miércoles, 5 de julio de 2017

QATAR ASUME UN COSTO ELEVADO POR REAFIRMAR SU POLÍTICA INDEPENDIENTE EN EL MEDIO ORIENTE.

QATAR ASUME UN COSTO ELEVADO POR REAFIRMAR SU POLÍTICA INDEPENDIENTE EN EL MEDIO ORIENTE.


En los tiempos remotos de  sus interrelaciones sociales y culturales con la India y Mesopotamia,  el  pueblo peninsular de Qatar, ubicado en el golfo Pérsico,  se  distinguió por la pujanza  de su comercio, así como de su celo en conservar su autonomía e integridad territorial, al colmo extremo en que sigue vigente la tradición nacional de impedirle   a los “no ciudadanos”  ser propietarios de tierras.  

A pesar de los apetitos de sus vecinos árabes, especialmente Arabia Saudita y Bahréin, así también de  los  turcos y europeos, tentados en dominarlo a lo largo de su historia, fuera  particularmente por la riqueza de sus perlas, hubo de ser Qatar  una nación tan próspera, que nunca se ha escapado de  la mirada  codiciosa de sus vecinos (o más bien adversarios), entre ellos, los persas,   Kuwait, Omán, los Emiratos Árabes Unidos, más  el gigante Arabia Saudita - protector de los Santos Lugares musulmanes - ,  y especialmente Bahréin. Este último,  con quien mantiene a la fecha disputas territoriales ante la Corte Internacional de Justicia de La Haya (CIJ),  en cuanto a la posesión de islas del golfo, compuestas por suelos ricos en petróleo.

En medio de un bajonazo mundial en el precio de las perlas, suscitado por el Japón en 1930, por primera vez la economía qatarí experimentó un grave estancamiento, al cabo que el gobierno monárquico, además a un precio ridículo,  debió vender a favor de los  ingleses e iraníes  los derechos de prospección, explotación y producción de petróleo, cuyo auge en el  territorio árabe   inició tras la conclusión de la Segunda Guerra Mundial (Instituto del Tercer Mundo - ITeM - , 2009).

En este caso de la apropiación extranjera  de los recursos naturales de los territorios árabes, inmediatamente después estallaron  los reclamos y los signos de  las reivindicaciones de los agitados movimientos nacionalistas, los cuales tuvieron lugar en toda la segunda mitad del Siglo XX en el Medio Oriente.  Lo antes dicho, movilizó fuerzas hacia lo que dio pie a que en la década de 1980 las naciones árabes del Golfo  se decidieran a fundar el hoy controvertido  Consejo de Cooperación del Golfo (CCG), el grupo incluye a Arabia Saudita, Qatar, Emiratos Árabes Unidos (EUA),  Kuwait, Bahréin y Omán.  En conjunto controlan el 40% de las reservas mundiales de petróleo y en torno al 25% de la producción del gas.

En no pocas circunstancias las monarquías árabes se aprovecharon de tales procesos de des- nacionalizaciones de los recursos energéticos, con tal de beneficiarse con rentas ofrecidas por los consorcios extranjeros. En la experiencia de Qatar, uno de los monarcas  incurrió en prácticas corruptas;  fue destituido por la propia familia gobernante.

Al igual que la experiencia de varias naciones  árabes, las expropiaciones de las instalaciones petroleras extranjeras tuvieron lugar en el emirato de  Qatar. A tal efecto, se creó una poderosa  empresa estatal, impulsora de la expansión económica, con rasgos nacionalistas, especialmente en términos económicos y culturales. Esto trajo consecuencias en la psicología social del emirato de dos millones de habitantes, sobre todo,  en función de evitar una profunda transformación de la identidad nacional y en el conservadurismo social, por cuanto la modernización y la expansión productiva, de la que hablamos,  atrajo la inmigración proveniente de países como la India, Pakistán, Irán, Palestina y de otras naciones islámicas, la cual en su conjunto  (sea la inmigración) continúa representando en esa nación árabe, de un tamaño de 11.500 kilómetros cuadrados, el  60% de la población activa, en donde sólo 250.000 son nacionales en un total de 2 millones de habitantes. Una nación, regida  en los fundamentales de las  leyes  de la religión islámica, por medio de las cuales, se imponen barreras a las mujeres, la mayoría de ellas  se cubren de negro de la cabeza a los pies.  A la vez se aplica la pena capital hasta por delitos comunes.
 
Posteriormente, entrada la década de 1970, la nación  arrancó con  una etapa distributiva, rodeada de política social, se introdujeron  la industria no petrolera, a saber,  la industria del acero, la cual en la década de 1990 llegó a producir 450.000 toneladas por año, así como las plantas procesadoras de gas líquido. Se calcula que Qatar produce el 5% del total mundial de esa fuente de energía (Idem).  Asimismo,  en la década de 1980  inició, igualmente,  la fase de la modernización financiera y comercial, basada en la exportación de capitales, producto de las ganancias del crudo, cuya rentabilidad se equipara con los ingresos directos extraídos del petróleo. Entonces, así, las ideas de la monarquía qatarí, ambiciosa y emprendedora,  se orientaron  a diversificar la producción, reduciendo la dependencia alrededor del petróleo, el cual a la hora de la verdad podrían agotarse las reservas,  más cuando los combustibles fósiles comienzan a ser culpados frente a ese  rema del cambio climático.

La capital, Doha, había ya comenzado a dar  cierta fachada de liberalidad y pluralismo. Ella continúa funcionando como escenario de múltiples negociaciones globales, tanto diplomáticas como económicas y comerciales,  a diferencia de las demás  capitales árabes, en las cuales hay un sinnúmero de restricciones a la libertad de expresión y los derechos humanos; donde no se rema a favor de los derechos de la mujer, principalmente las inmigrantes, víctimas de abusos por parte de sus empleadores.  Al lado de mínimas y discretas reformas políticas de carácter occidental, a  la  mujer se le ha permitido el derecho al voto en la elección del Parlamento mediante el voto directo. Sin embargo, casi nunca alguna llega a resultar electa.     

Fiel a su tradición nacional,  cabe explicar  que los qataríes siempre han sobresalido por  mantener  cierta independencia en sus políticas regionales; más acá se han aprobado mínimas y discretas reformas políticas al estilo occidental. La familia gobernante de Qatar ha objetado ser controlada, incluidos en los vínculos  - calculados - con Israel y Occidente,   y las demás  corrientes religiosas, políticas, culturales  del mundo árabe  e islámico.

De ahí el empeño del pequeño emirato de mantenerse neutral alrededor de las contradicciones políticas y religiosas entre las potencias rivales: Irán (chiita)  y Arabia Saudita (sunnita), aparte que le son inconvenientes las posturas parcializadas en ese conmocionado confín planetario, pues el pequeño emirato  apostó por la presencia y mediación internacional “como fórmula de supervivencia”.  Asimismo, tampoco ha olvidado  que las disputas pueden tener consecuencias en los conflictos que sacuden la región:  de Libia a Yemen pasando por Egipto, Siria e Irak, donde las  petromonarquías, el aislado Irán,  intentan influir con su riqueza.  Mucho menos el  rico emirato se ha quedado  atrás en tal pulso del poder regional. Él no desiste de sus ambiciones en lo que respecta a ejercer liderazgo.
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Lo vaticinamos en otros artículos, acerca del carácter  irrefrenable  de las  marañas de alianzas y controversias en el Medio Oriente, un rasgo que lo describe el  gráfico aportado seguidamente. Se trata de una región también “liberticida”,  que además de tener petróleo, abusa de los enormes contrastes entre modernidad y tradición, pobreza y riqueza, hasta de las extravagancias de las   petromonarquías o familias gobernantes, estas emparentadas entre sí, ávidas de perpetuarse en el poder en el Siglo XXl. Las cuales intentan influir con su riqueza y poderío militar a las demás naciones islámicas.       






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Fuente:   Ángeles Espinosa. El País (España), junio del 2017.

En décadas anteriores Arabia Saudita (sunnita)  se había declarado enemigo acérrimo de Israel.  Las dos potencias al tener una enemigo o amenaza común:  el Irán (chiita), han  intentado  controlarlo, al percibirlo como un sub-imperio, obsesionado con poseer  la hegemonía en la zona;  se han visto obligados, de manera solapada, a limar ciertas asperezas y pactar entre sí. Por eso, le han bajado la intensidad a los ataques recíprocos; ya eso es pedir demasiado a los judíos y los sauditas. Al lado de la mayoría de las naciones árabes,  no sólo expresaron su preocupación por el programa nuclear iraní, sino que denunciaron la “continua interferencia” de Teherán en los asuntos internos de cada país,  teniéndose presente  de que los Ayatolas  en la esfera palestina  se aliaron a la sunnita organización terrorista Hamas, quien domina la región de Gaza, una organización, por cierto,   enemiga mortal del Estado Judìo.
Habíamos citado el Consejo de Cooperación del Golfo. Cabe explicar que desde ese mecanismo de integración, dichas naciones árabes musulmanas  coordinan líneas de trabajo de carácter político; frecuentemente  lo tocante a disminuir las tensiones entre las naciones del Golfo con el Estado de Israel, así también las relacionadas con el desarrollo  económico, social, cultural, y la colaboración militar, sin excluir los acercamientos con Europa, quien tiene sembrados múltiples intereses económicos.  Eso sí, menos que los Estados Unidos de América, quien instaló  bases militares en el territorio qatarí. Desde ese lugar  planeó la invasión de Irak (2003) contra Saddam Hussein (Idem), al igual que los  operativos, vinculados a la guerra contra los talibanes y yihadistas de Afganistán.
El inmovilismo político como denominador común, ha sido capaz de disipar  las fugaces y  tibias ansias de reforma en el mundo árabe islámico (Ángeles Espinosa, 2017). Las  alianzas o coaliciones, sobre todo “las lealtades”, desde la antigüedad, se han distinguido por su fragilidad y transitoriedad.  Casi siempre,  los líderes musulmanes tienden a seguir  cada uno por su lado, con tal de consolidar el poder nacional de las respectivas familias gobernantes.  Lo han identificado bien el Irán e Israel, lo cual les ha generado réditos políticos y diplomáticos.

Fundamentalmente, los árabes  siempre han guardado recelos acerca de la influencia iraní sobre las minorías chiíes de varios países (Bahréin, hoy convertido en especie de protectorado saudí).  La desconfianza se ha agravado desde las prolongadas convulsiones  árabes del 2011, en especial en Túnez, Siria, Omán, Yemen, un tanto Bahréin, quien resiste las arremetidas de sus habitantes chiitas proiraníes, estos  conforman los  dos tercios del total de su población. A la fecha, de las revueltas se  han, relativamente,  escapado  Arabia Saudita, Qatar y los Emiratos Árabes Unidos (EUA).
Esta vez se han crispado los ánimos en el puñado de naciones del Golfo,  con la abrupta decisión de Arabia Saudí, EAU, Bahrain y Egipto de cortar sus relaciones diplomáticas  con Qatar, supuestamente  por “apoyar al terrorismo”,  según ellos. Acaban de acusar a Doha de alentar el terrorismo por su apoyo al islam político, y de simpatizar con Irán, quien está presta a recuperar su papel de potencia, “al que de todas formas nunca renunciará”.

Por eso decidieron  cortar con Qatar las vías de comunicación áreas, marítimas y terrestres, cerrar las fronteras, con tal de aislarlo. Por su parte,  Doha ha negado las alegaciones y denuncia un intento “inaceptable” de someterlo a tutela, de irrespetarle la soberanía. En gran medida le asiste la razón. Además de la caída de la bolsa catarí, el melodrama  ha provocado la cancelación de numerosos vuelos regionales y un descenso del precio del petróleo. Otro foco de preocupación son las exportaciones de gas natural licuado (LNG). Qatar, uno de los países más ricos del mundo gracias a tener las terceras reservas mundiales de ese producto energético, es un suministrador clave para Europa y Asia (Idem). De manera tal, será impermisible que los clientes extrarregionales  del gas qatarí dejen prolongar este nuevo cisma, que habrá de resolverse por los conductos diplomáticos.  

Las autoridades de  Doha aseguran que tienen bajo su control  el abastecimiento de los alimentos - el emirato importa el 90 % de los alimentos que consume -  las .medicinas y otras materias primas; a la vez confirman que puede mantener sus estándares de vida;  pero, transmiten  alertas de que el diferendo amenaza la seguridad y la estabilidad de toda la región del Golfo Pérsico, hasta llegar a crearse condiciones con vistas a una guerra regional.

EL INTERNACIONALISMO QATARÍ, Y EL GERMEN DE LAS RIÑAS.     En parte, para comprender la diplomacia de Doha, cabe dar a conocer que Arabia Saudita y el Irán antagonizan por la hegemonía en el mundo árabe islámico.  A partir de la Revolución islámica del Irán en 1979  las tensiones recrudecieron. Por otra parte, los anhelos y ambiciones  de Qatar siempre han parecido “excesivos” para un país de reducido territorio. La familia gobernante qatarí  apuesta por acrecentar el prestigio internacional, en cuanto a  estrategia de supervivencia. Ello se ha convertido en un pesado lastre, porque significa haber sido  independiente respecto a su soberana política extranjera, llegando a declarar su neutralidad, según lo subrayamos,  en las riñas entre los persas y los sauditas,  aun siendo miembro del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG).  

En las últimas décadas, Doha se  ha inclinado decididamente a favor de la apertura cultural y social, acercándose cautelosamente a la civilización occidental.  En esa vía, Qatar también atrajo a prestigiosas universidades occidentales, inauguró museos; aspira a ser un activo centro cultural y educativo de Oriente Próximo.  Y se apuntó a los grandes eventos deportivos, entre ellos, el haberse convertido en la futura  sede del Campeonato Mundial de Fútbol en el 2022. Además, descubrió la eficacia del poder blando, financiando proyectos en varias latitudes, o bien  promocionando la imagen de la nación impulsora de diversos proyectos educativos y culturales. Algunos observadores tachan a Doha de practicar el estilo de la  “diplomacia de chequera”. Sin duda le ayudó contar con una de las mayores reservas de gas del mundo, tal que los beneficios de esa riqueza natural la transformaron  en un dinámico inversionista  global.

Eso sí, Qatar  “ha sabido quedar bien con Dios y con el demonio”.  Ha combinado una estrecha alianza con Estados Unidos de América (cuya principal base aérea en Oriente Próximo le alberga), así como buenas relaciones con los principales enemigos políticos de este en la región.  Entre sus amistades peligrosas figuran  líderes islamitas  radicales, los antisistema Hermanos Musulmanes,   Hamás, Irán y la Siria de Bachar el Asad, etcétera. No obstante, “esa ambivalencia” la aprovechó Washington, cuando recurrió a Doha,  a fin de intentar conversaciones con los talibanes afganos. Y en  mediar, con desigual éxito, en las reyertas de Líbano, Yemen, pasando por los territorios palestinos o Darfur (Espinoza, idem).

Pero, fue sobre todo su apoyo económico y mediático a las revueltas árabes del 2011 (la Primavera Árabe)  y, en particular a la de Túnez,  los rebeldes sirios - tras llegar a la conclusión de que Bachar era un líder acabado - “lo que colocó a Qatar en la primera liga de la diplomacia internacional.  La ayuda al Gobierno de Mohamed Morsi (perteneciente a la Hermandad), es decir, el presidente egipcio que sustituyó al déspota  Mubarak; la alianza con la Turquía de Erdogan;  o la acogida a islamistas perseguidos,  confirmaron las sospechas  de Arabia Saudita y de sus aliados islámicos  (Espinosa, idem) de un viraje anti - Golfo por parte de Doha.   Lo cual  terminó de irritar a sus vecinos, en especial a Arabia Saudí, máxime que la primera cadena de televisión panárabe Al Jazeera, propiedad qatarí, hubiera, por su parte, atizado los fuegos de la (fallida) Primavera Árabe. En este orden, se sabe que los talibanes poseen oficinas en Doha; al Qaeda usa regularmente la cadena televisiva de Al Jassera, lo mismo que el Estado Islámico (EI), con tal de emitir sus comunicados. 

Desde entonces, Riad,  Emiratos Árabes Unidos, Bahréin  y El Cairo acusan al pequeño emirato de Qatar  de connivencia con el Islam político:  los Hermanos Musulmanes, un grupo islamista que esos gobiernos consideran terrorista, parejo con  Al Qaeda y el Estado Islámico (ISIS).  Bajo la práctica del “castigo colectivo”, esas naciones socias del Consejo del Golfo optaron por aislar al emirato qatarí. Una sanción que  supone una herida seria a su prestigio internacional, que de prolongarse, pondría  en peligro la construcción de las infraestructuras del Mundial de 2022 y su consiguiente organización. Definitivamente, que es “un golpe bajo”.   

Principalmente, Arabia Saudita y los Emiratos Árabes (EAU), al romper relaciones diplomáticas con el emirato qatarí  - Bahréin y Egipto también secundan la ruptura - ,  provocaron  la crisis que presenciamos; han dicho públicamente que intentan  “un compromiso político de cambio de rumbo por parte de Qatar, que tome en estricta consideración  poner fin  su apoyo a los Hermanos Musulmanes y a Hamas.  Dichas naciones árabes han incluido a ambos grupos en su lista de  terroristas. Además,  también han declarado que otra de las condiciones es que deje de “utilizar la formidable propiedad de medios”, en este caso la cadena de televisión Al Jazeera, preferiblemente que la cierre, a causa de “promover una agenda extremista y agresiva”.  Entre otras cosas, igualmente,  se exige la expulsión de las peligrosas figuras islamistas acogidas en su país.   

A propósito de Al Jazeera, fundada en 1996. Es una cadena televisa de un éxito rotundo de audiencia en los países del Cercano Oriente, en vista de su sesgo pro-árabe y pro-musulmán; ha sido la emisora de comunicados de la organización terrorista de Al Qaeda y los Talibanes,  así también por la difusión “de hechos de la comunidad árabe,  ignorados por las grandes cadenas occidentales y las amordazadas televisiones estatales” de esa región, habida cuenta allí de la precariedad de la  libertad de expresión e información.  

Por supuesto, que el tal acercamiento de Qatar con Irán ha llegado a entrar en las demandas de sus censuradores, lo cual significa que debe alejarse de los persas, que han ganado terreno en el Medio Oriente.  Los estados del CCG consideran que Doha “está volviendo a sus viejos trucos de seguir políticas de forma unilateral y fuera del marco del grupo”, lo cual origina inestabilidad e inseguridad,  interpreta Theodore Karasik del Institute for Near East and Gulf Military Analysis en Dubái. Este analista también apunta que su “acercamiento hacia el ancestral  imperio de Turquía está causando fricciones, al inmiscuirse en la guerra civil de Siria.

Al argumentar que violan su soberanía, Qatar es categórico en su férrea oposición de satisfacer las demandas de  sus vecinos árabes, quienes  han cortado relaciones diplomáticas, y cerrado las fronteras con el emirato. Enseguida, Kuwáit intentó una mediación que resultó infructuosa hasta ahora.  Y países como Estados Unidos, Turquía, Francia y Rusia también se ofrecieron para interceder entre Doha y sus adversarios, sin resultados aparentes. Los Emiratos Árabes Unidos avisaron el 19 de junio que el aislamiento de Doha  podría durar "años" si persisten los desacuerdos”.  Este julio el Golfo le planteó  un ultimatum a Qatar - totalmente desaprobado por este-  en cuanto a ceder a sus demandas, de lo contrario lo excluirán del comercio y de las múltiples asignaturas regionales y federativas.   

ATENUANTES. Acerca de un Golfo monolítico hay abundante material que lo desdice.  Se ha puesto en evidencia que al interior de los Emiratos Árabes Unidos (EUA) hay  intereses contrapuestos. Mientras Dubái tiene lazos históricos y comerciales con su vecino iraní, Abu Dhabi se encuentra ideológicamente más próximo de Riad (Espinoza, idem). De ahí, que pierdan peso los señalamientos de un Qatar presuntamente aliado de Teherán.  Al mismo tiempo,  el plan unionista, total, del Golfo topa con tropiezos en los Emiratos Árabes Unidos (EUA), quien tiene “intereses contrapuestos”, que lo distancian de los sauditas.

Omán sostiene relaciones amistosas con el Irán, al cabo que se opone al proyecto de la unión absoluta del Golfo, formulado por los sauditas, al igual que a la propuesta de unidad monetaria.  Igual voluntad en guardar “cierta equidistancia”  expresa  Qatar que, por un lado, lleva años tratando de marcar sus diferencias con Arabia Saudí y, por otro, comparte con Irán un importante campo de gas en aguas del golfo Pérsico (Espinosa, idem). De forma tal, que sale difícil prever que Doha pueda condecir con Riad, habiendo de por medio un negocio vital con los persas.

En diversas ocasiones,  el Irán y  la ultraconservadora,  absoluta monarquía de Arabia Saudita - tan intransigente del Islam suní como el ISIS y al Qaeda -   han resuelto sus diferencias en buenos términos, hubo ocasión de algunos progresos en sus vínculos, los cuales reprocharon otras naciones del Golfo (Pérsico o Arábigo), a causa de las disputas territoriales con los persas, en las cuales entraron en juego los intereses de los Emiratos Árabes.

A excepción de Rusia, Irán y Turquía que lo ayudan, Qatar recibió señales contradictorias de la administración de Donald Trump,  respecto al “castigo colectivo” por parte del Golfo.  Mientras el presidente Trump le pedía “que dejara de financiar a los movimientos extremistas”, el Departamento de Estado abogaba por el diálogo para poner fin al conflicto diplomático (Idem).  Es de suponer que la riña distará  de  afectar la base de Estados Unidos de América, la cual opera en el territorio qatarí,  de acuerdo con las versiones de Rex Tillerson, secretario de Estado estadunidense.

Hay consideraciones que van más allá de  las reyertas limítrofes, a saber, los reclamos de la federación del Golfo de que  Irán se apoderó de varias  islas en una de las zonas más estratégicas del golfo Pérsico, dado  que la mayoría del tráfico marítimo pasa entre ellas por la profundidad de las aguas. Como dijimos,  la nación saudita y la iraní antagonizan por la hegemonía en el mundo árabe islámico. El tema clave.  El reciente acuerdo o compromiso nuclear alcanzado en Ginebra entre Irán y las seis grandes potencias, en cuenta los Estados Unidos de América con Barack Obama a la cabeza,   ha eclipsado a las monarquías de la península Arábiga, su poder de influencia se debilitó, a diferencia de Irán, que al respetarlo, paulatinamente ha recobrado confianza en el seno de la Organización de las Naciones Unidas y en el propio Occidente.  

Considerando otro factor, los iraníes muestran mayor fortaleza, capacidad y experiencia militar que las seis naciones componentes del Consejo del Golfo, en tanto que juntos suman 30 millones de habitantes frente a los 80 millones del  Irán. En cambio las naciones federadas superan no más al “subimperio” iraní  en  las reservas mundiales de petróleo y en torno al  gas. Lo cual es insuficiente, con tal de mitigar el poderío persa.

POSIBLES VARIANTES  EN LA  CORRIENTE ANTI-IRANÍ.  Los sauditas insisten en consolidar su liderazgo geoestratégico frente al Irán. Ellos están bastante  lejos de resignarse ante el  prestigio iraní, alrededor del  compromiso nuclear alcanzado con Occidente.  Sus cálculos anti - persas fallaron, al presumir que con el arribo del Gobierno de Mahmud Ahmadineyad, quien pretendía convertir al Irán  en una potencia atómica,  un desafuero y amenaza que, en lugar de allanarle la vía al Presidente Barack Obama de poder  bombardearlo, más bien el mandatario prefirió  optar  por un acuerdo antinuclear, el cual decepcionó a   Arabia Saudita y sus aliados del Golfo, que esperaron  un ataque militar tanto de los estadunidenses como de Israel, enemigo absoluto de Teherán y los Ayatolas.

Por eso, la monarquía de Riad  ha acelerado el paso con el gobierno de Donald Trump,  en cuanto a hacer realidad el proyecto antiterrorista de una “OTAN árabe”, lo cual  inquieta a Irán, pues se percibirá aislado; ello antecedido por el ostracismo internacional en el cual Irán se encontraba desde la revolución contra el Sha  de 1979. Tales posturas quedaron a la vista durante la reciente visita de Trump al Medio Oriente, en la cual se propuso restaurar el precario equilibrio de poder regional, tal que favoreciera a la disminuida Arabia Saudita.  

Tampoco  es seguro presagiar  señales  del viraje estadounidense con respecto a los Ayatolas, a quienes Trump intenta, al menos de palabra, aplicar una política dura, a pesar de que el presidente iraní Hasan Rohaní aboga por acercamientos con Washington y la comunidad árabe.  Se desconoce hasta qué punto lo ha conseguido, porque  Trump acaba de instaurar  la obligatoriedad de impedir la entrada a su país a los ciudadanos de seis naciones islámicas, en cuenta a los del Irán.

Lo que sucede es que Estados Unidos de América y el Irán deben coordinar acciones militares; ostentan propósitos similares,  bajo el argumento en que ambos tienen un enemigo común: el sunnismo radical de  ISIS (o el Estado Islámico),  más el incremento de sus actividades terroristas, conexo a la guerra librada contra esa organización ultra - radical, asentada en Irak, Siria, Afganistán, entre otras naciones. Posteriormente, quedó en evidencia (paradójicamente) que tanto Washington como el Irán poseían los mismos enemigos: los talibanes en Afganistán y Pakistán, así también  el déspota Saddam Hussein en Irak.

Por su parte,  “Rohaní es un político astuto que encontrará cómo dialogar” y concertar, atenuando la posición anti - iraní de Trump, detrás de  la cual aparecen los sauditas.   Y dicho sea verdad  la probable derrota del ISIS en Irak y Siria en los próximos meses, puede redituar a favor de Irán, declarado enemigo de los fundamentalistas sunnitas, estos quienes llevaron a cabo atentados contra lugares claves y simbólicos de Teherán, en los cuales el gobierno de Rohaní acusó a los sauditas de estar detrás de tales acciones agresivas. Promete venganza. El señalamiento  enciende el clima de desconfianza, en medio de una cadena de conflagraciones, en los cuales los iraníes han sacado ventajas contra su rival saudita, ya sean  los conflictos en  la zona de Siria a Yemen, que alcanzan a Libia, Líbano, Palestina, Irak y Bahréin.  Las autoridades saudíes alegan que tal ventaja militar no es sino que  la intromisión iraní y sus planes desestabilizadores  contra los países aliados de Riad, para lo cual utilizan  a las comunidades chiíes,  al cabo que allí  encuentran además rincón  los extremistas violentos, los yihadistas, etcétera.
Recordemos que al comenzar el Siglo XXl con  los atentados del 11-S contra  las Torres Gemelas de New York (después los de Europa),  los sauditas salieron golpeados y desacreditados  en sus relaciones con los Estados Unidos de América, por cuanto 15 de los 19 terroristas eran saudíes (Espinosa, ídem). Hubo señalamientos en Washington  alrededor de la escuela interpretativa fundamentalista del wahabismo, las escuelas madrasas, financiadas por los saudíes, de donde provienen, precisamente, las células de  la organización terrorista al Qaeda y los yihadistas.

Asimismo,  varios congresistas estadounidenses  le exigen a los sauditas pagos de indemnización a las familias norteamericanas afectadas, por cuanto  los terroristas de ese doloroso episodio  poseían la nacionalidad saudí; desde el  país árabe se organizó.  Intentando lavarse la cara, por eso el gobierno saudita acusa a  Qatar de respaldar el terrorismo, presentando como prueba sus vínculos con los Hermanos Musulmanes, entre otras fuerzas políticas.

A Irán tampoco le son ajenos los ataques en su haber, en cuanto a que promueve  el terrorismo en dirección a objetivos israelitas, financiando a formaciones radicales palestinas y al chiita hizbulá libanés.  Los episodios violentos, patrocinados años atràs por  el Irán contra intereses judíos en Argentina acrecentaron el valor de las pruebas del ligamen de Teherán con el terror global.  Al mismo tiempo, el lenguaje de odio y ofensivo de los Ayatolas frente a Occidente e Israel eleva la incertidumbre acerca de la sinceridad de los persas de unirse a la campaña internacional contra todo tipo de manifestación terrorista, el cual se alimenta de las ganancias del tráfico de drogas, que de seguido  nutre a su vez la economía iraní, castigada por Europa y Washington al insistir de llevar a cabo sus proyectos nucleares.     
 
LOS HERMANOS MUSULMANES. El Consejo del Golfo asegura que Qatar respalda a esa organización islámica (el Islam politico), ilegal en la mayor parte de esa región. A dicho bloque de naciones le   molesta,  sobre todo a los  saudíes y emiratíes,  porque su ideología cuestiona el estatus del gobierno monárquico y dinástico. De ahí que hayan facilitado miles de millones de euros de ayuda a Egipto, tras el derribo del presidente Mohamed Morsi, miembro de la Hermandad que contó con el apoyo financiero del gobierno qatarí para que alcanzara el poder. Esas diferencias también son visibles en el respaldo a la oposición siria, a cada uno se le atribuyen distintos enfoques.

Parcialmente Doha comulga con mantener a los chiitas en Siria, pese a declarar  su contraposición a la vigencia del mandato del gobierno de Bachar el Asad, perteneciente a un clan chiita. En el caso específico de los Hermanos, Doha ha necesitado de  ellos, a fin de  frenar al gigante Arabia Saudita, que la acosa y aboga “por someterla a tutela”.  Ese vecino gigante, que dicho sea verdad concretó, peligrosamente,  contratos de compra de armas con Trump.

Habiéndoles sido útil  en la Guerra Fría al  adoptar sus preceptos para contrarrestar los movimientos de izquierda y los nacionalistas panarabistas,  hoy las petromonarquìas conservadoras reprimen y encarcelan  a todos aquellos sospechosos de pertenecer a la desautorizada Hermandad. Simultáneamente, ese proceder  sube el volumen de las acusaciones de que Qatar proporciona  apoyo el terrorismo, este que, por demás, amenaza el poder perpetuo de las familias gobernantes del Golfo.

El resurgimiento de las ultraconservadoras “Hermandades Musulmanas”, se interpreta a modo de una amenaza comparable al  Irán de los ayatolas,  ya que  tienden a cuestionar la legitimidad y el estatus de las autoritarias monarquías árabes. “Los Hermanos Musulmanes, que hace poco se aprovecharon de la moderada apertura democrática de Egipto,  no creen en el Estado nación, ni en la soberanía del Estado”, ha justificado Abdalá Bin Zayed al Nahyan, ministro de Exteriores de Emiratos, un país que por cierto hace campañas para desactivar el ascendente poder de la Hermandad.

Los gobernantes saudíes, por su parte, han atemperado su apoyo a la sunnita oposición siria, de la que los Hermanos Musulmanes “constituyen la espina dorsal”.  Ali al Ahmed, el director de Institute for Gulf Affairs, “un think tank” sobre la zona con sede en Washington reconoce que la Hermandad cuenta con mayor credibilidad en la calle que las desacreditadas y cuestionadas familias reales del Golfo. “Su modelo atrae a un amplio sector de la juventud sunní porque le resulta más cercano, y su poder es más difuso que el de las monarquías que monopolizan gobierno y riqueza”. Entretanto, las monarquías sunnitas, con gastos multimillonarias en inversiones de infraestructuras y medidas modernizadoras, tratan de evitar que sus ciudadanos se vean atraídos “por los cantos de sirena islamistas”, u otra vez por  los valores de los  movimientos de la Primavera Árabe (2011), los cuales han logrado contener por este instante (Espinosa, idem).  
Lo paradójico es que supuestamente al financiar a grupos cercanos al ISIS o Al Qaeda en Siria, o a tratar con Israel, los qataríes no han hecho otra cosa que repetir las mismas y subrayadas prácticas   de sus vecinos del Golfo, principalmente la nación saudita, que tiene cola en abundancia.. Hasta cierto punto en las presiones contra Doha, según algunas fuentes, lo que prevalece es el temor a la fuerte  reaparición de una nueva  Primavera Árabe, así como el convencional “cinismo”. Nada de extrañar en el Medio Oriente.

Ronald Obaldìa González (Opinión personal).

martes, 6 de junio de 2017

ELEMENTOS HISTÓRICOS QUE CONTRIBUYEN A COMPRENDER LA COMPLEJA CONDUCTA INTERNACIONAL DE RUSIA.

ELEMENTOS HISTÓRICOS QUE CONTRIBUYEN A COMPRENDER LA COMPLEJA CONDUCTA INTERNACIONAL DE RUSIA.

Los orígenes étnicos, culturales, así también el carácter y el biotipo del pueblo ruso poseen su asidero, de manera significativa, en la civilización europea, en cuenta la cristiandad (bizantina), además de la organización jurídica y territorial, sellada en la era del sistema feudal, reproducido en la nación rusa por el autoritario régimen monárquico, zarista, interconectado a las restantes monarquías del viejo continente.
Así, entonces, la historia universal ofrece el testimonio de una versión particular de la civilización europea. Estos rasgos predominan siempre en la nación de mayor extensión en el planeta, cuyo “ territorio recorre Europa y Asia”, habida consideración de su diversidad antropológica que le es propia. Se trata del “Oso Ruso”, compuesto por doce zonas horarias y más de 100 grupos étnicos y culturas, en la que destaca la mayoritaria etnia rusa eslava (representa el 80% de la población nacional), un fenómeno bastante complicado para la integración y asimilación a favor de una sola entidad nacional, que, ciertamente, a lo largo de su historia ha estado lejos de renunciar y negar su instinto de poder expansivo más allá de sus fronteras allegadas.
Ni el dominio mongol (tártaro) en el Siglo Xlll hubo de ser capaz de borrar allí las huellas del anterior recorrido del imperio romano, los eslavos, los nórdicos (o vikingos), godos, teutones y hasta de los griegos. Al reafirmar la nacionalidad y la identidad rusa, mediante el despotismo y la instauración de la servidumbre feudal, el legendario Iván el Terrible (Siglo XVl) tampoco pudo prescindir de las raíces y la herencia europea. Por el contrario, sobre la base del cristianismo, arraigado en el continente, él intentó expandir a nivel mundial el imperio ortodoxo cristiano, gestado por la Iglesia Oriental de Bizancio (o Constantinopla) a la talla y la medida rusa, ocupando la región del mar Caspio y la Siberia. Justamente, lo que resultó una expresión de tal comportamiento imperial – adelante ofreceremos hechos adicionales - que respondió a la esencia y la naturaleza rusa, en cuyo cometido atrajo a los ortodoxos cristianos griegos y eslavos - adversarios doctrinarios y políticos de la Santa Sede en Roma de la Iglesia Católica (Rodrigo Díaz Bermúdez, teólogo, 2017) - ellos hoy, ciertamente, los protegidos del Presidente Vladimir Putin, en su decidido impulso de acumular reconocimiento e influencia en la Europa del presente Siglo.
En el caso de la rusa imperial, la dinastía de los Románov se ocuparon de modernizar la burocracia feudal, y dictaron pautas políticas a los nobles, mercaderes y obispos religiosos, en pos de hacer fuerte y eficiente una estructura estatal, predispuesta a dominar nuevos territorios y las rutas marítimas comerciales. Se llegó a la Gran Guerra Nórdica, a causa de la ambición de Pedro el Grande (1682 - 1725) por el libre acceso al mar Báltico, al igual que el control de la Siberia, condicionada a la explotación de sus recursos naturales, como fuente de riqueza comercial e industrial.
Posteriormente, con Catalina la Grande (1762 - 1796), los rusos conquistaron Polonia, la península de Crimea, la región del Mar Negro. En connivencia con los turcos otomanos, infringieron constantes derrotas militares a los persas y doblegaron porciones de su territorio. Extendieron sus fronteras del sur hasta alcanzar el mar Caspio. Hasta las regiones del Cáucaso, los Dardanelos y parte de los territorios musulmanes del Asia Central tuvo arribo la expansión rusa, dl instinto de su tradicional conducta internacional, la cual no deja de multiplicarse.
A lo largo de su historia, Rusia se impuso, simultáneamente, conformar el poder territorial más extenso del continente euro asiático, dirigiendo su grandeza geográfica como escudo contra el ataque de poderes extranjeros hostiles (Frederic S. Pearson; J. Martin Rochester, 2015). Tiempo después con la llegada del marxismo leninista y estalinista “de la dictadura del proletariado”, de línea dura, se tuvo como visión la internacionalización del comunismo. Nuevamente, con el talante de Vladimir Putin, si bien desarraigado del marxismo, tampoco ha desistido en empeñarse de ejercer influencia en Europa. Igualmente, sus tentaciones de poder discurren por Washington envolviendo al presidente estadunidense Donald Trump, eso sí bajo modalidades distintas. La diplomacia de la inteligencia sería “el formato del método”.
Ciertamente, al final de la era feudal, Rusia se expandía y modernizaba. En sus adentros, menos aún, se despojó de su legado europeo. Marcado con altas dosis de nacionalismo, siempre ha pretendido valerse como pueblo europeo, poderoso en términos políticos, económicos y militares, e integrado, aunque fuera un mosaico de etnias, o lo sea. En su reinado, el zar Pedro el Grande, con su despotismo, otro distintivo de la civilización rusa, se propuso europeizar, todavía más, la nación rusa. Eso sí, los zares hicieron hasta lo imposible por detener con dureza el influjo de las ideas de libertad e igualdad social de la Revolución Francesa; la intelectualidad rusa falló en este cometido de acogerlas.
En no pocos lapsos de su historia se ha puesto en evidencia ese comportamiento imperialista de la nación rusa, pues con las potencias tradicionales europeas ha lidiado, con tal de captar esferas de influencia, particularmente pesa el imaginario de su paternidad sobre los pueblos eslavos. Se había anexado de los territorios bálticos, Ucrania, Polonia y de Crimea, su obsesión, en este Siglo XXl recién despojada a los ucranianos. De ahí, que al estallar la Primera Guerra Mundial, Vladimir Lenin exigía a los bolcheviques comunistas alejarse de una guerra ajena a los propósitos de la revolución socialista - proletaria, ya que aquella apenas hubo de reflejar los intereses de los imperios tradicionales, en lo tocante a repartirse el territorio europeo, en es caso, mantener hegemonía en él.
Avanzado el Siglo XVlll Rusia se erige entre las potencias occidentales, eso sí, sin los principios y la filosofía política occidental, derivada de la Ilustración, por el contrario en la poderosa nación la nobleza y las capas dirigentes, aferradas a la convicción de la monarquía "como derecho divino" seguían enriqueciéndose y fomentando la corrupción. Consumía el 50% del presupuesto del Estado, mientras se acentuaba la pobreza entre los campesinos y lo siervos. De por sí y a pesar de sus riquezas naturales, la nación euro asiática ha debido convivir con masas de pobres, durante la Unión Soviética el fenómeno subsistió, aunque en menor proporción.
La invasión de Napoleón (1812) fracasó frente al poderío ruso; la victoria contra el alucinante invasor le dio mayores bríos - sacó pecho ante el mundo - ; principalmente al afincarse más aún como imperio autoritario, elevó su autoestima y su rol de potencia planetaria, basados en las ideas nacionalistas, de lo cual los bolcheviques se desprendieron parcialmente. Así como tal, llegó a defender sus intereses y predominios en las dos Grandes Guerras Mundiales, con la salvedad de que en la Primera Guerra Mundial aconteció un cambio societal drástico, al transformarse el régimen antiguo por la vía violenta de la guerra civil, sustituyéndose el feudalismo zarista por el socialismo, este espoleado por el triunfo de la Revolución Bolchevique. La que instauró la dictadura del proletariado (el poder de los obreros y los campesinos). En la década de 1920 Vladimir Lenin y los soviets instauraron la primera república socialista; en otras palabras, la recién nacida república soviética, desde Rusia y Ucrania. Al final de la Segunda Guerra Mundialf en el lado de la civilización occidental salió a relucir el poderío de los Estados Unidos de América, como el líder del modo capitalista de producción, en concomitancia con los valores de la democracia liberal.
UNA DISGRESIÓN. Al respecto, hemos sido testigos del escándalo, llamado “el Rusiagate”, producto de las investigaciones acerca de la posible colusión entre los agentes rusos y los funcionarios de la campaña presidencial de Donald Trump, en el cual se ve involucrado su yerno Jared Kushner, amigo del acucioso embajador moscovita en Washington. Supuestamente, esos colaboradores de Putin interfirieron en los pasados comicios generales, al revelarse correos prometedores de Hillary Clinton, extraídos de los piratas informáticos rusos que los filtraron con informaciones, las que explícitamente la desacreditaron en la campaña. A Donald Trump, quien realiza negocios e inversiones en Rusia, a diferencia de la rigidez de Barack Obama, le han percibido un relativo acercamiento con Moscú, al extremo que el novedoso formato metodológico de la Rusia de Putin, es decir, la diplomacia de la inteligencia, combinada con prácticas extorsivas, inequívocamente encontró una fórmula ahorrativa. Esa que se diferencia de las guerras por posesión de territorios, o bien, de la disuasión por la inútil vía de la carrera armamentistas, ahora con vistas a ejercer poder en las decisiones, nada menos, que de la Casa Blanca, así también en las principales potencias europeas, no sea que el Brexit entre tambień en tal objetivo.
Asimismo, se le ha achacado a Trump el haber proporcionado, imprudentemente, al osado y autoritario Vladimir Putin información confidencial israelí de inteligencia (Carlos Alberto Montaner, 2017). Lo cual comporta oportunidades, inescapables, de las cuales los gobernantes rusos calculadores y fríos están acostumbrados por su historia de sacar provecho y ventajas. Esa conducta que yace en su estructura genética, que la hace sentirse con poder. El Kremlin siempre ha negado las acusaciones y señalamientos en su contra, provenientes del FBI, además de la prensa estadunidense, ligadas a la injerencia o interferencia en las elecciones presidenciales. Unas explicaciones que tampoco han amansado las presiones de un “impeachment” frente al magnate presidente.
Antes, habíamos comentado el accionar histórico de Rusia, en cuanto haber acumulado inmensos territorios, un balance favorable, que le registran réditos indiscutidos. En su lugar, percibimos una modificación de esa estrategia, sustentada en los servicios de inteligencia. En la corriente de nuestra digresión, hay que tomar en cuenta el rol de la prensa rusa, Sputnik y Rusia Today, quienes por órdenes superiores intentaron convertirse en órganos de influencia en la pasada campaña electoral francesa al difundir datos falsos sobre Emmanuel Macron. Lo cual iba en línea con la colaboración del Kremlin para con la ultraderechista Marine Len, calificada de antisistema o antieuropea, nacionalista (casi igual que Trump), posturas que la acercaron sobremanera a Putin, quien por su parte, al pretender dividir y desconfiar de la Unión Europea (UE), interpreta que el bloque comunitario atrae las antiguas potencias comunistas del continente, a la vez que resiente las sanciones contra su gobierno, en cuanto continúe apoyando a los rebeldes separatistas en el este de Ucrania.
No se puede asegurar que el Kremlin aprendió las amargas lecciones del pasado, relacionadas con las invasiones de territorios nacionales. La de Afganistán, un país totalmente musulmán, llevó al Oso Ruso a una especie de autodestrucción. El haber protegido un aliado gobierno corrupto e impopular llegó a ponerle punto final al sistema comunista. Cabe subrayar que la soviética “Doctrina Brezhnev” reclamaba el derecho de intervenir en aquellos Estados, donde sus enemigos “los círculos capitalistas” hubieron de amenazar gobiernos marxistas o aliados ya establecidos. Por lo tanto, Afganistán era uno de ellos, pero allí se topó con una humillante derrota, la cual llegó a agudizar los males económicos, lo cual es reprensible. Los resabios de dicha doctrina intervencionista e imperial, seguro que el gobierno de Moscú los practicó en Ucrania, a riesgo de haberse demostrado que no hay enemigo pequeño. Lo acontecido con Trump supone que la KGB rusa hará un alto en el camino, al reafirnar el recurso de los servicios de inteligencia. A la fecha, la agencia de espionaje se salió con las suyas. Se cumplió la tarea de hacer valer que Rusia es un jugador respetado, sobre todo, si la Casa Blanca colapsa.
HACIA LA REVOLUCIÓN DE OCTUBRE DE 1917; DESPUÉS LA URSS. Al lado del poder imperante en Rusia se han movilizado las fuerzas contestatarias, esto ha sido una constante en la Rusia moderna, y en especial la contemporánea. Por eso Vladimir Putin no puede confiarse demasiado de sus ambiciones y demostraciones de perpetuarse en el poder y de expandirlo, apropiándose de la península de Crimea, espoleando la fragmentación de los territorios de Moldavia, igualmente en Georgia, al desprenderle Ossetia del Sur.y Abjazia; al tiempo que protege, en todos sus extremos, la criminal autocracia de Siria de Bashar al-Asad, entre los tantos puntos de fricción en las relaciones entre Occidente y Moscú.
El absolutismo imperial zarista sembró sus "propios sepultureros". A mediados del siglo XlX y antes, ya actuaban las sociedades secretas revolucionarias, quienes pregonaron por un cambio en las estructuras de la tenencia de la tierra y del sistema político autoritario y dinástico, más la desaparición de la policía política, acosadora de los centros de educación y del sistema de justicia. Los zares se lanzaron a la aventura de liquidar dichas fuerzas enemigas de las monarquías, las cuales operaron también en Alemania, Polonia y Hungría. Ni las tímidas reformas políticas, jurídicas y sociales, impulsadas por Alejandro ll fueron efectivas en detener el impulso revolucionario de los campesinos y siervos, cuya evolución y madurez significó la fuente de la doctrina socialista, construida por Karl Marx, Federico Engels,y Vladimir Lenin. La que dio a conocer la realidad de la desigual lucha de clases en la evolución humana, una doctrina (el socialismo) que fue ampliamente reprimida por la aristocracia zarista, ella dueña de la tierra, de los recursos naturales y de la sociedad ideológica, en la cual la religión resultó una de sus principales instancias aliadas.
Desde los tiempos de Alejandro lll, el imperio zarista se distinguió “por dar forma a una política de radical rusificación de sus fronteras”. Esa línea ha marcado en parte la política extranjera de Moscú: aumentar el apetito sobre los territorios vecinos. En la época de la Cortina de Hierro la víctima fue Europa Oriental, abonado por el contexto superior de las disputas ideológicas entre el capitalismo y su antípodas el comunismo marxista. Esto último, una concepción del mundo que proclamó - en la teoría y práctica - la supresión de la propiedad privada de la tierra y de los medios de producción; la abolición de los privilegios de clase; la proclamación de poder del Estado en manos de los desheredados y pobres desposeídos, ya sean los obreros y los campesinos; la construcción del partido único, el Partido Comunista; la separación entre la Iglesia y el Estado, basada en la identidad popular; los mismos derechos para los hombres y las mujeres; la igualdad económica a través de la colectivización de la propiedad privada; la centralización del trabajo, bajo el manto de la planificación económica, tutelada por el Estado colectivista.
Entre 1919 y 1920 se creó la República Federal Socialista y Soviética Rusa (URSS), la que integró vastos territorios nacionales del Cáucaso y Europa Oriental; se adoptó la constitución basada en el sistema de los “Soviets o la dictadura del proletariado, todos esos cambios representaron una amenaza para la civilización europea occidental, quien no se demoró en organizar la resistencia y la contrarrevolución auspiciada por Alemania, Francia e Inglaterra, cuyo fracaso obedeció a la movilización y alta moral del Ejército Rojo comunista.
Con la Revolución bolchevique rusa (octubre de 1917), la de “la Paz y Pan”, (Pearson; Rochester, idem), y la institucionalización real de la URSS, particularmente el continente europeo se fragmentó en dos bloques ideológicos o concepciones de vida antagónicas: el capitalismo y el comunismo. Hubo un impasse. En la coyuntura mundial del ascenso y expansión del nazifascismo alemán de Adolfo Hitler, merced a su visión global supremacista racial, política, económica, cultural y militar, ambos tipos de sociedades y regímenes políticos (la URSS comunista, y Europa y los Estados Unidos de América capitalistas) se vieron obligados, en aras de la sobrevivencia, a unir fuerzas y estrategias para derrotarlo (a Hitler) en la Segunda Guerra Mundial (1939 – 1945). Se visualizó al hitlerismo como la amenaza superior de la humanidad. Lo ratificó el mandatario británico Winston Churchill, quien postuló que el fascismo alemán significaba un peligro mayúsculo, en comparación con el comunismo soviético.
FALSAS ALIANZAS Y EL PROTECTORADO DE ALTO RIESGO. Sin embargo, la Rusia o la Unión Soviética de Stalin antes había acordado “el pacto de no agresión” con Adolfo Hitler (el Pacto Molotov – Ribbentrop), tal que se le facilitara el camino a los comunistas de apoderarse de Polonía, Rumania y otros territorios Bálticos. El susodicho pacto lo incumplió la Alemania de Hitler, por lo que se decidió a invadir el territorio ruso. Se inició el derrumbe del régimen fascista, ya que sufrió una severa derrota militar, signada en la Conferencia de Yalta (1945), en la cual la nación rusa - convertida en potencia nuclear - habría de competir con el poder integral de los Estados Unidos de América, en pos de la hegemonía global, un hecho de las relaciones internacionales, mejor conocido como la Guerra Fría.
Insaciables en el dominio de territorios como ha sido toda su historia, la URSS, y su centro principal la nación de Rusia, ocupada del perfeccionamiento de su ciencia, industria de manufacturas y militar, se apoderó de casi la totalidad de la Europa Oriental. Allí aplastó cualquier tipo de disidencia, por eso invadieron Alemania Oriental, Hungría y Checoslovaquia, para mantener intacto el Pacto de Varsovia (1955): la alianza militar comunista en esa porción de Europa. Asimismo, estuvieron all acecho constante de las deserciones internas. Víctima de ellas hubo de ser León Trotsky, exiliado y asesinado por Stalin, el sucesor de Lenin. Políticamente, los soviéticos tuvieron éxito en implantar allí el sistema socialista de producción, en donde se reivindicó a la vez el bloque de las repúblicas populares, guiadas por la visión del centralismo democrático como el motor de sus respectivos Partidos Comunistas y la burocracia representante del Estado proletario.
El Tercer Mundo, repartido por las potencias tradicionales, ya sean Francia, Inglaterra y otras europeas de menor envergadura, sucumbió a tal atractivo de la dictadura del proletariado y de la internacionalización del comunismo. De igual forma, China, Cuba, Vietnam, Corea del Norte, algunos territorios del África y Asia, etcétera, alcanzaron la conversión al marxismo. Con ello se debilitaba el dominio regional de los poderes occidentales (Pearson; Rochester, idem). En el caso particular de Cuba esa táctica resultó traumática, pues el mandatario ruso Nikita Khrushcher montó misiles nucleares ofensivos a 90 millas de las costas estadunidenses, “como contrapeso de la superioridad militar” de Washington, y a las amenazas de invasión contra la dictadura cubana de Fidel Castro. Mientras tanto, los gobiernos estadunidenses, menos se atrevían a reducir el predominio de las potencias colonialistas, sus aliadas de Occidente, con posesiones territoriales en el Tercer Mundo. La guerra de Vietnam en la década de 1960 llegó a ser un reflejo de esos movimientos ideológicos y tácticos militares.
En otro orden, el Partido Comunista ruso (PCUS) se creyó el único propietario de las tesis marxistas leninistas, Fundó una especie de “catedral” dogmática del internacionalismo proletario, ambición que los llevó a entrar en serias divergencias con la China comunista, el otro gigante que rechazó el imperialismo del dogma ruso del marxismo. Los chinos se dieron su propia interpretación, conforme a su historia y estructura de producción agraria, conformada por una masa mayoritaria de campesinos, no así de obreros, que constituían un pírrica minoría. Mao Tse Tung y su Partido Comunista se separó relativamente de la tesis clásica del marxismo, la cual exponía al rango de ley histórica la guerra o el antagonismo inevitable e irreconciliable entre la burguesía y el proletariado, precisamente en una sociedad estrictamente feudal como la China, casi carente de burguesía y clase obrera. En su lugar, los comunistas chinos plantearon en el instante de las contradicciones con Moscú que en el periodo del socialismo a su medida "el campo debía asediar la ciudad". Por otra parte, China se resistía al concepto revolucionario de la internacionalización del proletariado, exportado por los rusos hacia el Tercer Mundo, de lo cual América Latina se llevó una de las peores experiencias, dado el ascenso de los movimientos insurreccionales, quienes disputaron el poder de las élites económicas, poseedoras de la mayor parte del ingreso y la plusvalía nacional.
UNA SOCIEDAD QUE COMENZÓ A COJEAR. En 1985 Mijail Gorbachov puso término a la Guerra Fría con Washington, demandó la reducción de la carrera armamentista (nuclear); asumió la secretaría del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS). En aquel entonces inició un periodo de cambios, basados en la reestructura de la economía (perestroika) y la transparencia en asuntos políticos y culturales (glasnost). Su reforma incluyó la apertura al mercado y al capital extranjero. En términos de inversiones, comercio, ciencia y tecnología, en cuenta en lo estratégico militar, la enferma economía rusa era incapaz de competir frente a Occidente y Japón, a su turno empujó la democratización interna del Partido, la modificación constitucional para permitir el pluripartidismo.
En política exterior, el nuevo dirigente del Kremlin retiró las tropas de Afganistán, normalizó las relaciones con China Popular, firmó acuerdos sobre el control de armas con Estados Unidos de América en 1990 para expulsar a Irak - su antiguo aliado - de Kuwait durante la guerra del Golfo Pérsico. La Unión Soviética iniciaba el camino de su ruptura. El fracaso de la economía centralizada, por ineficiente, así como las limitaciones en cuanto a igualar el poderío militar y nuclear de la potencia antagónica estadounidense resquebrajaron, de manera estrepitosa las bases del comunismo soviético. Así también, los graves accidentes nucleares, principalmente el de Ucrania (1986) presagiaban el efecto dominó por toda la Europa Oriental, en cuyas naciones había movimientos de resistencia anticomunistas que recobraban energías.
De hecho, la caída del Muro de Berlín (1989) sentenció la caída del Pacto de Varsovia, y por ende la disolución de la Unión Soviética (URSS), además de su sistema de satélites europeos. Uno de ellos, Yugoslavia, cayó luego en una aguda ruptura y desintegración doméstica, producto de contradicciones territoriales, étnicas y religiosas. La disolución del bloque quedó en forma a inicios de la década de 1990 al proclamarse entre Rusia, Ucrania y Belarús la Comunidad de Estados Independientes (CEI) para sustituir la URSS.
Siguiendo las orientaciones reformistas de Gorbachov, las cuales aligeraron el desmoronamiento definitivo del comunista Pacto de Varsovia, en junio de 1991 Boris Yeltsin fue elegido presidente de Rusia, quien heredó así la sucesión y la representación de la extinta Unión Soviética. Él debió enfrentar diversos intentos de golpe de Estado de los comunistas ortodoxos,'opuestos a los acercamientos o alianzas con Occidente y los Estados Unidos de América, quienes fueron testigos de la decisión del presidente al disolverlo, tras haber ejercido el monopolio del poder durante más de 70 años.
Enseguida sale a relucir el movimiento independentista y nacionalista de la islámica Chechenia - Ingushetia, rica en recursos energéticos, una piedra en el zapato del Oso Ruso. Los chechenos fueron objeto de una política dura por parte de Moscú, quien logró controlar, parcialmente, las tensiones en esa región. Tampoco fue capaz de desactivarlas por completo, más que todo por la radicalización de las corrientes islámicas, cuyos tentáculos igualmente la siguen salpicando, por lo que los efectos se han percibido, a través de la arremetida de ataques terroristas contra objetivos moscovitas.
Gorbachov y Yeltsin fijaron un terreno receptivo a favor de la asistencia estadunidense y del Fondo Monetario Internacional (FMI). Gradualmente, ese organismo global cooperaba en la implantación de las reglas de la economía capitalista de producción, estimulándose de este modo la apertura comercial, la economía de libre mercado, y la atracción del capital extranjero. En dicho lapso se aprobó un tratado de libre comercio con la Unión Europea (1994). Todos estos novedosos distintivos políticos y económicos, constituyentes de “la antitesis del comunismo”, acentuaron, por un tiempo, la visión de que Estados Unidos de América había dejado de ser su rival estratégico, una visión rechazada por los nacionalistas y los mismos comunistas tradicionales - incluido Putin en estos años - , quienes tampoco abandonan el comportamiento ruso de sentirse potencia mundial. Solo que la edad de oro del comunismo había sido superada.
ESCASO COMPROMISO DE OCCIDENTE, Y MUTUA DESCONFIANZA. Los Estados Unidos de América, con el presidente Bill Clinton, se había concentrado, prioritariamente, en la iniciativa conjunta con Rusia, denominada “Socios para la paz”, en la cual, subrepticiamente, se ponía énfasis en la estrategia y la seguridad militar de los antiguos aliados soviéticos del Pacto de Varsovia. Estos, temerosos ante el posible revanchismo de Moscú. Un hecho que no ha dejado de sembrar la desconfianza de los rusos, celosos e indignados, con la perspectiva de que Washington planee intentar el otorgamiento de garantías explícitas de seguridad militar y de defensa a sus antiguos socios del Pacto militar comunista. Ha habido razonamientos y eventos para pensar que tales inquietudes hayan sido una real verdad.
De sobra, que la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) implica una seria amenaza, en la que los rusos dan por llamar, desde instantes atrás, “el exterior cercano” (Pearson; Rochester, idem), producto de su lineamiento histórico de “rusificar sus fronteras y de expandirlas. Con la atracción de la OTAN, por parte de las naciones excomunistas europeas se llegó a desafiar a Rusia en su autoconvicción de ser todavía “un gran poder militar”, y del “reconocimiento de su posición global - según esa nación - , al ser miembro permanente del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, y potencia nuclear.
Washington y la Unión Europa, en particular en la época de Gorbachov y Yeltsin, abandonaron la tesis de haberse concentrado, plenamente, en la asistencia cooperativa, en proyectos económicos conjuntos y la reforma económica. Se alejaron de tales objetivos, más cuando Rusia “continúa siendo un socio bastante necesitado de ayuda internacional”, en tanto su economía prosiga en el estancamiento. Quizás, esto hubiera evitado el renacimiento del nacionalismo ruso que Putin enarbola de manera oportunista, a fin de perpetuarse en el poder. Tras esto, Japón, una potencia que guarda cercanía geográfica con Rusia, se apartó de la agenda constructiva (la de la cooperación y el desarrollo), mientras persistan las históricas diferencias sobre territorios insulares (Pearson y Rochester, idem).
La Rusia de Putin participa activamente en las negociaciones globales; le ha puesto atención a la arquitectura de las relaciones financieras internacionales; se ocupa de la evolución de su cercano socio: la Eurozona, y atiende frecuentemente las recomendaciones del Fondo Monetario Internacional. Cabe destacar que las instituciones financieras multilaterales ingresaron a Rusia, a un país escasamente experimentado en las reglas de la liberalización de la economía y del mercado, a quien se le atribuye altos niveles de corrupción en el mecanismo de las privatizaciones de las empresas estatales, así como la falta de transparencia en la creación de negocios. Con todo, se continúa intentando aplicarlas, específicamente, el procedimiento de desregulación de precios. A la vez, se progresó en la desestatización de la industria, la agricultura y el comercio.
La ineficacia en Rusia en el orden del funcionamiento de las bases de la liberalización y la economía de mercado, acentuó la pobreza extrema de los habitantes, la cual ha llegado a golpear a 75 millones de rusos dentro de una población general de casi 142 millones. "El caótico pasaje a una economía de mercado lesionó los aparatos de producción, desmanteló los sistemas de protección social de la era socialista, lo cual facilitó el ascenso de las mafias que se apoderaron del 73% del sistema financiero o de los bancos; además del negocio lucrativo del tráfico de material nuclear (Instituto del Tercer Mundo, 2009), del cual Irán y Corea del Norte han sido los mejores clientes. La actividad económica y empresarial, tras la caída del sistema comunista, todavía se desarrolla en Rusia en el marco del escaso respeto a las leyes que las blinden de seguridad, transparencia y ética.
El país ruso se desarrolla en medio de una economía dependiente de los fluctuantes precios internacionales del gas y el petróleo, habida cuenta que se ha transformado en el segundo mayor exportador mundial de petróleo, detrás de Arabia Saudita. Se ha permitido la venta de tierras de cultivo, siempre que los compradores sean rusos. Moscú ha captado el apoyo de las transnacionales estadounidenses, con tal de hacer realidad la construcción de un oleoducto de 1750 kilómetros, por el que se transportaría un millón de barriles diarios desde Bakú hasta Turquía. Por eso, la debida urgencia de tranquilizar Chechenia, porque el oleoducto rozaría su territorio.
A la vez, el gobierno ruso sostuvo permanentes discusiones con los Estados Unidos de América cuyos representantes, según él, obstaculizaban la entrada de Rusia a la Organización Mundial del Comercio (OMC), al exigirle condiciones más estrictas que otros. Finalmente, la Federación de Rusia se adhirió a la OMC; pasó a ser el 156° Miembro de la OMC el 22 de agosto de 2012.
EL DOLOR DE CABEZA DE OCCIDENTE. Respaldado por Yeltsin, y ahora decididamente por Gorbachov, la figura de Vladimir Putin, exmiembro en la era soviética del Comité de Seguridad del Estado (KGB), apareció en escena en 1999, al ser nombrado como Primer Ministro. Desprendido de las superadas tesis bolcheviques, y del internacionalismo proletario, en las elecciones del 2000 accede a la presidencia del país, tras unas elecciones bastante cuestionadas. A la fecha, con su socio y leal amigo, Dmitry Medvedev, el gobernante Putin ha dominado el gobierno ruso, alternándose el cargo de Presidente y del Primer Ministro; sin empacho alguno por dar la espalda a los principios de derechos humanos, y al respeto a los líderes de la oposición, a algunos de ellos ha eliminado. El hábil y temido gobernante se impuso recuperar Chechenia para la Federación Rusa. Ha aplastado con dureza la guerrilla chechenia, ligada a yihadistas musulmanes. A la comunidad gay ampliamente la ha reprimido, a causa de las presiones de la Iglesia Ortodoxa, aliada de su régimen autocrático. Según él, le ha asignado al Estado relevancia en el crecimiento de la economía para reducir la pobreza a un 12%. La dificultad reside en que las estadísticas oficiales cuentan con escasa veracidad.
En política exterior, el presidente ruso respaldó inicialmente el Protocolo de Kyoto. En estos días se pronunció en contra de la decisión del presidente estadunidense Donald Trump de abandonar el Acuerdo de París (2015) para la reducción en la emisión de gases contaminantes. En cuanto al Medio Oriente rechazó en su momento la intervención de las fuerzas de la coalición en Irak. Lo señalamos antes, se ha opuesto con insistencia al plan de Washington de extender su sistema de misiles de defensa al este de Europa, así como a los planes de la OTAN de extenderse cerca de las fronteras rusas, siguiendo la tradición zarista.
En cambio, ha prestado oídos sordos a las censuras internacionales, a las firmes posturas de Occidente, en cuanto a sus responsabilidades de provocar e insuflar la guerra civil en Ucrania, en cuenta la invasión a Crimea, pese a las firmes acciones europeas. Pero, es una invasión que sigue atrayendo las simpatías de la mayoría del pueblo ruso, quien rinde tributo a las conquistas colonialistas de sus antepasados. Putin no esconde su aversión contra Occidente, ofreciendo apoyo a sus enemigos, ya sea Irán, cooperó con sus proyectos nucleares; a Corea del Norte, a quien, junto a China Popular, la protege de resoluciones en su contra en el seno del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Una tesitura que se repite al defender en las Naciones Unidas el genocidio, provocado por el dictador de Siria. Alentando una carrera armamentista, arma hasta los dientes a dos “Estados parias” como Venezuela y Nicaragua. Rehace las cooperaciones con Cuba, al dotarla de petróleo cuando fallan los suministros del régimen venezolano. Le hace la vida imposible a Israel financiando a organizaciones islámicas terroristas como Hamas y Hisbulá (Montaner, Carlos Alberto, ídem).
A LA EXPECTATIVA. Durante la década de 1990, tras la desaparición de la URSS y la disolución del Partido Comunista, seguido del mandato de Boris Yeltsin, se presentó la oportunidad de atraer a Rusia a la órbita occidental, en aquel entonces estaba la nación excomunista demasiado desorganizada, desorientada y mucho más pobre que ahora. El presidente Bill Clinton omitió hacerlo, acaso porque fue incapaz de prever que la nación más extensa de la Tierra acabaría chocando otra vez con los estadunidenses. A nuestro humilde entender, Rusia no pasó ni pasará a ser aliada total de la órbita Occidental. Ella es muy ella, su historia, su sentido de identidad nacional se lo prohíben. Al cabp que para llegar a tales extremos ha debido superar eventos duros y escabrosos, entre los recientes: la invasión napoleónica; el desplome de la monarquìa zarista en la Primera Guerra Mundial, y de seguido el levantamiento de una revolución para, de repente, deshacerse de ella. No existen palabras para explicar el sufrimiento del pueblo de Rusia en la Segunda Guerra Mundial contra el nazifascismo alemán cuando perdió en el campo de batalla casi 25 millones de sus nacionales.
El contrasentido consiste en que el gobierno ruso cuestiona, de manera compulsiva, los valores occidentales, oponiéndose a Estados Unidos de América y Europa; fabrica enemigos externos. Nadie amenaza en este instante con atacar a Rusia; “la histeria antioccidental allí se utiliza para desviar la atención de los problemas económicos domésticos”, que vienen siendo graves, dado el bajonazo de los precios internacionales de los energéticos, además del atraso en la productividad. Desafortunamente, las invasiones, otrora de los zares y los comunistas, consolidaron el respaldo a favor de Putin, a pesar de que ya enfrenta terrenos de disidencia (Vladislav Inozemtsev, 2018), tanto de los comunistas como los liberales prooccidentales.
Ciertamente, Putin es un lunar en la sociedad rusa. No obstante, ese pueblo, de los más inteligentes del planeta, a decir del excanciller Gonzalo Facio Segreda en una de sus brillantes disertaciones, sabe y tiene experiencia, a su manera, en cómo deshacerse de estorbos o de temibles enemigos. La historia ofrece testimonio de la caída de los zares expoliadores y degradados, de la derrota del nazifascismo alemán, el derrumbe del estalinismo comunista. Posiblemente, los zares del Siglo XXl se engañan al creer que tienen el control total sobre los ciudadanos. No perdamos la esperanza en la generosidad del futuro.
Ronald Obaldía González (Opinión personal).

miércoles, 24 de mayo de 2017

El doctor Warren Crowther responde artículo de Ronald Obaldía, intitulado "ESLABÓN DE DESCARTADOS"

Warren Crowther escribió con Archivos adjuntos:

Veo, Ronald, una convergencia entre nosotros de inquietudes en cuanto al trato a los/las jóvenes del país.
Llama la atención a algunos de los abusos del sistema. Pero hay muchos más.

Soy profesor de la UCR desde hace 38 años, co-fundador de dos Maestrías incluyendo la de Evaluación de Programas y Proyectos de Desarrollo, así mi manía por monitoreo y evaluación de impacto (y no solamente de resultados) de los PPP: políticas, programas y proyectos. Y pensionado de la ONU después de trabajar en misiones y proyectos de 8 agencias en 39 países, pero residente estas casi 4 décadas en Costa Rica y acá disfrutando el paraíso tropical con la mayoría de mis hijos y nietos (ticos). Los últimos 15 años tratando de mostrar en Costa Rica mejores prácticas con esta generación (y adultos mayores, la otra generación de mayor crecimiento poblacional y maltratado).

Comparto algunas lecciones de esta experiencia con adjuntos, con una ponencia y un informe propios y exposiciones de los mismos adolescentes/jóvenes (A/J). Como Ud. apunta, la burocracia y agendas de agencias gubernamentales, ONGs y cooperación internacional, no abren perspectiva de ver cosas tan críticas y contradictorias, y menos atenderlas. 

Un ejemplo más: para graduarse del colegio, hay que mentir o adoptar una mentalidad que va a conducir a un callejón sin salida en su prospectivo educativo y vocacional. Hay 70 preguntas en el examen de bachillerato en cívica, 4 posibles respuestas a cada una, y para 20 la “respuesta correcta” de ninguna manera es correcta o la más adecuada. Otro problema con esto: esas respuestas obligatorias comunican que el gobierno está manejando las cosas bien. Mientras el mensaje correcto en orientación a estos A/J es que mientras la crisis cierra puertas, la crisis con tantas cosas hay que recomponer abre puertas, pero con la buena selección de especialización y emprendedurismo dado que hay poco empleo dirigido a lo que el país necesita. Pero las universidades no permiten que el MEP ofrezca una orientación honesta y realista (lo que hemos experimentado con 19,000 A/J acá) y los colegios profesionales no permiten que las universidades ofrezcan las especialidades que el país necesita.

¿Qué es la mejor forma de difundir estas inquietudes nuestras para que tal vez tengan impacto en la próxima elección? ¿Y en esos mandos medios?

Atte.,
Warren Crowther

sábado, 20 de mayo de 2017

ESLABÓN DE DESCARTADOS.

ESLABÓN DE DESCARTADOS.

Recientemente, se dio a conocer una resolución, emitida por la Sala Constitucional de Costa Rica que acogemos con enorme satisfacción. En ella se ha reprendido al Estado por abstenerse de preparar a los rezagados en la obtención del bachillerato, correspondiente al nivel de la enseñanza secundaria. Al mismo tiempo, se ordena al Ministerio de Educación Pública (MEP) a implementar un plan de ayudar a los alumnos que reprueben los exámenes de rigor, por lo que en un plazo de 18 meses se deberá coordinar y disponer todas las actuaciones, a fin de cumplir con el mandato judicial.
A nuestro criterio, la relevancia del acuerdo de nuestra Sala lV reside en relacionar el derecho de la educación - quien nadie puede coartar - y el alto valor de la educación a favor de los alumnos, fundamentalmente en lo tocante a la continuidad de los estudios de aquellos, quienes aspiran a llegar a la universidad, los que asumen la búsqueda de oportunidades y emprendimientos, tal que a los jóvenes se les garantice, mediante la obtención de ese título escolar, su plena realización personal y el óptimo porvenir.
La razón principal de que en una nación se privilegie la educación obedece al objetivo final de prevenir la desigualdad y la pobreza, cuyas considerables consecuencias, según Tomás Piketty en su tratado sobre “El capital”, probablemente no serían toleradas por mucho tiempo. Las estadísticas sociales comprueban que las personas de baja escolaridad están condenadas a la pobreza; o en su debido caso, a percibir las inferiores categorías salariales, lo cual les limita su vida social.
Una realidad histórica que le corresponde modificar a las políticas públicas - la sentencia de nuestra Sala lV es una de ellas - y a las instituciones públicas y privadas establecidas.  De modo paralelo, hay que prestar elevado grado de atención al otro segmento de jóvenes con edades entre los 15 y 24 años “que ni estudian, ni trabajan”. Son los llamados despectivamente “ninis”, se distinguen por ser “una generación casi perdida y relegada”, apática, desvitalizada (Fraser Pirie R. 2017), “descartada”, un término al cual recurre habitualmente el Papa Francisco.
Un sector de ellos (los ninis) proviene de familias con aceptables ingresos. Sin embargo, el mayor riesgo lo representan la buena mayoría, proveniente de los estratos económicos inferiores de los países de baja renta, por lo tanto, sumidos en la vulnerabilidad y la desesperanza, expuestos a patologías conductuales. En “el triángulo norte centroamericano”, así también en México y en Los Ángeles - California constituyen la materia prima del crimen organizado, especialmente de las famosas pandillas.
En la mayoría de los casos el promedio de vida de “los ninis” es bastante bajo al subsistir, casi siempre, en ambientes de violencia y degradación. Lo imperdonable es que las sociedades nacionales se hayan despreocupado de ellos, menos aún, se concretan alternativas de rehabilitación y crecimiento.
Comúnmente, se han desdeñado las políticas “positivas y constructivas”, basadas en acciones cívicas y de “pedagogía ciudadana”. Por el contrario, la tendencia de no pocos gobiernos ha recaído en la aplicación de fórmulas reprensibles, y hasta se opta por la eliminación: el sello de los Estados fallidos y erosionados. Así ocurre a través de las prácticas policiales y militares, y el desempeño de fuerzas irregulares, entre ellas, los escuadrones de la muerte, los acompañantes de las violaciones a los derechos humanos.
Siguiendo con nuestra exposición respecto a los “olvidados y descartados”, damos paso a los infractores de la ley o, mejor dicho, los privados de libertad. El concepto rudimentario de la cárcel hay que superarlo, paulatinamente. Ciertamente, que habrá excepciones, por lo que tampoco se puede prescindir del régimen carcelario. A pesar de que algunos le hacen la vida imposible, la Ministra costarricense de Justicia se ha lanzado a la aventura de poner en marcha políticas y acciones novedosas dentro del sistema penitenciario.
De hecho, hay que seguir trabajando todavía más en las políticas de rehabilitación e inserción a la sociedad de los sentenciados a la cárcel. Primero, en esos recintos se debe curarlos, luego educarlos, ofreciéndoles programas de formación profesional y expectativas de empleo, con tal de evitar la reincidencia del delito. A nada se llegará con esas sandeces de formular, a nivel institucional, solamente el endurecimiento de la ley y la cárcel, como medida de cumplimiento de la pena.
Recetas de este carácter pueden ser más dañinas que la misma enfermedad. Y hasta toman forma de disrupciones, las cuales, desde todo punto de vista, son impropias y desfasadas en un régimen democrático de avanzada. En su lugar, aumentemos la convicción que el ser humano es modificable.
Entendemos que los países latinoamericanos se ocupan también de extender sus redes viales, pero casi siempre corren bajo la influencia de intereses exclusivistas, dándose preferencia a las zonas urbanas, y a regiones prioritarias, en las cuales hay producción de significativo valor y rendimiento para las economías nacionales.
Lo contradictorio de tal proyecto de desarrollo reside en el abandono y el olvido de las zonas periféricas y arrinconadas, cuyas poblaciones viven incomunicadas; con demasiada frecuencia margina, entre otros, a los grupos indígenas y al campesinado en extrema pobreza rural, los cuales se ven obligados a soportar condiciones miserables, reforzadas por estilos de vida primitivos, de incentivación a prolongar la lógica de la desigualdad.
En términos de integración y cohesión, hay que concentrarse en las respuestas al fenómeno de la brecha digital. A los Estados nacionales y las organizaciones internacionales les corresponde hacer realidad que todas las tecnologías de la comunicación (Internet, telecomunicaciones, telefonía, etcétera), alcancen con proyectos de desarrollo y conectividad a los grupos de personas marginadas y las comunidades remotas, donde todavía no hay servicios (Editorial de La Nación, C.R, 13 de mayo, 2017). Sin este propósito se incumple con el derecho de acceso universal y solidario, para disminuir la aguda distancia digital.
Millones de personas en el mundo carecen de los beneficios ofrecidos por la conectividad, propia de la cuarta revolución industrial del Siglo XXl. Esa gente será la que conformará la nueva clase de excluidos de la universalización del conocimiento. Lo cual además de recrudecer la trayectoria de la desigualdad, la ignorancia, incluso la ingobernabilidad al interior de las sociedad nacionales, inmediatamente arrastrará efectos irreversibles al ensancharse el abismo existente entre el mundo rico y el mundo rezagado. En particular, este último en donde resulta inaccesible a los amplios sectores de menor ingreso el elevado precio de la Internet, el cable y los artefactos tecnológicos de la información.
Tampoco podemos soslayar la cuestión de la inteligencia artificial, sobre lo cual se ha insistido en el Siglo XXl; un fenómeno bastante tumultuoso para los dos mundos: el rico y en desarrollo. Los antiglobalizadores la condenan, forma parte de su discurso antisistema y ultranacionalista. A todos nos impresiona y atemoriza el riesgo de la radical robotización de “los múltiples procesos de producción y provisión de servicios”, o sea, “el creciente poder de la automatización” que disminuye y desplaza un sinnúmero de empleos, esto ya comienza a evolucionar.
Tengamos presente que “la inteligencia artificial” acarreará, supuestamente, el incremento de la productividad física y de capital, sobre todo, (Saúl Weisleder, 2018), a causa de los ilimitados progresos. En un principio, significará que las tareas marginales continuarán siendo desplazadas por la tecnología sofisticada. Quiere decir que la gente con escasa cualificación quedará sentenciada a mayor pobreza, al estancamiento social y cultural. Tal vez habría de resurgir la opción de la competencia hacia “el trabajo barato”, en caso de que pudiera sobrevivir, (lo dudamos) en la estructura del empleo automatizado. Por lo pronto, en la producción robotizada los trabajadores menos cualificados habrán de componer la clase de “los olvidados y rezagados sociales” (Bill Emmott, 2018). Para nosotros sería otra especie de “ninis” descartados.
En realidad, en nuestros tiempos de la controvertida robotización de los procesos de trabajo, resulta injustificable el ritual de unos cuantos funcionarios, que, actuando de manera individual, o bien a través de gremios mezquinos, a veces amparados en proteccionistas e inflexibles leyes y sistemas de administración de personal, han hecho una deidad la norma, el trámite burocrático, y la respuesta del “no” frente al cambio y el descubrimiento. Llámese esto el sello de la tóxica cultura, generadora de poder y conservadurismo, reproducida, con frecuencia, tanto en las organizaciones públicas como privadas.
Se trata del comportamiento anómalo, destinado a colocarse por encima del interés común, el ingenio, la creatividad, la innovación y los emprendimientos de los servidores pujantes y tenaces. Y guardando las diferencias, extrañamente, termina dando forma en las organizaciones a un particular grupo de “abandonados” y descartados, quienes escogen la huída, habida cuenta de su frustración en contestar lo tradicional y lo convencional.
Tiempo atrás nos confesaba un reconocido docente e investigador costarricense el suplicio suyo por dedicarse a la producción de capital intelectual; así como de los sabotajes y los obstáculos impuestos por sus propios colegas, proclives a preservar el estatus de la unidad académica que los reunía, justamente un estatus patrocinador del inmovilismo y de la indisposición frente al hallazgo.
Vemos entonces que, en cuanto a actitud, en la producción de capital intelectual hay ausencia de una sociedad igualitaria y solidaria, sino retomemos la experiencia de nuestro amigo académico, otro de los abandonados o descartados “del sistema”, pues le calzó aquella reconocida advertencia “que para producir se necesita el consentimiento de quienes no producen nada”.
Ronald Obaldía González (Opinión personal).