturbación significativa repercute inevitablemente sobre los mercados petroleros, el transporte de los hidrocarburos y la actividad comercial en general. Ormuz está dominado por las consecuencias de la guerra, lo cual ha ralentizado la economía global.
La dimensión económica de las perturbaciones es precisamente la que puede transformar una controversia geopolítica distante en un desacierto electoral doméstico en contra de la Casa Blanca. El
incremento de los precios de los combustibles ya está reduciendo la popularidad de Trump.
Las fuentes informativas señalan que el Presidente ha expresado su expectativa de que la guerra concluya poco después de las elecciones legislativas de noviembre, mientras acusa a Teherán de intentar influir sobre el resultado electoral. La complicación reside en que, mientras la diplomacia busca una salida, la prolongación de los antagonismos mantiene abierta una de las principales fuentes de presión sobre el bolsillo de los estadounidenses.
Es precisamente en este punto donde aparece repentinamente otro factor de perturbación: la reaparición ofensiva de los hutíes de Yemen en el Mar Rojo. El control hutí del puerto de Moca, junto con su creciente presencia en la zona de Al Hudayda y su proximidad al estrecho de Bab el Mandeb, introduce una nueva variable estratégica en una región ya sometida a fuertes turbulencias. Bab el Mandeb conecta el mar Rojo con el golfo de Adén y constituye una vía esencial del comercio marítimo entre Asia y Europa, particularmente a través del canal de Suez.
La posibilidad de que los hutíes lleguen a controlar posiciones desde las cuales puedan amenazar la navegación mediante misiles, drones o minas marítimas representa, por tanto, un riesgo que trasciende las fronteras de Yemen y las capacidades militares de Arabia Saudita, aliado del débil gobierno de Yemen, y por ello enemigo de los hutíes.
La relevancia de este movimiento de los rebeldes yemenitas, aliados de Irán, reside en que podría generar un doble estrangulamiento de las rutas energéticas internacionales. Por un lado, Irán mantiene capacidad de presión sobre el estrecho de Ormuz; por otro, los rebeldes hutíes pueden alterar el tráfico marítimo en Bab el Mandeb. De materializarse simultáneamente ambas amenazas, quedarían sometidas a una presión extraordinaria dos de las principales arterias marítimas que conectan los mercados energéticos y por ende el mercado global. Las consecuencias podrían extenderse desde el precio del petróleo, el
gas, los fertilizantes, hasta los costos del transporte de mercancías y los seguros marítimos.
No se trata de una hipótesis completamente abstracta. Los antecedentes demuestran la capacidad de los hutíes, en cuanto a trastornar directamente la infraestructura energética regional. En 2019, un ataque con drones contra instalaciones de Aramco paralizó más del 40 % de la producción de crudo saudí. En
la actual coyuntura, la monarquía de Riad ha respondido mediante la creación de una coalición multinacional, destinada a proteger la libertad de navegación y las rutas de suministro energético en Bab
el Mandeb, el mar Rojo y el golfo de Adén (EL PAÍS, ESPAÑA).
Los perjuicios adquieren así una proyección global. Ya el cierre o la perturbación de Ormuz encarece y dificulta el transporte de hidrocarburos procedentes del Golfo Pérsico; una alteración simultánea de Bab el Mandeb obligaría además a modificar significativas rutas comerciales entre Asia y Europa.
El resultado sería una combinación particularmente adversa: mayores costos energéticos, encarecimiento del transporte, presión sobre las cadenas de suministro y renovadas tendencias inflacionarias. En días recientes los precios de los combustibles ($108 el barril) en Estados Unidos de América han reflejado el impacto de la crisis energética internacional, convirtiendo al combustible en uno de los principales canales, mediante los cuales las guerras están trasladándose a la economía estadounidense.
De este modo, la política exterior de Trump enfrenta una paradoja de considerable impacto. Cuanto más se prolongan las guerras que pretendía resolver rápidamente, mayor es la presión sobre la economía y, consecuentemente, sobre su capital político interno. Y cuanto mayor es esa presión, más difícil resulta separar la gestión de las crisis internacionales de las necesidades electorales de la Casa Blanca.
Las elecciones legislativas de noviembre adquieren, por ello, resonancia estratégica. No solamente estarán en juego escaños del Congreso: también será sometida a prueba la capacidad del Partido
Republicano con la mira puesta en conservar su mayoría y, con ella, la capacidad de Trump en desarrollar sin obstáculos su programa político nacionalista y hegemónico global (MAGA). Una derrota
Republicana podría reducir considerablemente el margen de maniobra presidencial y convertir al Congreso en un escenario de mayor confrontación sobre la política exterior, el gasto militar, los
aranceles y las consecuencias económicas de las guerras.
La paradoja resulta todavía más profunda porque el propio éxito de la diplomacia trumpista depende, en buena medida, de producir resultados visibles antes de que los costos económicos y políticos de los conflictos se vuelvan irreversibles. Una diplomacia que anuncia acuerdos, pero no consigue materializar ceses duraderos de las hostilidades; que proyecta nuevas doctrinas y arquitecturas de seguridad, pero no logra contener a sus propios aliados; y que busca presionar militarmente a sus adversarios, mientras las rutas energéticas permanecen amenazadas, obstruidas, corre el riesgo de quedar atrapada en un ciclo de escalada que contradice su promesa original de restaurar la paz mediante la fuerza militar,
combinada con la transacción bajo presiones políticas y económicas.
El retorno de los hutíes al escenario del mar Rojo constituye, en este sentido, algo más que un episodio adicional de la guerra de Yemen. Representa la ampliación geográfica del caos geopolítico "y la aparición de un nuevo punto de estrangulamiento para el comercio mundial". Si Ormuz y Bab el Mandeb llegaran simultáneamente a convertirse en zonas de alta peligrosidad frente a la navegación, el conflicto dejaría de ser únicamente una confrontación entre Estados y organizaciones armadas de Medio Oriente a pasar a transformarse, con mayor intensidad, en un fenómeno capaz de trastornar el funcionamiento de los mercados transnacionalizados.
En última instancia, la cuestión que se plantea a Trump ya no es solamente si puede ganar una determinada negociación diplomática, sino si puede demostrar que su política exterior posee capacidad efectiva en lo concerniente a terminar las guerras, estabilizar y dar seguridad a las rutas estratégicas, así como evitar que la confrontación geopolítica se transforme en inflación doméstica.
Mientras Ucrania continúa en guerra indefinida, Gaza permanece políticamente irresuelta; "el frente israelí-libanés conserva capacidad de combustión", Irán mantiene abierta la disputa por el estrecho Ormuz, EEUU interfiere en el funcionamiento de sus puertos; y los hutíes reaparecen amenazando Bab el Mandeb; así, entonces, la promesa de Trump de ejercer una diplomacia capaz de imponer resultados rápidos se enfrenta a su prueba más exigente.
Esa prueba, inevitablemente, comienza a trasladarse desde los campos de batalla y los estrechos marítimos hasta el escenario político estadounidense. En noviembre, los electores no solamente podrán valorar la situación económica, los precios de los combustibles o la política interna; también podrían preguntarse si la política exterior de Donald Trump ha sido capaz de producir la paz y la estabilidad que prometió.
El riesgo reside en que las conexiones entre la incapacidad de cerrar los antagonismos regionales y la creciente presión electoral interna terminen configurando una peligrosa cadena de acontecimientos: desde la tensión en el estrecho de Ormuz y el Bab el Mandeb, pasando por las disrupciones en el comercio mundial de hidrocarburos y un eventual incremento de la inflación (doméstica y mundial), hasta desembocar en el descontento del electorado estadounidense.
Una sucesión de acontecimientos que podría adquirir la forma de una verdadera «Caribdis» geopolítica: un remolino capaz de arrastrar a la propia administración Trump hacia las turbulentas aguas de la incertidumbre electoral y, eventualmente, contribuir al inicio del declive de la indeseable ultraderecha global. Lo último nos complacerá sobremanera.
Fuentes de consulta:
The Daily Digest
Chaima Chihi. En: Euronews
El Economista//El Economista//AFP
BASSEM MROUE. En: Associated Press
EL PAÍS, ESPAÑA: Antonio Pita/03/09/2026, Natalia Sancha 10/09/2026.
Bilal Osama (DPA/Europa Press)
White House / CENTCOM / CCTV+). En: Europa Press - Video
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