martes, 6 de junio de 2017

ELEMENTOS HISTÓRICOS QUE CONTRIBUYEN A COMPRENDER LA COMPLEJA CONDUCTA INTERNACIONAL DE RUSIA.

ELEMENTOS HISTÓRICOS QUE CONTRIBUYEN A COMPRENDER LA COMPLEJA CONDUCTA INTERNACIONAL DE RUSIA.

Los orígenes étnicos, culturales, así también el carácter y el biotipo del pueblo ruso poseen su asidero, de manera significativa, en la civilización europea, en cuenta la cristiandad (bizantina), además de la organización jurídica y territorial, sellada en la era del sistema feudal, reproducido en la nación rusa por el autoritario régimen monárquico, zarista, interconectado a las restantes monarquías del viejo continente.
Así, entonces, la historia universal ofrece el testimonio de una versión particular de la civilización europea. Estos rasgos predominan siempre en la nación de mayor extensión en el planeta, cuyo “ territorio recorre Europa y Asia”, habida consideración de su diversidad antropológica que le es propia. Se trata del “Oso Ruso”, compuesto por doce zonas horarias y más de 100 grupos étnicos y culturas, en la que destaca la mayoritaria etnia rusa eslava (representa el 80% de la población nacional), un fenómeno bastante complicado para la integración y asimilación a favor de una sola entidad nacional, que, ciertamente, a lo largo de su historia ha estado lejos de renunciar y negar su instinto de poder expansivo más allá de sus fronteras allegadas.
Ni el dominio mongol (tártaro) en el Siglo Xlll hubo de ser capaz de borrar allí las huellas del anterior recorrido del imperio romano, los eslavos, los nórdicos (o vikingos), godos, teutones y hasta de los griegos. Al reafirmar la nacionalidad y la identidad rusa, mediante el despotismo y la instauración de la servidumbre feudal, el legendario Iván el Terrible (Siglo XVl) tampoco pudo prescindir de las raíces y la herencia europea. Por el contrario, sobre la base del cristianismo, arraigado en el continente, él intentó expandir a nivel mundial el imperio ortodoxo cristiano, gestado por la Iglesia Oriental de Bizancio (o Constantinopla) a la talla y la medida rusa, ocupando la región del mar Caspio y la Siberia. Justamente, lo que resultó una expresión de tal comportamiento imperial – adelante ofreceremos hechos adicionales - que respondió a la esencia y la naturaleza rusa, en cuyo cometido atrajo a los ortodoxos cristianos griegos y eslavos - adversarios doctrinarios y políticos de la Santa Sede en Roma de la Iglesia Católica (Rodrigo Díaz Bermúdez, teólogo, 2017) - ellos hoy, ciertamente, los protegidos del Presidente Vladimir Putin, en su decidido impulso de acumular reconocimiento e influencia en la Europa del presente Siglo.
En el caso de la rusa imperial, la dinastía de los Románov se ocuparon de modernizar la burocracia feudal, y dictaron pautas políticas a los nobles, mercaderes y obispos religiosos, en pos de hacer fuerte y eficiente una estructura estatal, predispuesta a dominar nuevos territorios y las rutas marítimas comerciales. Se llegó a la Gran Guerra Nórdica, a causa de la ambición de Pedro el Grande (1682 - 1725) por el libre acceso al mar Báltico, al igual que el control de la Siberia, condicionada a la explotación de sus recursos naturales, como fuente de riqueza comercial e industrial.
Posteriormente, con Catalina la Grande (1762 - 1796), los rusos conquistaron Polonia, la península de Crimea, la región del Mar Negro. En connivencia con los turcos otomanos, infringieron constantes derrotas militares a los persas y doblegaron porciones de su territorio. Extendieron sus fronteras del sur hasta alcanzar el mar Caspio. Hasta las regiones del Cáucaso, los Dardanelos y parte de los territorios musulmanes del Asia Central tuvo arribo la expansión rusa, dl instinto de su tradicional conducta internacional, la cual no deja de multiplicarse.
A lo largo de su historia, Rusia se impuso, simultáneamente, conformar el poder territorial más extenso del continente euro asiático, dirigiendo su grandeza geográfica como escudo contra el ataque de poderes extranjeros hostiles (Frederic S. Pearson; J. Martin Rochester, 2015). Tiempo después con la llegada del marxismo leninista y estalinista “de la dictadura del proletariado”, de línea dura, se tuvo como visión la internacionalización del comunismo. Nuevamente, con el talante de Vladimir Putin, si bien desarraigado del marxismo, tampoco ha desistido en empeñarse de ejercer influencia en Europa. Igualmente, sus tentaciones de poder discurren por Washington envolviendo al presidente estadunidense Donald Trump, eso sí bajo modalidades distintas. La diplomacia de la inteligencia sería “el formato del método”.
Ciertamente, al final de la era feudal, Rusia se expandía y modernizaba. En sus adentros, menos aún, se despojó de su legado europeo. Marcado con altas dosis de nacionalismo, siempre ha pretendido valerse como pueblo europeo, poderoso en términos políticos, económicos y militares, e integrado, aunque fuera un mosaico de etnias, o lo sea. En su reinado, el zar Pedro el Grande, con su despotismo, otro distintivo de la civilización rusa, se propuso europeizar, todavía más, la nación rusa. Eso sí, los zares hicieron hasta lo imposible por detener con dureza el influjo de las ideas de libertad e igualdad social de la Revolución Francesa; la intelectualidad rusa falló en este cometido de acogerlas.
En no pocos lapsos de su historia se ha puesto en evidencia ese comportamiento imperialista de la nación rusa, pues con las potencias tradicionales europeas ha lidiado, con tal de captar esferas de influencia, particularmente pesa el imaginario de su paternidad sobre los pueblos eslavos. Se había anexado de los territorios bálticos, Ucrania, Polonia y de Crimea, su obsesión, en este Siglo XXl recién despojada a los ucranianos. De ahí, que al estallar la Primera Guerra Mundial, Vladimir Lenin exigía a los bolcheviques comunistas alejarse de una guerra ajena a los propósitos de la revolución socialista - proletaria, ya que aquella apenas hubo de reflejar los intereses de los imperios tradicionales, en lo tocante a repartirse el territorio europeo, en es caso, mantener hegemonía en él.
Avanzado el Siglo XVlll Rusia se erige entre las potencias occidentales, eso sí, sin los principios y la filosofía política occidental, derivada de la Ilustración, por el contrario en la poderosa nación la nobleza y las capas dirigentes, aferradas a la convicción de la monarquía "como derecho divino" seguían enriqueciéndose y fomentando la corrupción. Consumía el 50% del presupuesto del Estado, mientras se acentuaba la pobreza entre los campesinos y lo siervos. De por sí y a pesar de sus riquezas naturales, la nación euro asiática ha debido convivir con masas de pobres, durante la Unión Soviética el fenómeno subsistió, aunque en menor proporción.
La invasión de Napoleón (1812) fracasó frente al poderío ruso; la victoria contra el alucinante invasor le dio mayores bríos - sacó pecho ante el mundo - ; principalmente al afincarse más aún como imperio autoritario, elevó su autoestima y su rol de potencia planetaria, basados en las ideas nacionalistas, de lo cual los bolcheviques se desprendieron parcialmente. Así como tal, llegó a defender sus intereses y predominios en las dos Grandes Guerras Mundiales, con la salvedad de que en la Primera Guerra Mundial aconteció un cambio societal drástico, al transformarse el régimen antiguo por la vía violenta de la guerra civil, sustituyéndose el feudalismo zarista por el socialismo, este espoleado por el triunfo de la Revolución Bolchevique. La que instauró la dictadura del proletariado (el poder de los obreros y los campesinos). En la década de 1920 Vladimir Lenin y los soviets instauraron la primera república socialista; en otras palabras, la recién nacida república soviética, desde Rusia y Ucrania. Al final de la Segunda Guerra Mundialf en el lado de la civilización occidental salió a relucir el poderío de los Estados Unidos de América, como el líder del modo capitalista de producción, en concomitancia con los valores de la democracia liberal.
UNA DISGRESIÓN. Al respecto, hemos sido testigos del escándalo, llamado “el Rusiagate”, producto de las investigaciones acerca de la posible colusión entre los agentes rusos y los funcionarios de la campaña presidencial de Donald Trump, en el cual se ve involucrado su yerno Jared Kushner, amigo del acucioso embajador moscovita en Washington. Supuestamente, esos colaboradores de Putin interfirieron en los pasados comicios generales, al revelarse correos prometedores de Hillary Clinton, extraídos de los piratas informáticos rusos que los filtraron con informaciones, las que explícitamente la desacreditaron en la campaña. A Donald Trump, quien realiza negocios e inversiones en Rusia, a diferencia de la rigidez de Barack Obama, le han percibido un relativo acercamiento con Moscú, al extremo que el novedoso formato metodológico de la Rusia de Putin, es decir, la diplomacia de la inteligencia, combinada con prácticas extorsivas, inequívocamente encontró una fórmula ahorrativa. Esa que se diferencia de las guerras por posesión de territorios, o bien, de la disuasión por la inútil vía de la carrera armamentistas, ahora con vistas a ejercer poder en las decisiones, nada menos, que de la Casa Blanca, así también en las principales potencias europeas, no sea que el Brexit entre tambień en tal objetivo.
Asimismo, se le ha achacado a Trump el haber proporcionado, imprudentemente, al osado y autoritario Vladimir Putin información confidencial israelí de inteligencia (Carlos Alberto Montaner, 2017). Lo cual comporta oportunidades, inescapables, de las cuales los gobernantes rusos calculadores y fríos están acostumbrados por su historia de sacar provecho y ventajas. Esa conducta que yace en su estructura genética, que la hace sentirse con poder. El Kremlin siempre ha negado las acusaciones y señalamientos en su contra, provenientes del FBI, además de la prensa estadunidense, ligadas a la injerencia o interferencia en las elecciones presidenciales. Unas explicaciones que tampoco han amansado las presiones de un “impeachment” frente al magnate presidente.
Antes, habíamos comentado el accionar histórico de Rusia, en cuanto haber acumulado inmensos territorios, un balance favorable, que le registran réditos indiscutidos. En su lugar, percibimos una modificación de esa estrategia, sustentada en los servicios de inteligencia. En la corriente de nuestra digresión, hay que tomar en cuenta el rol de la prensa rusa, Sputnik y Rusia Today, quienes por órdenes superiores intentaron convertirse en órganos de influencia en la pasada campaña electoral francesa al difundir datos falsos sobre Emmanuel Macron. Lo cual iba en línea con la colaboración del Kremlin para con la ultraderechista Marine Len, calificada de antisistema o antieuropea, nacionalista (casi igual que Trump), posturas que la acercaron sobremanera a Putin, quien por su parte, al pretender dividir y desconfiar de la Unión Europea (UE), interpreta que el bloque comunitario atrae las antiguas potencias comunistas del continente, a la vez que resiente las sanciones contra su gobierno, en cuanto continúe apoyando a los rebeldes separatistas en el este de Ucrania.
No se puede asegurar que el Kremlin aprendió las amargas lecciones del pasado, relacionadas con las invasiones de territorios nacionales. La de Afganistán, un país totalmente musulmán, llevó al Oso Ruso a una especie de autodestrucción. El haber protegido un aliado gobierno corrupto e impopular llegó a ponerle punto final al sistema comunista. Cabe subrayar que la soviética “Doctrina Brezhnev” reclamaba el derecho de intervenir en aquellos Estados, donde sus enemigos “los círculos capitalistas” hubieron de amenazar gobiernos marxistas o aliados ya establecidos. Por lo tanto, Afganistán era uno de ellos, pero allí se topó con una humillante derrota, la cual llegó a agudizar los males económicos, lo cual es reprensible. Los resabios de dicha doctrina intervencionista e imperial, seguro que el gobierno de Moscú los practicó en Ucrania, a riesgo de haberse demostrado que no hay enemigo pequeño. Lo acontecido con Trump supone que la KGB rusa hará un alto en el camino, al reafirnar el recurso de los servicios de inteligencia. A la fecha, la agencia de espionaje se salió con las suyas. Se cumplió la tarea de hacer valer que Rusia es un jugador respetado, sobre todo, si la Casa Blanca colapsa.
HACIA LA REVOLUCIÓN DE OCTUBRE DE 1917; DESPUÉS LA URSS. Al lado del poder imperante en Rusia se han movilizado las fuerzas contestatarias, esto ha sido una constante en la Rusia moderna, y en especial la contemporánea. Por eso Vladimir Putin no puede confiarse demasiado de sus ambiciones y demostraciones de perpetuarse en el poder y de expandirlo, apropiándose de la península de Crimea, espoleando la fragmentación de los territorios de Moldavia, igualmente en Georgia, al desprenderle Ossetia del Sur.y Abjazia; al tiempo que protege, en todos sus extremos, la criminal autocracia de Siria de Bashar al-Asad, entre los tantos puntos de fricción en las relaciones entre Occidente y Moscú.
El absolutismo imperial zarista sembró sus "propios sepultureros". A mediados del siglo XlX y antes, ya actuaban las sociedades secretas revolucionarias, quienes pregonaron por un cambio en las estructuras de la tenencia de la tierra y del sistema político autoritario y dinástico, más la desaparición de la policía política, acosadora de los centros de educación y del sistema de justicia. Los zares se lanzaron a la aventura de liquidar dichas fuerzas enemigas de las monarquías, las cuales operaron también en Alemania, Polonia y Hungría. Ni las tímidas reformas políticas, jurídicas y sociales, impulsadas por Alejandro ll fueron efectivas en detener el impulso revolucionario de los campesinos y siervos, cuya evolución y madurez significó la fuente de la doctrina socialista, construida por Karl Marx, Federico Engels,y Vladimir Lenin. La que dio a conocer la realidad de la desigual lucha de clases en la evolución humana, una doctrina (el socialismo) que fue ampliamente reprimida por la aristocracia zarista, ella dueña de la tierra, de los recursos naturales y de la sociedad ideológica, en la cual la religión resultó una de sus principales instancias aliadas.
Desde los tiempos de Alejandro lll, el imperio zarista se distinguió “por dar forma a una política de radical rusificación de sus fronteras”. Esa línea ha marcado en parte la política extranjera de Moscú: aumentar el apetito sobre los territorios vecinos. En la época de la Cortina de Hierro la víctima fue Europa Oriental, abonado por el contexto superior de las disputas ideológicas entre el capitalismo y su antípodas el comunismo marxista. Esto último, una concepción del mundo que proclamó - en la teoría y práctica - la supresión de la propiedad privada de la tierra y de los medios de producción; la abolición de los privilegios de clase; la proclamación de poder del Estado en manos de los desheredados y pobres desposeídos, ya sean los obreros y los campesinos; la construcción del partido único, el Partido Comunista; la separación entre la Iglesia y el Estado, basada en la identidad popular; los mismos derechos para los hombres y las mujeres; la igualdad económica a través de la colectivización de la propiedad privada; la centralización del trabajo, bajo el manto de la planificación económica, tutelada por el Estado colectivista.
Entre 1919 y 1920 se creó la República Federal Socialista y Soviética Rusa (URSS), la que integró vastos territorios nacionales del Cáucaso y Europa Oriental; se adoptó la constitución basada en el sistema de los “Soviets o la dictadura del proletariado, todos esos cambios representaron una amenaza para la civilización europea occidental, quien no se demoró en organizar la resistencia y la contrarrevolución auspiciada por Alemania, Francia e Inglaterra, cuyo fracaso obedeció a la movilización y alta moral del Ejército Rojo comunista.
Con la Revolución bolchevique rusa (octubre de 1917), la de “la Paz y Pan”, (Pearson; Rochester, idem), y la institucionalización real de la URSS, particularmente el continente europeo se fragmentó en dos bloques ideológicos o concepciones de vida antagónicas: el capitalismo y el comunismo. Hubo un impasse. En la coyuntura mundial del ascenso y expansión del nazifascismo alemán de Adolfo Hitler, merced a su visión global supremacista racial, política, económica, cultural y militar, ambos tipos de sociedades y regímenes políticos (la URSS comunista, y Europa y los Estados Unidos de América capitalistas) se vieron obligados, en aras de la sobrevivencia, a unir fuerzas y estrategias para derrotarlo (a Hitler) en la Segunda Guerra Mundial (1939 – 1945). Se visualizó al hitlerismo como la amenaza superior de la humanidad. Lo ratificó el mandatario británico Winston Churchill, quien postuló que el fascismo alemán significaba un peligro mayúsculo, en comparación con el comunismo soviético.
FALSAS ALIANZAS Y EL PROTECTORADO DE ALTO RIESGO. Sin embargo, la Rusia o la Unión Soviética de Stalin antes había acordado “el pacto de no agresión” con Adolfo Hitler (el Pacto Molotov – Ribbentrop), tal que se le facilitara el camino a los comunistas de apoderarse de Polonía, Rumania y otros territorios Bálticos. El susodicho pacto lo incumplió la Alemania de Hitler, por lo que se decidió a invadir el territorio ruso. Se inició el derrumbe del régimen fascista, ya que sufrió una severa derrota militar, signada en la Conferencia de Yalta (1945), en la cual la nación rusa - convertida en potencia nuclear - habría de competir con el poder integral de los Estados Unidos de América, en pos de la hegemonía global, un hecho de las relaciones internacionales, mejor conocido como la Guerra Fría.
Insaciables en el dominio de territorios como ha sido toda su historia, la URSS, y su centro principal la nación de Rusia, ocupada del perfeccionamiento de su ciencia, industria de manufacturas y militar, se apoderó de casi la totalidad de la Europa Oriental. Allí aplastó cualquier tipo de disidencia, por eso invadieron Alemania Oriental, Hungría y Checoslovaquia, para mantener intacto el Pacto de Varsovia (1955): la alianza militar comunista en esa porción de Europa. Asimismo, estuvieron all acecho constante de las deserciones internas. Víctima de ellas hubo de ser León Trotsky, exiliado y asesinado por Stalin, el sucesor de Lenin. Políticamente, los soviéticos tuvieron éxito en implantar allí el sistema socialista de producción, en donde se reivindicó a la vez el bloque de las repúblicas populares, guiadas por la visión del centralismo democrático como el motor de sus respectivos Partidos Comunistas y la burocracia representante del Estado proletario.
El Tercer Mundo, repartido por las potencias tradicionales, ya sean Francia, Inglaterra y otras europeas de menor envergadura, sucumbió a tal atractivo de la dictadura del proletariado y de la internacionalización del comunismo. De igual forma, China, Cuba, Vietnam, Corea del Norte, algunos territorios del África y Asia, etcétera, alcanzaron la conversión al marxismo. Con ello se debilitaba el dominio regional de los poderes occidentales (Pearson; Rochester, idem). En el caso particular de Cuba esa táctica resultó traumática, pues el mandatario ruso Nikita Khrushcher montó misiles nucleares ofensivos a 90 millas de las costas estadunidenses, “como contrapeso de la superioridad militar” de Washington, y a las amenazas de invasión contra la dictadura cubana de Fidel Castro. Mientras tanto, los gobiernos estadunidenses, menos se atrevían a reducir el predominio de las potencias colonialistas, sus aliadas de Occidente, con posesiones territoriales en el Tercer Mundo. La guerra de Vietnam en la década de 1960 llegó a ser un reflejo de esos movimientos ideológicos y tácticos militares.
En otro orden, el Partido Comunista ruso (PCUS) se creyó el único propietario de las tesis marxistas leninistas, Fundó una especie de “catedral” dogmática del internacionalismo proletario, ambición que los llevó a entrar en serias divergencias con la China comunista, el otro gigante que rechazó el imperialismo del dogma ruso del marxismo. Los chinos se dieron su propia interpretación, conforme a su historia y estructura de producción agraria, conformada por una masa mayoritaria de campesinos, no así de obreros, que constituían un pírrica minoría. Mao Tse Tung y su Partido Comunista se separó relativamente de la tesis clásica del marxismo, la cual exponía al rango de ley histórica la guerra o el antagonismo inevitable e irreconciliable entre la burguesía y el proletariado, precisamente en una sociedad estrictamente feudal como la China, casi carente de burguesía y clase obrera. En su lugar, los comunistas chinos plantearon en el instante de las contradicciones con Moscú que en el periodo del socialismo a su medida "el campo debía asediar la ciudad". Por otra parte, China se resistía al concepto revolucionario de la internacionalización del proletariado, exportado por los rusos hacia el Tercer Mundo, de lo cual América Latina se llevó una de las peores experiencias, dado el ascenso de los movimientos insurreccionales, quienes disputaron el poder de las élites económicas, poseedoras de la mayor parte del ingreso y la plusvalía nacional.
UNA SOCIEDAD QUE COMENZÓ A COJEAR. En 1985 Mijail Gorbachov puso término a la Guerra Fría con Washington, demandó la reducción de la carrera armamentista (nuclear); asumió la secretaría del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS). En aquel entonces inició un periodo de cambios, basados en la reestructura de la economía (perestroika) y la transparencia en asuntos políticos y culturales (glasnost). Su reforma incluyó la apertura al mercado y al capital extranjero. En términos de inversiones, comercio, ciencia y tecnología, en cuenta en lo estratégico militar, la enferma economía rusa era incapaz de competir frente a Occidente y Japón, a su turno empujó la democratización interna del Partido, la modificación constitucional para permitir el pluripartidismo.
En política exterior, el nuevo dirigente del Kremlin retiró las tropas de Afganistán, normalizó las relaciones con China Popular, firmó acuerdos sobre el control de armas con Estados Unidos de América en 1990 para expulsar a Irak - su antiguo aliado - de Kuwait durante la guerra del Golfo Pérsico. La Unión Soviética iniciaba el camino de su ruptura. El fracaso de la economía centralizada, por ineficiente, así como las limitaciones en cuanto a igualar el poderío militar y nuclear de la potencia antagónica estadounidense resquebrajaron, de manera estrepitosa las bases del comunismo soviético. Así también, los graves accidentes nucleares, principalmente el de Ucrania (1986) presagiaban el efecto dominó por toda la Europa Oriental, en cuyas naciones había movimientos de resistencia anticomunistas que recobraban energías.
De hecho, la caída del Muro de Berlín (1989) sentenció la caída del Pacto de Varsovia, y por ende la disolución de la Unión Soviética (URSS), además de su sistema de satélites europeos. Uno de ellos, Yugoslavia, cayó luego en una aguda ruptura y desintegración doméstica, producto de contradicciones territoriales, étnicas y religiosas. La disolución del bloque quedó en forma a inicios de la década de 1990 al proclamarse entre Rusia, Ucrania y Belarús la Comunidad de Estados Independientes (CEI) para sustituir la URSS.
Siguiendo las orientaciones reformistas de Gorbachov, las cuales aligeraron el desmoronamiento definitivo del comunista Pacto de Varsovia, en junio de 1991 Boris Yeltsin fue elegido presidente de Rusia, quien heredó así la sucesión y la representación de la extinta Unión Soviética. Él debió enfrentar diversos intentos de golpe de Estado de los comunistas ortodoxos,'opuestos a los acercamientos o alianzas con Occidente y los Estados Unidos de América, quienes fueron testigos de la decisión del presidente al disolverlo, tras haber ejercido el monopolio del poder durante más de 70 años.
Enseguida sale a relucir el movimiento independentista y nacionalista de la islámica Chechenia - Ingushetia, rica en recursos energéticos, una piedra en el zapato del Oso Ruso. Los chechenos fueron objeto de una política dura por parte de Moscú, quien logró controlar, parcialmente, las tensiones en esa región. Tampoco fue capaz de desactivarlas por completo, más que todo por la radicalización de las corrientes islámicas, cuyos tentáculos igualmente la siguen salpicando, por lo que los efectos se han percibido, a través de la arremetida de ataques terroristas contra objetivos moscovitas.
Gorbachov y Yeltsin fijaron un terreno receptivo a favor de la asistencia estadunidense y del Fondo Monetario Internacional (FMI). Gradualmente, ese organismo global cooperaba en la implantación de las reglas de la economía capitalista de producción, estimulándose de este modo la apertura comercial, la economía de libre mercado, y la atracción del capital extranjero. En dicho lapso se aprobó un tratado de libre comercio con la Unión Europea (1994). Todos estos novedosos distintivos políticos y económicos, constituyentes de “la antitesis del comunismo”, acentuaron, por un tiempo, la visión de que Estados Unidos de América había dejado de ser su rival estratégico, una visión rechazada por los nacionalistas y los mismos comunistas tradicionales - incluido Putin en estos años - , quienes tampoco abandonan el comportamiento ruso de sentirse potencia mundial. Solo que la edad de oro del comunismo había sido superada.
ESCASO COMPROMISO DE OCCIDENTE, Y MUTUA DESCONFIANZA. Los Estados Unidos de América, con el presidente Bill Clinton, se había concentrado, prioritariamente, en la iniciativa conjunta con Rusia, denominada “Socios para la paz”, en la cual, subrepticiamente, se ponía énfasis en la estrategia y la seguridad militar de los antiguos aliados soviéticos del Pacto de Varsovia. Estos, temerosos ante el posible revanchismo de Moscú. Un hecho que no ha dejado de sembrar la desconfianza de los rusos, celosos e indignados, con la perspectiva de que Washington planee intentar el otorgamiento de garantías explícitas de seguridad militar y de defensa a sus antiguos socios del Pacto militar comunista. Ha habido razonamientos y eventos para pensar que tales inquietudes hayan sido una real verdad.
De sobra, que la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) implica una seria amenaza, en la que los rusos dan por llamar, desde instantes atrás, “el exterior cercano” (Pearson; Rochester, idem), producto de su lineamiento histórico de “rusificar sus fronteras y de expandirlas. Con la atracción de la OTAN, por parte de las naciones excomunistas europeas se llegó a desafiar a Rusia en su autoconvicción de ser todavía “un gran poder militar”, y del “reconocimiento de su posición global - según esa nación - , al ser miembro permanente del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, y potencia nuclear.
Washington y la Unión Europa, en particular en la época de Gorbachov y Yeltsin, abandonaron la tesis de haberse concentrado, plenamente, en la asistencia cooperativa, en proyectos económicos conjuntos y la reforma económica. Se alejaron de tales objetivos, más cuando Rusia “continúa siendo un socio bastante necesitado de ayuda internacional”, en tanto su economía prosiga en el estancamiento. Quizás, esto hubiera evitado el renacimiento del nacionalismo ruso que Putin enarbola de manera oportunista, a fin de perpetuarse en el poder. Tras esto, Japón, una potencia que guarda cercanía geográfica con Rusia, se apartó de la agenda constructiva (la de la cooperación y el desarrollo), mientras persistan las históricas diferencias sobre territorios insulares (Pearson y Rochester, idem).
La Rusia de Putin participa activamente en las negociaciones globales; le ha puesto atención a la arquitectura de las relaciones financieras internacionales; se ocupa de la evolución de su cercano socio: la Eurozona, y atiende frecuentemente las recomendaciones del Fondo Monetario Internacional. Cabe destacar que las instituciones financieras multilaterales ingresaron a Rusia, a un país escasamente experimentado en las reglas de la liberalización de la economía y del mercado, a quien se le atribuye altos niveles de corrupción en el mecanismo de las privatizaciones de las empresas estatales, así como la falta de transparencia en la creación de negocios. Con todo, se continúa intentando aplicarlas, específicamente, el procedimiento de desregulación de precios. A la vez, se progresó en la desestatización de la industria, la agricultura y el comercio.
La ineficacia en Rusia en el orden del funcionamiento de las bases de la liberalización y la economía de mercado, acentuó la pobreza extrema de los habitantes, la cual ha llegado a golpear a 75 millones de rusos dentro de una población general de casi 142 millones. "El caótico pasaje a una economía de mercado lesionó los aparatos de producción, desmanteló los sistemas de protección social de la era socialista, lo cual facilitó el ascenso de las mafias que se apoderaron del 73% del sistema financiero o de los bancos; además del negocio lucrativo del tráfico de material nuclear (Instituto del Tercer Mundo, 2009), del cual Irán y Corea del Norte han sido los mejores clientes. La actividad económica y empresarial, tras la caída del sistema comunista, todavía se desarrolla en Rusia en el marco del escaso respeto a las leyes que las blinden de seguridad, transparencia y ética.
El país ruso se desarrolla en medio de una economía dependiente de los fluctuantes precios internacionales del gas y el petróleo, habida cuenta que se ha transformado en el segundo mayor exportador mundial de petróleo, detrás de Arabia Saudita. Se ha permitido la venta de tierras de cultivo, siempre que los compradores sean rusos. Moscú ha captado el apoyo de las transnacionales estadounidenses, con tal de hacer realidad la construcción de un oleoducto de 1750 kilómetros, por el que se transportaría un millón de barriles diarios desde Bakú hasta Turquía. Por eso, la debida urgencia de tranquilizar Chechenia, porque el oleoducto rozaría su territorio.
A la vez, el gobierno ruso sostuvo permanentes discusiones con los Estados Unidos de América cuyos representantes, según él, obstaculizaban la entrada de Rusia a la Organización Mundial del Comercio (OMC), al exigirle condiciones más estrictas que otros. Finalmente, la Federación de Rusia se adhirió a la OMC; pasó a ser el 156° Miembro de la OMC el 22 de agosto de 2012.
EL DOLOR DE CABEZA DE OCCIDENTE. Respaldado por Yeltsin, y ahora decididamente por Gorbachov, la figura de Vladimir Putin, exmiembro en la era soviética del Comité de Seguridad del Estado (KGB), apareció en escena en 1999, al ser nombrado como Primer Ministro. Desprendido de las superadas tesis bolcheviques, y del internacionalismo proletario, en las elecciones del 2000 accede a la presidencia del país, tras unas elecciones bastante cuestionadas. A la fecha, con su socio y leal amigo, Dmitry Medvedev, el gobernante Putin ha dominado el gobierno ruso, alternándose el cargo de Presidente y del Primer Ministro; sin empacho alguno por dar la espalda a los principios de derechos humanos, y al respeto a los líderes de la oposición, a algunos de ellos ha eliminado. El hábil y temido gobernante se impuso recuperar Chechenia para la Federación Rusa. Ha aplastado con dureza la guerrilla chechenia, ligada a yihadistas musulmanes. A la comunidad gay ampliamente la ha reprimido, a causa de las presiones de la Iglesia Ortodoxa, aliada de su régimen autocrático. Según él, le ha asignado al Estado relevancia en el crecimiento de la economía para reducir la pobreza a un 12%. La dificultad reside en que las estadísticas oficiales cuentan con escasa veracidad.
En política exterior, el presidente ruso respaldó inicialmente el Protocolo de Kyoto. En estos días se pronunció en contra de la decisión del presidente estadunidense Donald Trump de abandonar el Acuerdo de París (2015) para la reducción en la emisión de gases contaminantes. En cuanto al Medio Oriente rechazó en su momento la intervención de las fuerzas de la coalición en Irak. Lo señalamos antes, se ha opuesto con insistencia al plan de Washington de extender su sistema de misiles de defensa al este de Europa, así como a los planes de la OTAN de extenderse cerca de las fronteras rusas, siguiendo la tradición zarista.
En cambio, ha prestado oídos sordos a las censuras internacionales, a las firmes posturas de Occidente, en cuanto a sus responsabilidades de provocar e insuflar la guerra civil en Ucrania, en cuenta la invasión a Crimea, pese a las firmes acciones europeas. Pero, es una invasión que sigue atrayendo las simpatías de la mayoría del pueblo ruso, quien rinde tributo a las conquistas colonialistas de sus antepasados. Putin no esconde su aversión contra Occidente, ofreciendo apoyo a sus enemigos, ya sea Irán, cooperó con sus proyectos nucleares; a Corea del Norte, a quien, junto a China Popular, la protege de resoluciones en su contra en el seno del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Una tesitura que se repite al defender en las Naciones Unidas el genocidio, provocado por el dictador de Siria. Alentando una carrera armamentista, arma hasta los dientes a dos “Estados parias” como Venezuela y Nicaragua. Rehace las cooperaciones con Cuba, al dotarla de petróleo cuando fallan los suministros del régimen venezolano. Le hace la vida imposible a Israel financiando a organizaciones islámicas terroristas como Hamas y Hisbulá (Montaner, Carlos Alberto, ídem).
A LA EXPECTATIVA. Durante la década de 1990, tras la desaparición de la URSS y la disolución del Partido Comunista, seguido del mandato de Boris Yeltsin, se presentó la oportunidad de atraer a Rusia a la órbita occidental, en aquel entonces estaba la nación excomunista demasiado desorganizada, desorientada y mucho más pobre que ahora. El presidente Bill Clinton omitió hacerlo, acaso porque fue incapaz de prever que la nación más extensa de la Tierra acabaría chocando otra vez con los estadunidenses. A nuestro humilde entender, Rusia no pasó ni pasará a ser aliada total de la órbita Occidental. Ella es muy ella, su historia, su sentido de identidad nacional se lo prohíben. Al cabp que para llegar a tales extremos ha debido superar eventos duros y escabrosos, entre los recientes: la invasión napoleónica; el desplome de la monarquìa zarista en la Primera Guerra Mundial, y de seguido el levantamiento de una revolución para, de repente, deshacerse de ella. No existen palabras para explicar el sufrimiento del pueblo de Rusia en la Segunda Guerra Mundial contra el nazifascismo alemán cuando perdió en el campo de batalla casi 25 millones de sus nacionales.
El contrasentido consiste en que el gobierno ruso cuestiona, de manera compulsiva, los valores occidentales, oponiéndose a Estados Unidos de América y Europa; fabrica enemigos externos. Nadie amenaza en este instante con atacar a Rusia; “la histeria antioccidental allí se utiliza para desviar la atención de los problemas económicos domésticos”, que vienen siendo graves, dado el bajonazo de los precios internacionales de los energéticos, además del atraso en la productividad. Desafortunamente, las invasiones, otrora de los zares y los comunistas, consolidaron el respaldo a favor de Putin, a pesar de que ya enfrenta terrenos de disidencia (Vladislav Inozemtsev, 2018), tanto de los comunistas como los liberales prooccidentales.
Ciertamente, Putin es un lunar en la sociedad rusa. No obstante, ese pueblo, de los más inteligentes del planeta, a decir del excanciller Gonzalo Facio Segreda en una de sus brillantes disertaciones, sabe y tiene experiencia, a su manera, en cómo deshacerse de estorbos o de temibles enemigos. La historia ofrece testimonio de la caída de los zares expoliadores y degradados, de la derrota del nazifascismo alemán, el derrumbe del estalinismo comunista. Posiblemente, los zares del Siglo XXl se engañan al creer que tienen el control total sobre los ciudadanos. No perdamos la esperanza en la generosidad del futuro.
Ronald Obaldía González (Opinión personal).

miércoles, 24 de mayo de 2017

El doctor Warren Crowther responde artículo de Ronald Obaldía, intitulado "ESLABÓN DE DESCARTADOS"

Warren Crowther escribió con Archivos adjuntos:

Veo, Ronald, una convergencia entre nosotros de inquietudes en cuanto al trato a los/las jóvenes del país.
Llama la atención a algunos de los abusos del sistema. Pero hay muchos más.

Soy profesor de la UCR desde hace 38 años, co-fundador de dos Maestrías incluyendo la de Evaluación de Programas y Proyectos de Desarrollo, así mi manía por monitoreo y evaluación de impacto (y no solamente de resultados) de los PPP: políticas, programas y proyectos. Y pensionado de la ONU después de trabajar en misiones y proyectos de 8 agencias en 39 países, pero residente estas casi 4 décadas en Costa Rica y acá disfrutando el paraíso tropical con la mayoría de mis hijos y nietos (ticos). Los últimos 15 años tratando de mostrar en Costa Rica mejores prácticas con esta generación (y adultos mayores, la otra generación de mayor crecimiento poblacional y maltratado).

Comparto algunas lecciones de esta experiencia con adjuntos, con una ponencia y un informe propios y exposiciones de los mismos adolescentes/jóvenes (A/J). Como Ud. apunta, la burocracia y agendas de agencias gubernamentales, ONGs y cooperación internacional, no abren perspectiva de ver cosas tan críticas y contradictorias, y menos atenderlas. 

Un ejemplo más: para graduarse del colegio, hay que mentir o adoptar una mentalidad que va a conducir a un callejón sin salida en su prospectivo educativo y vocacional. Hay 70 preguntas en el examen de bachillerato en cívica, 4 posibles respuestas a cada una, y para 20 la “respuesta correcta” de ninguna manera es correcta o la más adecuada. Otro problema con esto: esas respuestas obligatorias comunican que el gobierno está manejando las cosas bien. Mientras el mensaje correcto en orientación a estos A/J es que mientras la crisis cierra puertas, la crisis con tantas cosas hay que recomponer abre puertas, pero con la buena selección de especialización y emprendedurismo dado que hay poco empleo dirigido a lo que el país necesita. Pero las universidades no permiten que el MEP ofrezca una orientación honesta y realista (lo que hemos experimentado con 19,000 A/J acá) y los colegios profesionales no permiten que las universidades ofrezcan las especialidades que el país necesita.

¿Qué es la mejor forma de difundir estas inquietudes nuestras para que tal vez tengan impacto en la próxima elección? ¿Y en esos mandos medios?

Atte.,
Warren Crowther

sábado, 20 de mayo de 2017

ESLABÓN DE DESCARTADOS.

ESLABÓN DE DESCARTADOS.

Recientemente, se dio a conocer una resolución, emitida por la Sala Constitucional de Costa Rica que acogemos con enorme satisfacción. En ella se ha reprendido al Estado por abstenerse de preparar a los rezagados en la obtención del bachillerato, correspondiente al nivel de la enseñanza secundaria. Al mismo tiempo, se ordena al Ministerio de Educación Pública (MEP) a implementar un plan de ayudar a los alumnos que reprueben los exámenes de rigor, por lo que en un plazo de 18 meses se deberá coordinar y disponer todas las actuaciones, a fin de cumplir con el mandato judicial.
A nuestro criterio, la relevancia del acuerdo de nuestra Sala lV reside en relacionar el derecho de la educación - quien nadie puede coartar - y el alto valor de la educación a favor de los alumnos, fundamentalmente en lo tocante a la continuidad de los estudios de aquellos, quienes aspiran a llegar a la universidad, los que asumen la búsqueda de oportunidades y emprendimientos, tal que a los jóvenes se les garantice, mediante la obtención de ese título escolar, su plena realización personal y el óptimo porvenir.
La razón principal de que en una nación se privilegie la educación obedece al objetivo final de prevenir la desigualdad y la pobreza, cuyas considerables consecuencias, según Tomás Piketty en su tratado sobre “El capital”, probablemente no serían toleradas por mucho tiempo. Las estadísticas sociales comprueban que las personas de baja escolaridad están condenadas a la pobreza; o en su debido caso, a percibir las inferiores categorías salariales, lo cual les limita su vida social.
Una realidad histórica que le corresponde modificar a las políticas públicas - la sentencia de nuestra Sala lV es una de ellas - y a las instituciones públicas y privadas establecidas.  De modo paralelo, hay que prestar elevado grado de atención al otro segmento de jóvenes con edades entre los 15 y 24 años “que ni estudian, ni trabajan”. Son los llamados despectivamente “ninis”, se distinguen por ser “una generación casi perdida y relegada”, apática, desvitalizada (Fraser Pirie R. 2017), “descartada”, un término al cual recurre habitualmente el Papa Francisco.
Un sector de ellos (los ninis) proviene de familias con aceptables ingresos. Sin embargo, el mayor riesgo lo representan la buena mayoría, proveniente de los estratos económicos inferiores de los países de baja renta, por lo tanto, sumidos en la vulnerabilidad y la desesperanza, expuestos a patologías conductuales. En “el triángulo norte centroamericano”, así también en México y en Los Ángeles - California constituyen la materia prima del crimen organizado, especialmente de las famosas pandillas.
En la mayoría de los casos el promedio de vida de “los ninis” es bastante bajo al subsistir, casi siempre, en ambientes de violencia y degradación. Lo imperdonable es que las sociedades nacionales se hayan despreocupado de ellos, menos aún, se concretan alternativas de rehabilitación y crecimiento.
Comúnmente, se han desdeñado las políticas “positivas y constructivas”, basadas en acciones cívicas y de “pedagogía ciudadana”. Por el contrario, la tendencia de no pocos gobiernos ha recaído en la aplicación de fórmulas reprensibles, y hasta se opta por la eliminación: el sello de los Estados fallidos y erosionados. Así ocurre a través de las prácticas policiales y militares, y el desempeño de fuerzas irregulares, entre ellas, los escuadrones de la muerte, los acompañantes de las violaciones a los derechos humanos.
Siguiendo con nuestra exposición respecto a los “olvidados y descartados”, damos paso a los infractores de la ley o, mejor dicho, los privados de libertad. El concepto rudimentario de la cárcel hay que superarlo, paulatinamente. Ciertamente, que habrá excepciones, por lo que tampoco se puede prescindir del régimen carcelario. A pesar de que algunos le hacen la vida imposible, la Ministra costarricense de Justicia se ha lanzado a la aventura de poner en marcha políticas y acciones novedosas dentro del sistema penitenciario.
De hecho, hay que seguir trabajando todavía más en las políticas de rehabilitación e inserción a la sociedad de los sentenciados a la cárcel. Primero, en esos recintos se debe curarlos, luego educarlos, ofreciéndoles programas de formación profesional y expectativas de empleo, con tal de evitar la reincidencia del delito. A nada se llegará con esas sandeces de formular, a nivel institucional, solamente el endurecimiento de la ley y la cárcel, como medida de cumplimiento de la pena.
Recetas de este carácter pueden ser más dañinas que la misma enfermedad. Y hasta toman forma de disrupciones, las cuales, desde todo punto de vista, son impropias y desfasadas en un régimen democrático de avanzada. En su lugar, aumentemos la convicción que el ser humano es modificable.
Entendemos que los países latinoamericanos se ocupan también de extender sus redes viales, pero casi siempre corren bajo la influencia de intereses exclusivistas, dándose preferencia a las zonas urbanas, y a regiones prioritarias, en las cuales hay producción de significativo valor y rendimiento para las economías nacionales.
Lo contradictorio de tal proyecto de desarrollo reside en el abandono y el olvido de las zonas periféricas y arrinconadas, cuyas poblaciones viven incomunicadas; con demasiada frecuencia margina, entre otros, a los grupos indígenas y al campesinado en extrema pobreza rural, los cuales se ven obligados a soportar condiciones miserables, reforzadas por estilos de vida primitivos, de incentivación a prolongar la lógica de la desigualdad.
En términos de integración y cohesión, hay que concentrarse en las respuestas al fenómeno de la brecha digital. A los Estados nacionales y las organizaciones internacionales les corresponde hacer realidad que todas las tecnologías de la comunicación (Internet, telecomunicaciones, telefonía, etcétera), alcancen con proyectos de desarrollo y conectividad a los grupos de personas marginadas y las comunidades remotas, donde todavía no hay servicios (Editorial de La Nación, C.R, 13 de mayo, 2017). Sin este propósito se incumple con el derecho de acceso universal y solidario, para disminuir la aguda distancia digital.
Millones de personas en el mundo carecen de los beneficios ofrecidos por la conectividad, propia de la cuarta revolución industrial del Siglo XXl. Esa gente será la que conformará la nueva clase de excluidos de la universalización del conocimiento. Lo cual además de recrudecer la trayectoria de la desigualdad, la ignorancia, incluso la ingobernabilidad al interior de las sociedad nacionales, inmediatamente arrastrará efectos irreversibles al ensancharse el abismo existente entre el mundo rico y el mundo rezagado. En particular, este último en donde resulta inaccesible a los amplios sectores de menor ingreso el elevado precio de la Internet, el cable y los artefactos tecnológicos de la información.
Tampoco podemos soslayar la cuestión de la inteligencia artificial, sobre lo cual se ha insistido en el Siglo XXl; un fenómeno bastante tumultuoso para los dos mundos: el rico y en desarrollo. Los antiglobalizadores la condenan, forma parte de su discurso antisistema y ultranacionalista. A todos nos impresiona y atemoriza el riesgo de la radical robotización de “los múltiples procesos de producción y provisión de servicios”, o sea, “el creciente poder de la automatización” que disminuye y desplaza un sinnúmero de empleos, esto ya comienza a evolucionar.
Tengamos presente que “la inteligencia artificial” acarreará, supuestamente, el incremento de la productividad física y de capital, sobre todo, (Saúl Weisleder, 2018), a causa de los ilimitados progresos. En un principio, significará que las tareas marginales continuarán siendo desplazadas por la tecnología sofisticada. Quiere decir que la gente con escasa cualificación quedará sentenciada a mayor pobreza, al estancamiento social y cultural. Tal vez habría de resurgir la opción de la competencia hacia “el trabajo barato”, en caso de que pudiera sobrevivir, (lo dudamos) en la estructura del empleo automatizado. Por lo pronto, en la producción robotizada los trabajadores menos cualificados habrán de componer la clase de “los olvidados y rezagados sociales” (Bill Emmott, 2018). Para nosotros sería otra especie de “ninis” descartados.
En realidad, en nuestros tiempos de la controvertida robotización de los procesos de trabajo, resulta injustificable el ritual de unos cuantos funcionarios, que, actuando de manera individual, o bien a través de gremios mezquinos, a veces amparados en proteccionistas e inflexibles leyes y sistemas de administración de personal, han hecho una deidad la norma, el trámite burocrático, y la respuesta del “no” frente al cambio y el descubrimiento. Llámese esto el sello de la tóxica cultura, generadora de poder y conservadurismo, reproducida, con frecuencia, tanto en las organizaciones públicas como privadas.
Se trata del comportamiento anómalo, destinado a colocarse por encima del interés común, el ingenio, la creatividad, la innovación y los emprendimientos de los servidores pujantes y tenaces. Y guardando las diferencias, extrañamente, termina dando forma en las organizaciones a un particular grupo de “abandonados” y descartados, quienes escogen la huída, habida cuenta de su frustración en contestar lo tradicional y lo convencional.
Tiempo atrás nos confesaba un reconocido docente e investigador costarricense el suplicio suyo por dedicarse a la producción de capital intelectual; así como de los sabotajes y los obstáculos impuestos por sus propios colegas, proclives a preservar el estatus de la unidad académica que los reunía, justamente un estatus patrocinador del inmovilismo y de la indisposición frente al hallazgo.
Vemos entonces que, en cuanto a actitud, en la producción de capital intelectual hay ausencia de una sociedad igualitaria y solidaria, sino retomemos la experiencia de nuestro amigo académico, otro de los abandonados o descartados “del sistema”, pues le calzó aquella reconocida advertencia “que para producir se necesita el consentimiento de quienes no producen nada”.
Ronald Obaldía González (Opinión personal).

viernes, 28 de abril de 2017

ADHERIDOS AL PANAMERICANISMO.


ADHERIDOS AL PANAMERICANISMO.
Poco antes de la independencia de la mayoría de las naciones latinoamericanas del reino español, se sembraron las simientes del panamericanismo. A inicios del Siglo XlX, como corriente política, estuvo al lado del interés de los Estados Unidos de América, quien favoreció los procesos independendistas. Significó un movimiento político ideológico, cultural, tendiente a la unión de todas las repúblicas americanas en estrecha colaboración (Juan Ontza, 1980). Un ideal tomado inicialmente con dudas y posteriormente con entusiasmo. Con menos capacidad política, económica y militar, aun así, los estadounidenses se empeñaron en contener la injerencia europea en el Nuevo Mundo.
En cuanto a los hispanoamericanos yacía la sospecha de cambiar un imperio por otro; una sospecha hecha realidad con el tiempo, que configuraba, con otro lenguaje, la política exterior de los Estados Unidos. A nuestro juicio, con variantes y enormes similitudes, el precursor del panamericanismo, había de serlo la Doctrina Monroe, la que preconizaba el eslogan aquel: "América para los americanos". La doctrina como tal se sustentaba en aquel principio de la política extranjera de Estados Unidos de América de no permitir la intervención de las potencias europeas (o extracontinentales) en los asuntos internos de los países del hemisferio americano, incluida la agresión externa.
Derivada de un mensaje al Congreso por el presidente James Monroe el 2 de diciembre de 1823, la doctrina fue concebida por sus autores, especialmente John Quincy Adams, como una proclamación estadounidense en lo tocante a su oposición frente al colonialismo europeo, especialmente en respuesta a la amenaza que suponía allí la restauración monárquica (Ontza, ídem), además de la Santa Alianza del viejo continente, tras las turbulencias de las guerras napoleónicas.
La Doctrina Monroe había estructurado también el comportamiento de juez, sancionador y guardián de la política exterior estadounidense; el ejercicio de su hegemonía en América. Con la experiencia acumulada, parte de sus ingredientes hubieron luego de expandirse por todo el planeta, sintiendo eso sí, la resistencia de potencias rivales en la era contemporánea, ya fueran la desaparecida Unión Soviética y la propia China Comunista de Mao Tse-tung.
Al carecer la nueva potencia americana de suficientes recursos militares en aras de sostenerla, reflejo de sus ambiciones panamericanistas, tal circunstancia determinó que por largo tiempo no fuera invocada, ni calificada como doctrina. Hasta mediados del Siglo XlX fue empleada por los estadounidenses, a fin de posesionarse de Texas y Oregón (Ontza, ídem), o enfrentar los anhelos frustrados de los británicos sobre varios territorios norteamericanos, incluida la anhelada California, que cayó al final en manos estadounidenses. Trascendía, así, la proclama real de evitar que ninguna nación de Europa o cualquiera de América poseyera más dominio que el que ejerciera en aquel entonces, aunque fuera México la perjudicada, la víctima de usurpaciones.
Propulsora en su conjunto del panamericanismo, la doctrina contó con contestatarios y acérrimos enemigos. En el fondo, la venía rechazando el legendario libertador Simón Bolívar y varios de sus aliados. El criollo hispanoamericano – de ideas y aspiraciones autoritarias - se entregó a la misión de consolidar las perspectivas de la unión de la América hispana; sobre lo cual había luchado hasta su muerte. Según el libertador, esta porción de América habría que unificarla bajo un mandato único, centralizado. Y como garantía de una independencia permanente, él advertía que se debía crear una república grande y fuerte, toda vez de poner a prueba su clarividencia al relacionar el riesgo representado por la inminente potencia en el norte del continente. Por lo tanto, había que desafiar las pretensiones en la América hispana "de cualquier potencia imperial" (Ontza, ídem).
A efecto de poner en marcha sus ideas, en 1826 Bolívar convocó también al Congreso de Panamá - comúnmente llamado el Congreso Anfictiónico de Panamá -. Parte de su ideario acogía los acercamientos de la América hispana con las potencias tradicionales europeas, principalmente a la medida de Gran Bretaña y los Países Bajos, a causa de su proverbial e inmortal enemistad frente a la España colonial, monárquica, más los recelos hacia la emergente y agresiva potencia estadounidense, en donde en el sur de su territorio se ponía de relieve la defensa de la esclavitud.
Inmediatamente después del Congreso surgieron las rivalidades personales entre los generales de “la revolución e independencia hispanoamericana”; explotaron reyertas e intrigas políticas, que terminaron por “destruir las perspectivas de una unión sudamericana, por la cual Bolívar había luchado”.
A partir del pensamiento y la acción revolucionaria de Bolívar, así también de las implicaciones de la doctrina Monroe, en el continente habrá de sobresalir dos tendencias, que inauguran novedosas formas de multilateralismo, relativamente contradictorias entre sí: el hispanoamericanismo “bolivariano”, y, al otro lado, la visión americanista - la cual tuvo mayor éxito - , integradora de la culturas latina, anglosajona, a la cual posteriormente se adhiere la cultura afrocaribeña, una vez que inicia en las comunidades isleñas la consolidación de la independencia nacional.
No son obra de la casualidad los fallidos intentos de integración latinoamericana, por no decir infértiles, evidentes en nuestros tiempos. Al retrotraernos a los siglos anteriores, nos damos cuenta que el hispanoamericanismo arrancó con bases débiles. Una de las causas ya la apuntamos: las rivalidades caudillescas, generadoras, entre otras cuestiones, de divisiones y disputas territoriales, centradas “en las preferencias, intereses y cálculos nacionales”. A la vez los forcejeos y pugnas políticas y económicas por la supremacía en América del Sur, protagonizada por los gigantes Brasil y Argentina, en cierta forma hubo de determinar la geopolítica subregional, con el agravante de colocar en desventaja a los Estados nacionales pequeños, menos poderosos en términos económicos y militares, aún cuando estos gradualmente se alinearon a una de esas dos naciones líderes, con el afán de seguridad y beneficios marginales.
En lo relacionado con la doctrina Monroe, ésta tampoco se mantuvo rígida, ni degradó al extremo la influencia de las potencias tradicionales. Entre otras intervenciones foráneas, llegó a ser desafiada e irrespetada por la Gran Bretaña al invadir las islas Malvinas (1833), ubicadas en América del Sur, las cuales Argentina continúa reclamando hasta hoy. Sobrevino la intervención francesa en México (1862 y 1865), así como la ocupación británica de la costa nicaragüense de los Mosquitos (Ontza).
En cambio, Centroamérica y el Caribe sí estuvieron constantemente bajo la lupa de Washington. Debió prevenir que la pequeña región se saliera de su control. Los intentos de la construcción de un canal interoceánico habrían de entrar dentro de los planes hegemónicos de algunas potencias coloniales. Así por ejemplo, una empresa francesa había fracasado (1888) en la construcción de esa obra en el territorio panameño. En Washington aquello no dejaba de representar factor de riesgo. Era injustificable el ceder en la vital cuenca caribeña el control de las rutas marítimas comerciales, la propiedad de las materias primas, el dominio de los mercados, en cuenta la seguridad regional. En este caso, se aprovechó el abandono francés, por lo que el canal lo hicieron suyo los estadounidenses.
En otra ocasión haremos referencia de la revolución de Cuba (1959), república que pasó al dominio de la extinta Unión Soviética; sí es un hecho que no solo los postulados de Monroe fueron degradados, asimismo, la crisis de los misiles puso en elevada tensión la hegemonía de Washington, precisamente, en la cuenca del Caribe, el área continental de mayor protección. Lo mismo, nos ocuparemos de la guerra centroamericana durante las décadas de 1970 y 1980, esa vez auspiciada por el eje cubano - soviético, en el medio del ciclo de contradicciones ideológicas entre capitalismo y comunismo.
En casi todo el Siglo XlX y el Siglo XX el recelo estadounidense frente a las ofensivas colonialistas europeas en el hemisferio, fue parte del orden del día. Y en este caso la reactualización de la Doctrina Monroe resultó una "opción práctica". La agresividad del coloso del norte en términos económicos, comerciales y seguridad, lo obligaba a proteger "su traspatio geográfico”, por lo que había que poner a salvo, en alta prioridad, los derechos patrimoniales e intereses de sus ciudadanos o empresas, sea interviniendo en los asuntos de algún país (díscolo o quebrantado, de acuerdo con su enfoque) para "reordenarlo", restableciendo los derechos y el patrimonio de su ciudadanía y sus compañías. Entre los posibles ofensores de ellos tampoco se descartaban las potencias europeas, las cuales intentaran fraguar contra sus connacionales.
De los serios yerros y desaciertos de la diplomacia estadounidense. Nació entonces el Corolario Roosevelt (1904), más conocido en el argot latinoamericano como "la política del gran garrote", lo cual hubo de configurar la política dura, la que dio lugar a las intervenciones de los Estados Unidos en Latinoamérica y el Caribe. En esa línea, los Estados nacionales, "discapacitados o desquiciados", serían objeto de las implicaciones del Corolario, en caso de perjudicar subrayados intereses económicos y financieros de ciudadanos y empresas norteamericanas, afincadas en América Latina. A la sazón, los golpes militares, la instauración de dictaduras, las auspiciaron las élites económicas locales, interconectadas a intereses extranjeros; en la región fueron los operadores del Corolario; a su vez, incapaz de frenar la inestabilidad política, hasta hace poco el denominador común de nuestros pueblos.
El Corolario provocó una gran indignación - apenas diplomática y formal - en los dirigencia europea. Eso sí, en términos políticos y militares, los británicos, franceses, etcétera, estuvieron inhabilitados para enfrentar una potencia que gradualmente los iba desplazando. De esto último dio testimonio España que perdió abruptamente territorios coloniales en la América, lo que impulsó a las otras potencias tradicionales, entre ellas Gran Bretaña, Francia y Países Bajos a entablar pactos con los estadounidenses, con tal de mantener sus posesiones, tal que les permitiría tener acceso a las rutas comerciales, conservar y explotar materias primas.
En América Latina, particularmente México, bajo la tutela del dictador Porfirio Díaz, tampoco se mantuvo pasiva frente a la línea dura del "gran garrote" (Big Stick, en inglés). Se produjeron piezas doctrinarias del derecho internacional, de amplio reconocimiento, tales como la oposición a las violaciones a la soberanía de cada Estado; los principios de libertad y autodeterminación de los pueblos, tanto en autogobernarse y decidir su futuro; lo mismo que el rechazo a las intervenciones foráneas, en cuenta la argumentación arbitraria, empleada en lo que respecta a desconocer o reconocer un gobierno (Ontza).
Antes subrayamos que la Doctrina Monroe (1823) bien puede considerarse un intento panamericano. El cual, propiamente dicho tuvo su primera manifestación en la Conferencia de Nueva York (1889 - 90), en la que aparece, ya de manera explícita, la postura del control y la protección asumida por los EEUU en sus comunicaciones e intercambios con los demás Estados americanos. Principalmente, en 1890, con la creación de la oficina de la Unión Panamericana, cuya estructura de organización fue evolucionando, según los acuerdos y resoluciones de cada Conferencia Panamericana. En el curso del incipiente organismo interamericano se firmaron acuerdos en materias comerciales, aduaneras, de transporte, intercambio cultural, etcétera. Al cabo que iba tomando forma el derecho interamericano, a raíz de la firma del tratado Gondra (1923), para evitar o prevenir conflictos entre los Estados americanos. Después quedó derogado por el Tratado Americano de Soluciones Pacíficas (Pacto de Bogotá, 1948).
En las conferencias de Montevideo (1933) y Lima (1938), Washington aceptó el principio de no intervención y la constitución de un organismo colectivo de carácter consultivo para casos de injerencias exteriores. Esa época se distingue por la política de buena vecindad (1936), sostenida por el presidente Franklin D. Roosevelt. Él fue consciente de los sentimientos anti - estadounidenses, desatados por la política dura de su país, practicada tanto en Nicaragua como Haití, y en otros rincones.
La participación de todos los Estados del hemisferio en la ll Guerra Mundial contra el nazifascismo aumentó los principios de solidaridad y colaboraciòn panamericanos, estructurados más tarde en la conferencia de Bogotá (1948), particularmente con la creación de la Organización de los Estados Americanos (OEA); quien al formar parte del sistema de las Naciones Unidas, es un organismo “por el cual se equilibró la posición del predominio estadounidense”,
Paulatinamente, la influencia política estadounidense en América Latina se fue reduciendo; a pesar de ser aún significativa, “dejó de tener la intensidad de épocas anteriores”. Lo cual preocupó a la administración de John F. Kennedy que trató de asegurarla con la Alianza para el Progreso (1961 - 1970), un programa de ayuda económica, política y social de Estados Unidos de América a favor del desarrollo de América Latina. Proyecto que fracasó ante las tendencias conservadoras de las clases dirigentes nacionales, ocupadas más del financiamiento por intermedio de la cooperación, que de alentar las reformas sociales y políticas en sus respectivos países, dictadas por la propia Alianza.
La OEA, como mecanismo de diplomacia parlamentaria, además de producir un acucioso volumen de doctrina jurídica, política, económica y social de carácter interamericano, igualmente le ha permitido a los Estados pequeños defenderse mediante el voto, en especial, de ciertas imposiciones de Washington y de otras potencias americanas. Pues el voto del pequeño tiene el mismo valor que el del Estado grande, en este caso, México, Brasil, Argentina, Canadá, los Estados Unidos de América, etcétera. Los cuales carecen, ciertamente, de poder veto alrededor de las resoluciones adoptadas por sus diferentes instancias de deliberación.
Por eso señalamos que en el funcionamiento de la OEA y su red de organismos especializados estriba la superioridad y éxito del panamericanismo (o el interamericanismo), a pesar de algunas fallas y debilidades - la Guerra de la Malvina en 1982 fue una de ellas -. Con todo, fuera de dicho sistema cooperativo y multilateral, lo demás llegará a ser ficción y populismo transitorio.
Ronald Obaldía González (Opinión personal)

martes, 28 de marzo de 2017

REFLEXIONES SOBRE FRANCIA, Y EUROPA TAMBIÉN.



REFLEXIONES SOBRE FRANCIA, Y EUROPA TAMBIÉN.
Reconozcamos a Francia entre las naciones occidentales, gestoras del liberalismo en la era moderna, al lado de los preceptos de la república, una concepción filosófica de organización y orden social. En ella, como en casi toda Europa, antes había tenido lugar a plenitud el sistema feudal, principalmente a comienzos del Siglo lX, o sea en la Edad Media, cuando hubo de ser además víctima de la expansión islámica. Aún así, el territorio galo, así llamado por los romanos, llegó a convertirse, en alianza con la Iglesia Católica, en una de las grandes potencias comerciales y culturales, especialmente entre el Siglo X y Siglo Xlll.
El feudalismo, un edificio social jerarquizado, se basó en la producción agraria y civilización rural. En ese ciclo histórico, el poder había sido ejercido, de modo absoluto, por la monarquía, la aristocracia y la Iglesia. Todas estas clases e instituciones hegemónicas vivieron rodeadas de privilegios; avasallaron la mayoría de la población, compuesta por masas de campesinos empobrecidos. Lo cual presagiaba una inminente ruptura y cambio social.
Superado el episodio del régimen antiguo, la burguesía y el pueblo constituyeron un bloque histórico, con la vista puesta en la construcción de un sistema social, favorecedor de la producción o revolución industrial, la libertad de comercio y la civilización urbana. Se instauró, gradualmente y con tropiezos, la república, tras el impulso de la Revolución Francesa (1789), resistida por el resto de la Europa feudal y monárquica.
La ilustrada Revolución impuso un nuevo orden político y económico, ocupado en su primer momento de confiscar y nacionalizar los bienes de la alta jerarquía feudal. La resistencia europea contra el novedoso esquema social francés derivó en la invasión germana al territorio francés. En cierta medida, este hecho comportó el desencadenamiento posterior de una diversidad de disputas y rivalidades entre las potencias europeas, así como el auge de corrientes ideológicas, que hubieron de impactar luego el equilibrio y el balance del poder (Henry Kissinger, sf) de la sociedad europea, en su conjunto. Fenómenos que podrían tener a la vez un alto grado de vinculación con el florecimiento de las corrientes ultranacionalistas y radicales, que estremecen, en este instante, la política europea, en cuenta a Francia, principalmente.
 Simultáneamente, la Revolución proclamó la democracia, fundamentada en “la igualdad por naturaleza del género humano”. Por lo tanto, se concebirá un Estado unificador, soberano, representante de la ley, nacido del consenso popular y de la división de poderes, con sentido nacional e identificativo, praxis que retoma, en exceso, la radicalizada Marine Le Pen, líder del Frente Nacional.
 Asimismo, habría de tener lugar la Declaración de los derechos del hombre, la cual reconoce la inviolabilidad de la propiedad privada, la igualdad de todos los hombres ante la ley, así también el derecho del pueblo a la resistencia frente a la autoridad arbitraria y abusiva. Imaginemos entonces los cimientos axiológicos y seculares de la revolucionaria Declaración, contrastantes con el Islam político. Todo ello, coincidente y concatenado con los eventos de siglos pasados, cuando se había reflejado el antagonismo y la aversión europea (y francesa) hacia ese credo religioso, abundante en tesis que reniegan de los principios de la libertad y la tolerancia.
 La Revolución francesa, la cual hubo de caer en manos de la burguesía, dio a la vez fisonomía al sistema de producción capitalista y la república liberal. Alteró no solamente un orden arcaico, sino que contribuyó ampliamente a transformar las instituciones europeas; sentó las bases ideológicas, doctrinarias de nuestra civilización occidental, dada la influencia de prominentes pensadores humanistas, que trascendieron de manera global.
Respecto a los altibajos de la Revolución, en cuanto a la consolidación de la república, hay que hacer mención a uno de ellos: la entrada en escena del imperio de Napoléon Bonaparte (1804 - 1815). A pesar de su despotismo y rapaces conquistas territoriales, de carácter bélico, en buena proporción de la Europa Occidental y Central; aun así, se le atribuye a él la vigencia del Código Napoleónico, con lo cual instituyó la primera estructura constitucional republicana, de los cinco ajustes políticos y jurìdicos, los cuales han dado vigor a la República Francesa.
A ella (la Revolución) le debemos el vocabulario político, compuesto de símbolos, palabras e ideas políticas, con las que vivimos hoy (Jean Touchard, 1977), las cuales datan de su período más inmediato (1789 - 1815), ya sean los conceptos de derecha e izquierda," Directorio", sufragio universal (masculino), patria y nación armada, golpe de Estado, burguesía, el ascenso social e individual, los movimientos populares - las comunas y los jacobinos como sus antecesores- , asamblea nacional o general, propiedad común, la abolición de la propiedad privada (fuente del marxismo, al igual que la experiencia de la Comuna de París en 1871), el culto a la razón, lo secular, la defensa de la soberanía nacional, etcétera.
 El sentimiento nacionalista e imperial quedó firmemente arraigado en Francia, lo cual modeló su propio comportamiento internacional. Siguiendo los pasos de los ingleses, holandeses, belgas, portugueses en la estrategia del reparto del mundo, en la búsqueda y la acumulación de materias primas y el dominio de las rutas marítimas comerciales, los franceses conquistaron y colonizaron múltiples territorios del Medio Oriente, África - especialmente Argelia (1830) - , Asia, el Océano Pacífico, la Indochina y América.
Entonces, identifiquemos una Francia, con profundo arraigo republicano; una potencia global y colonialista, centralizada y autoritaria, al tiempo que logró rescatar los territorios de Alsacia y Lorena, despojados por Alemania en la guerra de 1870. Tales antecedentes expansionistas y hegemonistas ofrecen una especie de “reversión paradójica”. Es decir, "un bumerán", por cuanto tal predominio, en la mayoría de las veces, arrastró expoliación, iniquidad, división religiosa y cultural, inestabilidad política y social en los confines subyugados. Aquel dominio de ultramar, con el paso de los años, vino a parar en una incertidumbre, e inmanejable, a causa de la extrema complejidad del terrorismo yihadista de nuestros días, el cual viene mortificando a Europa, en particular las antiguas potencias colonialistas, y que en esta etapa se reúnen en coaliciones militares, con tal de derrotar el violento fundamentalismo islámico en el Medio Oriente y Afganistán.
Lo cierto es que de potencia colonizadora, desde décadas atrás Francia experimentó un repoblamiento, semejante a un país colonizado por quienes otrora fueron sus súbditos, sean los árabes (musulmanes sunitas), los africanos y gente del Asia meridional - no pocos de ellos refugiados, que escapan de las guerras locales -, destinatarios también de las costosas transferencias del sistema de seguridad y protección social, bastante debilitado, según la opinión del público. Entiéndase un fenómeno inmigratorio que resienten y adversan los franceses nativistas xenófobos y racistas; de lo cual acusan al proceso integracionista, representado por la Unión Europea, en razón de sus políticas migratorias, permisivas, de fronteras abiertas.
 Por eso, han florecido conductas y reacciones antieuropeas, que calzan con el ultranacionalismo y el extremismo radical, opuestos a las instituciones comunitarias de la integración continental, en cuenta la zona económica y monetaria común, hasta cierto punto rasgos patrimoniales, afines al neo-nazifascismo.
Las credenciales y estigmas de nación imperial, condujeron a introducir a Francia a la Primera Guerra Mundial. Terminó sufriendo cuantiosas pérdidas económicas. En línea con su temperamento imperial y colonialista, en alianza con las otras potencias tradicionales, se impusieron graves compensaciones y reparaciones de guerra a la derrotada Alemania. Hasta exigió su desarme. Lo que siguió, la historia se ha encargado de relatar, explicando la respuesta de la sociedad alemana - los galos llevaron la peor parte - frente a los excesos europeos, que vinieron a reducir la moral y la estima nacional, en lo cual la nación gala fue la principal artífice. Puso en evidencia los antecedentes de potencia inescrupulosa. Sin embargo, la historia posee el atributo de cobrar facturas, el precio de estas fueron al máximo desventajosas contra París.
 En la ll Guerra Mundial la nación francesa fue víctima de la humillante y apabullante capitulación a manos de la Alemania, dirigida por el régimen nazifascista de Adolfo Hitler. El führer llegó a ocupar (1940) más de la mitad del territorio francés, siendo esto de los mayores traumas históricos del pueblo galo. Le sobrevino un enorme descrédito y desprestigio, al extremo que se cuestionó la determinación de habérsele concedido - con tal antecedente - un escaño permanente en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas (ONU), una vez instaurada la organización multilateral. En cambio, el correcto desempeño de las grandes potencias aliadas - Estados Unidos de América, la Unión Soviética, Gran Bretaña y China Comunista - frente al eje nacional fascista, compuesto por Alemania, Italia y Japón, bien justificó ese "derecho natural" de conformar de manera vitalicia el principal órgano de la ONU.
 Con la rendición, la nación francesa desdibujó su propia historia llena de poderío, pasando de lo sublime al demérito. Más bien fueron las tropas soviéticas - rusas las que hicieron el sacrificio mayor en la guerra de Normandía, para liberar su territorio del nazismo. Por eso no es de extrañar el habido acercamiento francés con el Pacto de Varsovia en tiempos de la Guerra Fría, imitado ahora por la ultranacionalista y antieuropeísta la carismática Marine Le Pen, y su Partido Frente Nacional, en las nada casuales y fraternales conversaciones con Vladimir Putin; por cierto acérrimo enemigo y saboteador de los postulados de la Unión Europea - de la cual ha obtenido mayor provecho Alemania, el eterno rival de franceses y rusos - , así también de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN).
El declive galo en cuanto a potencia global corrió más allá de la capitulación. Poco después de la conclusión de la ll Guerra Mundial, Francia inició un brusco periodo de pérdida de hegemonía sobre sus colonias. Por su parte, le ha sido difícil reconocer - por orgullo nacionalista - el haber sido de las mayores naciones del viejo continente, beneficiarias del Plan Marshall estadounidense; asistencia que le hubo de permitir la modernización de su industria, fomentar la investigación científica, lograr la estabilidad económica, aumentar 47% el ingreso per cápita, avanzar en seguridad social; y hasta convertirse en potencia nuclear,
En el Tercer Mundo emergieron los movimientos de liberación nacional, las tesis de la descolonización, habida cuenta del espíritu de democracia y de legitimidad global de los derechos humanos, enarbolados, en aquel entonces, por la incipiente Organización de las Naciones Unidas, unido al otro factor estratégico: la fuerza de la Internacional Comunista, la cual ganaba prestigio, a causa de su colaboración para acabar con la alianza fascista. Fueron de lo más traumático y desmoralizador para los franceses las guerras anticolonialistas y de independencia de Argelia (1954), la del mismo Vietnam, cuya ebullición arrancó en esa misma década de 1950. Desgastaron la república. Otra vez su identidad nacionalista es golpeada.
 Arribamos a la revolución de 1968, la cual lesionó las bases liberales, desvirtuadas por gobiernos semi-autoritarios e impopulares. Lo cual dio cabida a nuevos movimientos contestatarios, entre ellos, los reclamos por la libertad de cátedra en las universidades, los activistas sociales de la talla de los ambientalistas o verdes, las voces antinucleares, los feministas, la comunidad gay.
La fuerza de tales corrientes hizo posible el ascenso del gobierno socialista de Francois Mitterrand en 1981, bajo una coalición con los marxistas. El nuevo gobierno practicó nacionalizaciones de algunos sectores económicos clave, e impulsó una agresiva política social. La derecha liberal debió acomodarse a la emergente recomposición de fuerzas, lo cual hizo inevitables las transacciones con los denominaciones izquierdistas. Razón por la cual se aceleró el esquema de la "cohabitación", a través del cual los liberales y la izquierda conformaron gobiernos de unidad, pro - europeos; entre ambos se dividieron el poder gubernamental. Eso sí, se retornó a las privatizaciones, pero se conservó la polìtíca social, decretada por Mitterrand.
El pasado de decadencia del nacionalismo francés, el predominio del bloque unitario europeo, al igual que las transacciones, y entendimientos entre liberales y socialistas (la cohabitación) fueron los factores determinantes que dieron un renovado impulso al ultranacionalista, antisistema, xenofóbico Partido Frente Nacional, el cual hizo una campaña exitosa por el NO en el referéndum de la Constitución Europea, el que venció por un 55%, frente al 45% del SÍ.
Jean- Marie Le Pen, un exparacaidista nacido en 1928, que combatió en las guerras coloniales de Argelia e Indochina, fundador de dicha denominación política, estuvo bastante cerca de haber triunfado en las elecciones presidenciales del 2002. Su hija Marine Le Pen retomó el liderazgo del partido; como mínimo, ella podrá llegar a la segunda ronda en los comicios de este 23 de abril. El gobierno socialista de Francois Hollande es objeto de una subrayada desconfianza popular; los partidos de la derecha liberal están sumidos en desentendimientos; varios de sus líderes han debido enfrentar cargos de corrupción.
Al intentar desmarcarse, dudosamente, del neofascismo, la candidata Le Pen proclama el retorno a las fuentes del nacionalismo francés, esta vez para rechazar abiertamente las migraciones y los flujos de refugiados, provenientes del Medio Oriente, Asia y África, la gente que ejecuta los trabajos desechados por los nativistas. Es decir, se trata además de las expresiones o las tesis del antieuropeísmo, signado por el triunfo del Brexit de Inglaterra. Ella ha sembrado expectativas alrededor de la presidencia del líder anti - sistema Donald Trump, gestor de la fusión de los movimientos entre la gente blanca estadounidense y europea.
 La candidata ataca a los proeuropeos partidos socialistas, los liberales, los de la derecha conservadora, estos herederos del pensamiento del general Charles de Gaulle - quien se enfrentó a la ocupación nazifascista - , al responsabilizarlos del "crash" financiero del 2008, del estancamiento económico y científico, el desempleo, de los abismos entre las distintas clases sociales. La carismática candidata, pudiera que salga con "un domingo siete" en los comicios de este abril. En política todo es posible.
Tengamos presente que, "a modo de efecto dominó", las corrientes políticas de la extrema derecha, ultranacionalista, antisistema, xenofóbica, y hasta racista, se han multiplicado por Europa entera, incluso, peligrosamente en Alemania, en donde el nazifascismo se incubó en su momento. En los diversos procesos electorales del continente acumularon terreno. Al mismo tiempo, hace uso de un discurso social populista, por el cual atrae a las capas sociales de menores ingresos, desfavorecidas de las políticas (globalizadoras) de la apertura comercial, la desregulación financiera y la libre movilidad de los factores de producción, institucionalizadas por la Unión Europea.
A la vez dichos movimientos radicales proclaman los preceptos de economías y mercados autárquicos, así como del orden político riguroso, al devolverle los poderes tradicionales al Estado Nacional. Se censura a las clases dirigentes tanto nacionales como las del bloque comunitario, a quienes acusa de burocráticas, corruptas e ineptas, quienes abrieron las fronteras al integrismo islámico, éste propulsor de la anticivilización, además de acucioso en lo tocante a extender el terrorismo, así como otros símbolos religiosos ajenos a los valores y normas occidentales.
Solamente en Francia viven más de 6 millones de musulmanes sunitas; se supone que varias agrupaciones suyas tienen tentáculos con los yihadistas sunitas del Medio Oriente. La islamofobia, excelente material político para Le Pen, del cual tampoco se escapan varios partidos tradicionales europeos proclives, a veces, a las medidas anti - inmigratorias y ultranacionalistas.
El acto terrorista de este mes en Gran Bretaña amplía el entusiasmo de los franceses hacia la hermosa rubia, apenas menguado por el triunfo de los liberales en las recientes votaciones de Holanda, donde la ultraderecha había retomado empuje después del asesinato del cineasta (anti - Islam) Theo van Gogh.
Aunque Marine perdiera las elecciones francesas “todavía la amenaza del ultranacionalismo y el extremismo persiste”. Lo peor que pudiera pasar es que sea exportado a América Latina. Mientras tanto, continuemos fomentando las voces dominantes, que tengan relación con los valores de la democracia pluralista, el Estado de derecho y el libre comercio. Y también pensar y actuar con misericordia ante el débil y el caído.
Ronald Obaldía González (Opinión personal)

domingo, 5 de marzo de 2017

TRAS LAS HUELLAS DEL POLÍTICO EMERGENTE DONALD TRUMP.


TRAS LAS HUELLAS DEL POLÍTICO EMERGENTE DONALD TRUMP.
Un alto precio arrastra para la clase dirigente estadounidense el gobernar en un estado democrático liberal, multicultural, compuesto por fuerzas políticas heterogéneas, compactas e influyentes organizaciones civiles, en donde el capitalismo con libre mercado apuntaló la gran potencia universal, especialmente en el periodo de entreguerras mundiales. La sólida descentralización del poder continúa siendo parte de sus virtudes, y la base nacional y cultural de esa Unión abierta y pluralista. Así, hubo de concebirse desde sus cimientos históricos. La propia Constitución Política de 1787 debió expresar ese genuino valor ideológico, político y cívico.
El sistema de pesos y contrapesos (y de frenos) en el sistema político estadounidense reafirma la voluntad popular de restarle poder a la autoridad, o al representante democráticamente electo. En esto hay que remontarse a los antecedentes históricos. Colonizadores sajones y europeos que se liberaron de las ataduras feudales y del control absolutista, arribaron a esa porción del Nuevo Mundo "a fin de formar una Unión más perfecta, promover el bienestar general y asegurar" para ellos mismos y para sus descendientes los beneficios de la "Libertad", la ciencia y la prosperidad; en el ambiente “societal”, protector del sistema de mercado, cuya capacidad le permite a los ciudadanos y los inmigrantes acumular riqueza, talento, en el tiempo, a decir del famoso magnate Warren Buffett.
O sea, tendremos Estados Unidos de América (USA) indefinidamente. Habrá resfríos en esa ruta sin final de la libertad, la justicia, el crecimiento económico, la producción, el comercio y el consumo de bienes y servicios (de toda índole), del sofisticado conocimiento científico; la administración de Donald Trump puede que sea uno de esos resfríos. Lo que sí es preocupante y digno de la mayor atención es que haya tantos ciudadanos de USA viéndolo bien (Sergio Erick Ardón, 2017).
Esta vez el magnate republicano fue elegido gracias al respaldo de republicanos y demócratas blancos anglosajones, provenientes de los trabajadores y la clase media baja , por conductores de camiones, vendedores, agricultores, por hombres y mujeres "que tienen las manos llenas de callos". Constantemente, Trump se dirige a ellos, concitando a su formación política, el Partido Republicano, al declararlo como el defensor de los trabajadores y obreros estadounidenses, cuando en verdad ha sido a la inversa. Pues desde larga data, dicha denominación se ha distinguido por las causas de los sectores de más elevada renta e ingresos, entre ellos, los multimillonarios y los líderes de las grandes corporaciones transnacionales.
De uno de los diarios estadounidenses leímos, hace poco, que el 56% de blancos anglosajones - la etnia predominante - dice apoyar a Trump. De las etnias minoritarias: el 73% de los afroamericanos lo objetan todavía; sin embargo, durante el proceso de los comicios, ese porcentaje fue mayor, casi el 80%, en el primer mes del gobierno de Trump ese rechazo bajó. Pensando en la reelección presidencial, él viene acercándose activamente a los líderes de la comunidad negra. Mientras tanto, el 89% de la comunidad hispana lo rechaza. Casi que se ha mantenido inalterable el punto de vista de desaprobación de parte de los latinos o hispanos. Estos números hacen prever la disolución gradual del bloque unitario entre hispanos y negros, el que le rindió abundantes réditos electorales al Presidente Barack Obama.
Hay que admitir que significa una exacerbación el hecho de que a la inmensa mayoría de los trabajadores blancos y afroamericanos, escasamente, les interesa la cuestión del medio ambiente, el calentamiento global, los conflictos internacionales, en otras palabras, las complicaciones sociales. El examen de esas materias se focaliza en las clases de medianos y altos ingresos, compuestas por determinados políticos científicos, profesionales, líderes y activistas de la sociedad civil y la propia academia, donde el magnate encuentra resistencia.
En cambio el empleo, el salario, el consumo, y el confort son la razón de vivir del trabajador común. Trump se aprovechó de este modo simple y restringido de ver la vida, el cual se transformó en la fuente de su caudal de votos. Es lo mismo que el "sueño americano", sea vivaz o no, pero que, por más muros habidos, continuará atrayendo migración, proveniente de las más remotas latitudes. Es la ilusión. Ni la China, tampoco la India, menos Rusia, están escogidas como naciones de destino entre los planes de los migrantes y los refugiados, a quienes sus naciones de origen, les ha negado oportunidades básicas y un mínimo de patrimonio.
Por lo poco convencional que resultará la obra del Partido Republicano en manos del actual Presidente, tampoco ello podría llegar a convertirse en deriva desestabilizadora del régimen político. Por el contrario, se intentará auto-reafirmar y perpetuar. El factor clave será la inclinación suya (de Trump), principalmente, hacia las posturas nacionalistas, sustentadas en los intereses domésticos (“American First”), desde ya, con notorias determinaciones y próximas implicaciones en la seguridad doméstica o nacional - frente al terrorismo y el crimen organizado - . Ante lo cual destaca la construcción del muro en la frontera con México; su levantamiento es parte de sus armas frente a la migración, tan real y seria amenaza - según el Presidente - a la seguridad interior, como los residentes musulmanes.
En cambio, las inextricables relaciones entre allegados de Trump y los diplomáticos rusos, con el mismo Vladimir Putin, pone a varios senadores y congresistas a dudar acerca de la congruencia y autenticidad de la visión de seguridad nacional de la recién inaugurada Administración. Luego está en curso el afianzamiento, todavía mayor, del poderío atómico y militar, coexistente al económico, comercial y las inversiones.
Cabe resaltar, la empeñada idea de la Casa Blanca, en cuanto a derogar las reformas financieras Dodd-Frank del año 2010, con el propósito de disminuir los controles a las inversiones y los flujos financieros (Joseph E. Stiglitz, 2017), acompañado de reformas tributarias, favorecedoras de recortes de impuestos a las empresas privadas. Justamente, fueron las políticas y las medidas regulatorias las que han proporcionado mayor seguridad a los bancos, tras las turbulencias financieras del 2008.
Se prepara en paralelo duplicar el crecimiento económico al 4%. En este empeño, las empresas y las compañías representarán el firme sostén. Posiblemente, se les elevará el volumen a estos objetivos, en compañía de los subrayados excesos en inversiones alrededor de la infraestructura local, eso sí, bajo el riesgo de “minar las finanzas públicas”.
En lo tocante a su discurso – "que comienza a moderar" - a favor del proteccionismo comercial y el aislacionismo, es, para nosotros, precisamente eso: un discurso provocador, con el cual intenta “probar los límites de otros"; a diferencia de los pronunciamientos nacionalistas, de lo cual ha ofrecido claras señales, tales como, el énfasis y rechazo en torno al déficit comercial con China, con quien podría alimentar una "guerra comercial". Insostenible. Ambas potencias saldrían bien lesionadas (Keyu Jin, 2017).
Lo otro del gobernante estadounidense son las advertencias que giran sobre las disputas de la China comunista con el Japón, Corea del Sur, Vietnam, Taiwán, etcétera, al estar en juego la posesión de espacios marítimos en Asia Pacífico. Lo cual posibilitó en días anteriores la movilización de un poderoso buque de guerra estadounidense en la zona de tensión, con tal de contener los ímpetus expansionistas chinos. A la vez, de ese nacionalismo se desprende el intento de acrecentar el presupuesto militar en un 10% - equivalente a $54.000 millones - "para ganar las guerras" pendientes; adyacente “al riesgo inherente” del aumento del poderío nuclear, el cual está presente en la mente del nuevo presidente.
En las sociedades humanas hay leyes ineludibles. Frente a ellas, el mismo magnate, con todo su poder, llegará a ser totalmente débil. Desde su formación, la nación de George Washington, Abraham Lincoln y Ronald Reagan asumió, al lado de las naciones liberales y de tradición judeo cristianas de Europa, compromisos y responsabilidades para con la humanidad, los cuales estuvieron lejos de ser provisionales, menos aún, transitorios. Y con esa disposición histórica en pos de la prosperidad económica, las alianzas democráticas, fundadas en el respeto a los derechos humanos y del Estado de derecho, hizo, además, que la sociedad estadounidense haya ganado o capitalizado (Stiglitz, idem), en cuenta en seguridad. De modo que renunciar a tales presupuestos es cosa inimaginable, más ahora que persiste una visión optimista de la economía estadounidense, en lo cual los aportes del mandatario Barack Obama fueron determinantes; al cabo que Wall Street corre en subida, “inmune a la incertidumbre política de Trump”.
En ese orden, consideramos conveniente hacer una salvedad entre el nacionalismo populista de Trump, el cual tiene acción en la nación más desarrollada - en todos sus extremos - del planeta: una máquina económica y tecnológica, "bien engrasada", de múltiples dimensiones. Por lo tanto, para nosotros resulta inverosímil equiparar los presupuestos y expectativas de él con el histriónico y fallido socialismo populista de las naciones latinoamericanas del ALBA, entre ellas, Venezuela, Ecuador, Nicaragua y hasta la propia Bolivia, producto del cual dichas economías cayeron en la ruina.
El episodio del populismo europeo lo dejamos para otra ocasión, a pesar de que pensamos también en sus reales particularidades, que se diferencian en su naturaleza del que traquea hoy en USA, y el de las naciones populistas de nuestra región. Los efectos de cada uno de esos fenómenos populistas y nacionalistas obedecen a evoluciones y factores distintos, es decir, poseen sus particulares antecedentes, comportamientos y reacciones, por cuanto, expresan realidades específicas, diferenciadas, de los Estados Unidos de América y de la región latinoamericana, en donde aquel (el populismo) tuvo cabida. Lo cierto es que hacer tal equiparación es aceptar un "barbarismo", una confusión que hemos encontrado en varios reportes de opinión.
Las realidades históricas, políticas y económicas entre Estados Unidos de América y el ALBA son diametralmente distintas. En el caso particular del socialismo populista de Hugo Chávez (qdep) y de sus satélites, este renació sobre la base de economías rezagadas, precedidas por el dominio de élites férreas, autoras de desigualdades y exclusiones sociales, así como de estructuras políticas erosionadas, sumergidas en la ingobernabilidad y la corrupción. Proponemos este supuesto para trabajar con miras a una mejor comprensión del origen y configuración de las expresiones populistas del Siglo XXl, sobre lo cual hay que partir de las propias identidades y los desarrollos políticos nacionales.
Refiriéndose a la necesidad de perfeccionar el orden comunitario europeo, el excelente y versátil académico y diplomático español, Javier Solana, sugiere en una de sus recientes publicaciones, el retomar la relevancia del multilateralismo, como la mejor herramienta, “en un mundo interconectado”, para mantener la paz, compartir intereses, fomentar la concordia y la solidaridad en las relaciones exteriores
A través de ese esquema de diplomacia - dice este español -, que, además de “practicarlo a diario”, se habría de facilitar la vocación de “que cediendo todos, ganamos todos”, aparte que las complicaciones y vicisitudes “no pueden ser abordados a nivel nacional”, tampoco de modo bilateral. La misión será confrontar y neutralizar las corrientes populistas - nacionalistas, los extremismos, más todos aquellos mensajes y declaraciones excluyentes, incluido el “unilateralismo”, llámese para nosotros, una gama de desviaciones, que ponen en grave riesgo la estabilidad global. Brillante y atinadas las ideas de Solana. Hay un pero. Observamos sumamente frágil, paralizado y timorato al Sistema de las Naciones Unidas (ONU) para que sea capaz de concederle mayor legitimidad, valor y efectividad al multilateralismo. Desde que era jovencillo hemos venido escuchando la reforma de dicho sistema de diplomacia parlamentaria.
Ronald Obaldía González (Opinión personal)