domingo, 1 de febrero de 2015

LA DEMOCRACIA DEBE TENER BUENAS MANOS.

LA DEMOCRACIA DEBE TENER BUENAS MANOS. Cuando días atrás observé el guapetón edificio de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Costa Rica - que nada tiene que envidiarle al de las academias estadounidenses y europeas - me invadieron los mejores sentimientos y convicciones a favor del régimen democrático costarricense, quien al sistema universitario dotó de autonomía y libertad de cátedra. Los liberales, socialdemócratas, socialcristianos y comunistas criollos, todos ellos, concordaron en fundar la Universidad de Costa Rica, revestida de estos significativos principios, arraigados solamente en democracias avanzadas como la nuestra. En los regímenes totalitarios y dictatoriales a la academia se le tiene desconfianza, se le ataca miserablemente, en especial, las carreras humanistas. En cambio, los líderes políticos nacionales, lo único que sí planearon fue el haber tenido ubicado el edificio de la primera universidad de la década de 1940, lejos del principal cinturón metropolitano de San José. Al espíritu fogoso y “los cabezas calientes” de la juventud estudiosa, había, preferiblemente, que ponerle límites, según los gobernantes de aquel entonces. Fue así como se construyó “el campus”, bien distante de las oficinas estatales, ubicadas dentro del anillo josefino, pues se intuyeron las consecuencias de la beligerancia y la energía de las protestas estudiantiles (recordemos el 24 de abril de 1970), las cuales casi siempre, contrastaron en aquellos tiempos con los cánticos de los trovadores, congregados en el viejo restaurant “La Esmeralda”, o bien, en “la Eureka” de la Avenida Central. Lo cierto es que la creación de más universidades entró en los proyectos de los partidos políticos; a pesar de las limitaciones económicas, la academia ha tenido asegurado su presupuesto y los recursos indispensables. Más bien, don Pepe Figueres, Daniel Oduber y Rodrigo Facio Brenes hubieron de realizar un viaje por Europa, a fin de contratar filósofos y académicos y, de seguido, elevar la calidad de la enseñanza universitaria. Constantino Láscaris y Teodoro Olarte, entre otros intelectuales, aceptaron la oferta de los estadistas, de este modo, la academia comenzó a repuntar en todos sus extremos. Luego las ciencias sociales, lo mismo que la enseñanza de las artes plásticas y el teatro, llegaron a cobrar auge en la década de 1960. La llegada a Costa Rica de profesores latinoamericanos, que huyeron de las dictaduras militares de sus respectivas naciones elevó, sobremanera, el nivel de las disciplinas, pertenecientes a dichas áreas del conocimiento, sean la Sociología, Historia y Geografía, Psicología, Trabajo Social, Periodismo, Ciencias Políticas, etcétera. Una vez, representantes de un grupo dogmático llegó a quejarse ante el Presidente Daniel Oduber (1974 - 1978) de la entrada masiva de académicos suramericanos y centroamericanos, por cuanto la ideología que transmitían en sus lecciones era conspiradora. El Presidente, reconocido por su amplia cultura universal, desatendió por completo las tales advertencias. Al contrario, ya como ex - mandatario asistió con frecuencia a varios de los cursos impartidos por aquellos inteligentes profesores. Tiempo después don Pepe Figueres aceptó la invitación de la Universidad de Costa Rica de impartir lecciones en la Escuela de Ciencias Políticas; con absoluta generosidad expuso su máxima obra política de la formación de la Segunda República, además, como hombre de mente superior acogía los cuestionamientos de sus alumnos. De todo hay en la viña del Señor. La tesis de un expresidente costarricense, que ahora desdeña las decisiones de la juventud de optar por las disciplinas de las ciencias sociales y del espíritu, consiste en decantarse a plenitud por las áreas de las ingenierías y la computación. Según él, a la juventud hay que estimularla hacia la elección solamente de esas carreras prácticas, convencido en que ellas llenan las necesidades de contratación de los recursos humanos, que requiere el desarrollo del país. Sin dudarlo, concordamos con el expresidente que de manera exitosa se ha logrado diversificar el sistema productivo, sustentado en la instalación de manufacturas, la inserción de empresas de alta tecnología e industrialización agrícola. Mucho menos le restamos significación a los programas académicos de carácter tecnológico. Lo cierto es que a las ciencias humanas, en cuanto a la fijación del rumbo ético y moral de cualesquiera estrategias de progreso económico, así también en el perfeccionamiento de la democracia, en cohesión social, e identidad histórica y cultura cívica, particularmente, se les atribuye elevadas contribuciones y responsabilidades. Sobre todo, en la formación de conciencia crítica y creación de valores y convicciones, inherentes al desarrollo humano sostenible. Sin conciencia y debate libre, sin convicciones y valores humanistas, apenas lo que una sociedad podrá alcanzar es “antidesarrollo”; ese estilo de producción, apasionado únicamente por el tener. El tener que concentran solo los privilegiados, arquetipo del “homo faber” (utilitarista), ayuno de verdad, felicidad, belleza e igualdad; insensible frente al impacto antropológico, la división social y los efectos ambientales que ese antidesarrollo causa. Afortunadamente, los filósofos y la gente de las ciencias sociales han revertido tal concepción deshumanizada de desarrollo; el cristianismo contemporáneo lo ha censurado abiertamente, lo cual ha permitido que la humanidad comience a hacer un alto en el camino, reflexionar, en la búsqueda de enderezar la historia de un sistema de producción y distribución de la riqueza, que excluye a numerosas personas. Incluso, a los mayores ganadores de él, por cuanto las turbulencias y las manipulaciones financieras, la influencia en el control de las monedas, los excesos y el despilfarro en el gasto, de repente, son capaces de arruinar a no pocos poderosos. Las inestabilidades en los patrones de cambio y en los precios internacionales de las materias primas, así también en los recursos energéticos, se pone en evidencia en este periodo, hechos que han hecho perder credibilidad las tesis de la supuesta generación de bienestar, reducidas al pragmatismo económico, la desregulación de los mercados, la distribución del ingreso por “la racionalidad del goteo”, así como el poder tecnocrático, desconocedor en los procesos de toma de decisiones de las particularidades históricas, la psicología social y hasta los intereses divergentes entre los miembros de la colectividad nacional. Por algo, la mayoría de las corrientes económicas derivadas de ciertas organizaciones financieras internacionales originan suficiente rechazo y desasosiego. Tampoco quiere decir que la fórmula del “anticapitalismo”, pronunciada hace unos días por un mandatario extraviado de América Latina, signifique el camino a seguir, esa tan sueño de opio como rodeada de simplicidad exhibicionista. La vía pertinente frente a la incertidumbre y la pésima gobernabilidad global descansa en la ética, el sentido de la justicia y la solidaridad, de lo cual se ha desocupado y deformó la civilización occidental, todo ello opuesto a la tradición y sus bases filosóficas y políticas, cuya consolidación ha sido modesta, apenas en cortas y doradas épocas. En su lugar, más abundante en retrocesos, a causa de amenazas de diverso origen, tales como las guerras, el auge de los totalitarismos y los desequilibrios en el comercio internacional. Frente al inmovilismo y la frustración de la época, las ciencias humanistas, con su señalado potencial y recursos, deben imponerse la responsabilidad de producir teoría y práctica de trabajo de campo (praxis) en la dirección de hacer aplicables en el mundo del Siglo XXl la fuerza de los valores y las virtudes de la democracia pluralista y de la vigencia de la economía de mercado, eso sí, con sentido del “bien común”, o con rostro humano, según lo hizo ver correctamente el Papa Juan Pablo ll y el Papa Benedicto XVl. En la construcción del renovado “deber ser” de la sociedad, las ciencias sociales y humanistas llevan la vanguardia de la propuesta innovadora; negarse a tal compromiso sería desvirtuar la naturaleza de su misión y rol. Seguro que múltiples y actualizadas ideas y métodos de mediación, para ofrecer definiciones aplicables frente a las complicaciones nacionales y universales, habrá de brotar en el moderno edificio de nuestra facultad académica. El reverso sería convertirlo “en la catedral del pensamiento exclusivo”, rescatado fantasiosamente por unos cuantos “ungidos y dueños de la historia”. Ronald Obaldía González (Opinión personal)

3 comentarios:


  1. Gerardo Contreras escribió:

    Mi muy apreciado amigo Ronald Obaldìa, con todo respeto permìtame indicarle, que el principio de AUTONOMIA de la Universidad de Costa Rica, nace con la misma ley que la creò, Ley 362. Pero voy màs allà, el Proyecto de Ley Original presentado al Congreso Constitucional (Hoy Asamblea Legislativa) por el Ministro de Educaciòn, Lic. Luis Demetrio Tinoco, no tenìa contemplado ese PRINCIPIO. Fue por MOCION del Diputado Manuel Mora Valverde, que se incluyò el mismo. No fue tarea fàcil, que algunos diputados conservadores lo aceptasen, tuvo el diputado Mora que hacer un discurso donde señalaba la necesidad de que la Universidad de Costa Rica, tuviera ese principio democràtico y para tal apelò a la gran lucha de los estudiantes de Còrdoba, en Argentina, con su Reforma Universitaria de 1918, la Reforma Universitaria de Perù donde particpò Josè Carlos Mariàtegui; luego la Reforma Universitaria de Cuba impulsada en lo fundamental por Julio Antonio Mella. De modo que, aquì en Costa Rica eso no fue una dàdiva de las clases dominantes ni mucho menos. Con toda consideraciòn , CONTRE.

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  2. Miguel Herrera Ulate escribió:

    Que interesante, gracias por estas reflexiones que nos educan amigo. Un abrazo.

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  3. Lourdes Montero Gómez escribió:

    Gracias por esta reflexión tan atinada a nuestra realidad.

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